Probablemente este no sea el mejor título de este cuento, pero es así como lo en

contré en la red y así lo mantendré. Mis estudiantes de la Universidad Silva Henríquez ya lo conocen, siempre lo leo en las primeras sesiones, en aquellas donde comenzamos a tomar el pulso a los futuros maestros. La historia es sencilla pero muy conmovedora, habla de las palabras, y de la profunda herida que pueden dejar algunas de ellas lanzadas sin pensar. Nuestra labor cotidiana está cruzada de palabras, rectoras, creadoras, propositivas, castigadoras, generadoras de ideas, vacías, etc. Su adecuado o inadecuado uso ha de ser determinante para nuestros estudiantes,sobre todo cuando están en juego la potencia creadora y la imaginación de un niño bajo nuestro resguardo e influencia en una sala de clases. Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra, el adjetivo cuando no da vida: mata, decía el maestro Huidobro hace un tiempo, a juzgar por este cuento y por el manoseado, aunque no menos cierto, concepto de que las palabras construyen realidad, tenía toda la razón.
UN NIÑO
Una vez un niño fue a la escuela. Él era bien pequeño y la escuela era bien grande, pero cuando el niño vio que podría ir solo hasta su clase, directamente, caminando desde la puerta de calle, se sintió feliz, y la escuela no le parecía tan grande. Una mañana, cuando hacía poco que él estaban en la escuela, la maestra les dijo: “hoy vamos a hacer un dibujo”. –Bien- pensó él. A él le gustaba dibujar. Él podía hacer todas las cosas: leones y tigres, gallinas y vacas, trenes y barcos…y tomó su caja de lápices para dibujar. Pero la maestra dijo: ¡esperen!, no es hora de comenzar. Y él esperó hasta que todos estuvieran listos. Hoy, dijo la maestra, vamos a dibujar flores. Bueno, pensó el niño, a mí me gusta dibujar flores, y comenzó a dibujar flores muy bonitas, con lápices rojos, naranja, azul, amarillo, etc., pero la maestra dijo ¡esperen!, yo les mostraré como se hacen las flores, y dibujó en la pizarra una flor roja con un tallo verde. Ahora si, -dijo la maestra-, ahora pueden comenzar. El niño miró la flor que hizo la maestra y luego miró la suya. A él le gustaba más su flor, pero no reveló eso, simplemente guardó el papel con la flor que él había dibujado, e hizo una flor como la de la maestra, roja con tallo verde. Así, aprendió a esperar, a observar y a hacer cosas como el modelo que daba la

maestra, ya no hacía cosas por sí mismo. Entonces sucedió que el niño y su familia se tuvieron que mudar a otra ciudad y él tuvo que ir a otra escuela, y esta nueva escuela era mucho más grande que la anterior. El día que él fue a su primera clase en esa escuela, la maestra del curso dijo: “hoy vamos a hacer un dibujo sobre una flor”, -bien- pensó el niño, y esperó a que la maestra indicara como hacerlo y diera un modelo, pero la maestra no dijo nada. La maestra empezó a recorrer los puestos y cuando llegó donde el niño le preguntó ¿tú no quieres dibujar o no sabes dibujar una flor?. Si, le respondió el niño, -si quiero dibujar-, ¿Pero... Cómo la hago?, “como tú quieras”, les respondió la maestra, y el niño dibujó una flor roja con el tallo verde. (Helen Buckley)