El eterno ruido de la ciudad comenzaba a apagarse poco a poco, extrañamente, como si de pronto el núcleo sólido de la vida urbana se desperdigara sobre la marea frágil del tiempo hasta hacerse sólo sombras movedizas detrás del vidrio. Mis oídos parecieron destaparse por un momento. Sólo se oía el ronroneo suave del bus y la respiración de los vecinos más cercanos. Miraba hacia fuera del vidrio con una vigilante inquietud, como si quisiese presenciar un nacimiento dentro de la oscuridad. Yo y el conductor sentíamos el vértigo de la velocidad. Nuestra nave rompía la inconsistencia del aire partiéndolo en dos. La inquietud crecía como una mala hierba por mis entrañas, se movía con cierta facilidad por mis vasos sanguíneos, lo cual me provocaba un delicado escozor cercano al cosquilleo. Su influjo atravesaba mi estómago, perforándolo como a una hoja reseca y subía lentamente dominando las acciones en el centro de mi cerebro. La invasión resultó ser un éxito perfecto, nada más botar el aire sobrante de los pulmones un extraño vértigo se apoderaba de mis movimientos.
El lápiz temblaba sobre la temblorosa hoja la cual temblaba aparentemente en descontrol. Solté el lápiz y la gravedad lo precipitó al suelo. Incómodo por la posición de mi compañera de asiento intenté bajar una parte mínima de mi cuerpo hasta el suelo para buscarlo con el tacto sin sobresaltar el armónico vaivén de su ritmo cardíaco. Así lo hice aunque fue necesario ladear mi espalda hacia su cuerpo lo cual hizo que me acercara demasiado a su vientre, aunque de nada serviría cualquier intento ajeno a la propia necesidad de la búsqueda pues un grueso abrigo cubría el olor de su sexo, las palpitaciones de su inquieto corazón y la tibia humedad de sus pechos. Maldito calor que me hinchaba los pies una vez más en esta noche endemoniadamente oscura como la piel de mi vecina de asiento o como mi propia piel de hombre demasiado cerca de un vientre cuyo perfume se desvanecía lenta pero arrebatadamente envolvente en el aire viciado y tropical de este bus que corría a perderse con dirección al sur. Maldita noche de intranquilidad misteriosa que me hacía perder el único Bic bueno en el piso de un bus viciado y junto a los pies de una mujer dormida a la cual no tenía ninguna intención de despertar y a la que, sin embargo, desperté.
Un pequeño grito que rompió el abismo entre nuestro propio y mundano mundo y el misterioso aquel de los sueños. Las manos palpándose el cuerpo como si temieran el extravío de una parte importante de su compleja arquitectura. Su mirada buscando la mía, buscando el centro de mis ojos, intentando descifrar el lenguaje de mi corazón, con el temor de no conocer una respuesta certera frente al hecho de haber sido despertada de improviso, en pleno desarrollo de la batalla por la conquista de la luz, en pleno viaje místico de su parte por el mundo carcomido de los sueños, en pleno viaje de este bus que corre a perderse a los confines de este, nuestro mundo moribundo del siglo XX, en plena búsqueda inarmónica de mis manos y en aplicación directa del sentido del tacto en el suelo áspero y más que tibio, buscando en la rugosidad movediza del suelo hasta topar con una extraña dureza que inexplicablemente confundí con el lápiz y apreté como se apretaría a un Bic de consistente plástico transparente y sobre los cuales, en mi primera infancia, descubrí por primera vez y sin mediar ninguna investigación previa, el efecto de la luz descomponiéndose en un prisma mágico y arrebolador que dejaba entrever el misterioso colorido de un pequeño arco iris. Esta vez, la magia dio paso a un fenómeno mucho menos estimulante y maravilloso. No era el lápiz Bic que yo había perdido en el suelo lo que mis manos asieron e intentaron acercar hasta el resto de mi cuerpo con el efecto de reubicar mi estructura de su incómoda posición de búsqueda. No, al contrario de lo que mi deseo de continuar con la idea que giraba en mi cerebro hubiese creído, no se trataba de mi lápiz Bic perdido... Era uno de los dedos del pie derecho de mi vecina, para ser más exacto el dedo meñique. Mi vecina también sentía los estragos del calor en aquella noche de cálido encierro movedizo, también sus pies sufrían las secuelas de la alta temperatura en el piso de este bus que continuaba su inexorable marcha; también ella se había sacado los zapatos para descansar mientras durara el viaje nocturno. Sus dedos sin calcetines no esperaban la profunda intromisión de mi mano buscadora, pero eso obtuvieron sin más y sin menos y eso la hizo saltar en el respaldo de su asiento y eso me hizo reacomodarme en la posición originaria antes del extravío del lápiz en fracción de segundos, no los suficientes como para que ella no se percatara de que el intromisor o la mano intromisora pertenecía a un todo más amplio y complejo cuyos terminales nerviosos pertenecían a su vecino de asiento, o sea a mí.
Me miraba semiaterrada, con la imaginación trabajándole a un ritmo asombroso y el pulso cardíaco disparado a un punto de quiebre sobre el cual navegaba un torrente de adrenalina, supongo. Esperaba un pronunciamiento de mi parte, algún mensaje aclaratorio, alguna explicación que develara el misterio de mi inentendible conducta, pues nada hacía prever, una vez ubicados en nuestros respectivos asientos, una actitud de mi parte distinta a la fría lejanía que provoca el desconocimiento y el poco desarrollo del músculo del afecto. Pero ahí estaban, su sobresalto y el mío echando por tierra la lógica y ahora ella esperaba mis palabras, mi aclaración, mis excusas, quizás.
Nada más respirar con normalidad, no pensando que decirle la miré fijamente, cosa que hasta ahora no había hecho y controlando al máximo el movimiento muscular de mi cara le dije y ya no me acuerdo con que tono de voz.
- He venido a despertar tus fantasmas dormidos, y lo he logrado.
La expresión de terror en su rostro se acentuó con el condimento de mis palabras que sólo lograron aumentar su confusión. Cuántos microsegundos faltarían para que saliera corriendo por el estrecho pasillo del bus rumbo a la cabina del conductor que a esta hora imprecisa de la madrugada se encontraba aislada del resto de los asientos por una gastada cortina; cuántos segundos faltaban para el clásico grito de espanto en medio de la infernal noche en el interior de este bus; cuántos segundos para los golpes, los arañazos, la histeria y luego la histeria colectiva que daría paso a nuevos gritos provenientes de otros asientos y el despertar abrupto de los dormidos y la confusión que precede a la calma y el llanto de los niños y la elucubración mental de 36 o 38 cerebros al unísono pensando sobre el origen físico y la causa del primer grito y las luces del bus encendiéndose de improviso y 36 o 38 pares de ojos nadando en unos cuantos segundos, de la oscuridad plena a ese neónico y artificial amanecer que se proyecta sobre mi estructura cegándome, cegando al maniático, al sátiro, al ladrón profesional que intentó aprovecharse de la señorita mientras dormía, degenerado, pervertido y etc. y etc. y un coro de voces pronunciándome y señalándome con el dedo índice y yo todo turbado luego de la aparente tranquilidad de la frase dicha para salir del paso y que en el fondo terminó enredándolo todo y luego de esta rapidísima proyección mental de lo que podría pasar en una lógica eventualidad, la vuelvo a mirar a los ojos y ahora con una expresión más confusa intento explicarle el origen de su abrupto despertar y ella que comienza a respirar y a mirarme más detenidamente a través de las luces de la carretera que iluminan tenuemente nuestras siluetas y yo que me enredo en explicaciones y aclaraciones absolutamente necesarias y le muestro mis escritos y juntos comenzamos a buscar el famoso Bic y lo encontramos muy cerca de sus pies y la miro nuevamente con una expresión triunfal en la mirada y ella que me observa cada vez más comprensiva y yo que comienzo a encontrarla cada segundo más atractiva ahora que veo sus ojos moverse suavemente, con algo de sueño aún navegándole en la dulce expresión de mujer que comienza a comprender lo sucedido y a confiar poco a poco en su vecino de asiento hasta volver a dormirse con una dulce expresión de serena tranquilidad bañándole el rostro que, de tanto en tanto, era iluminado tenuemente por las luces del camino.
Ahora ella dominaba la ventana y el mundo que nos dejaba y avanzaba en la dirección contraria a la nuestra. Ahora yo dominaba la perspectiva angosta del pasillo y en la semipenumbra podía distinguir algunas dormidas cabezas asomando en su incómodo dormitar. Ahora yo me encontraba una vez más solo frente a mis cavilaciones y sin la mínima posibilidad de escribir pues no quería importunar de nuevo a mi accidentada vecina.
Aquí estaba, viajando a 99 kilómetros por hora, a 100 kilómetros por hora, un ruido molesto como de pito de tetera hirviendo sonaba por unos pocos segundos y nuevamente estaba a 99 kilómetros, luego el pito de la tetera y así durante incontables kilómetros en un juego que resultaría divertido a no mediar mis propias preocupaciones en torno a la muerte y sus consecuencias en quienes no la padecemos en carne propia y no bebemos de su insalubre néctar. La muerte oscura con su manto asfixiante de pesadillas y frío glaciar sobre la piel del hombre viajero en esta noche. Cuántas muertes en la vida del hombre, cuántos ríos de sangre para comprender la inutilidad de tanto martirio sobre la superficie rugosa de nuestro planeta. Cuántas civilizaciones han construido sus maravillosas obras de ingeniería, sus palacios, sus calles empedradas, las reproducciones de sus dioses, sus sillas y sus mesas sobre la sangre de otros hombres, cuántas culturas han solidificado sus raíces regadas con el corazón sangrante de miles y miles de hombres, mujeres y niños. Cuando los primeros conquistadores españoles llegaron a nuestro continente se horrorizaron con las prácticas caníbales y ritualísticas de algunos pueblos y lavaron la afrenta a sus cristianos ojos con un baño de sangre jamás visto en nuestra historia. El invasor bárbaro detrás del indígena bárbaro en una cadena inagotable de dolor y humillaciones y más dolor y más humillaciones que resquebrajó para siempre los cimientos endebles de nuestro continente, que transformó su inestable geografía hasta formar un nuevo diseño, un molde, un probeta desde el cual salimos todos gritando de dolor como si fuese nuestro primer grito de espanto al nacer, luego del dulce baño marsupial en el útero de la madre y la madre es la tierra y el líquido amniótico es la sangre de nuestros pueblos originarios y nosotros somos la resultante de la simbiosis racial y cultural, de la muerte y de la vida entrelazadas por una cadena de fuego y tiempo, somos el momento impreciso entre el día y la noche, un bosquejo inconcluso lanzado con premura hacia el espacio de nuestro tiempo luego de la marea envolvente de los ciclos eléctricos del destino.
Cuántas muertes he debido soportar en este largo viaje, cuánta gente muere en este preciso momento que viajo rumbo al sur al encuentro de la muerte en este bus que de tanto en tanto baja su velocidad hasta el límite permitido por los sensores de velocidad. He muerto mil veces mientras caigo en el sueño, he caído mil veces con cada muerte, he llorado y he reído y en este momento de soledad mis ojos se anegan con las lágrimas que brotan y brotan como si proviniesen de una fuente inagotable, abierta en la tierra por una misteriosa mano anónima, mi piel ha cambiado de rumbo con cada eclipse de luna llena, he devorado estrellas a mi paso con el hambre de cielo que me atormenta por las noches cuando miro la oscuridad tamizada de puntos movedizos y estáticos sobre mi cabeza. Sólo he sido hasta ahora un naufragio desconocido en la inquietud del tiempo, un barco desconocido, un errante anónimo del que nadie pide antecedentes y al que nadie busca ni espera en ningún puerto. Sólo he sido hasta ahora una figura pasajera, un asteroide sin eje girando a merced del viento y de los vaivenes de la casualidad y el azar. He despertado mis fantasmas y estos no me dejan dormir en esta noche, he perdido la luz en una terrible borrachera y ahora navego a ciegas por este mar de penumbras y ruido submarino. Siento que el mundo arde detrás mío, los caminos se cierran a mi espalda, los puentes se cortan luego de mi paso, siento el ruido del Viaducto del Malleco corroer su estructura luego de mi paso hasta lanzarla a tierra en un chirrido de fierros retorcidos que me perturba. Siento la tensión en mi pecho, en mi ombligo que alguna vez fue un puente entre mi mundo y el de mi madre y que también fue cortado segundos después de haber nacido y que aún, luego de 25 años continúa así, cubierto de espacio vacío entre su mundo y el mío. Nadie más que yo y el conductor y la máquina que señala el límite de velocidad permanecemos despiertos. Todo el mundo se ha perdido en el sueño y viaja prematuro a merced de nuevas sensaciones. Todo el mundo se ha perdido irremediablemente en este oscuro laberinto que resulta ser el interior del bus. Permanezco en silencio, hablando tan sólo con la corriente del pensamiento, ¡Como quisiera articular la palabra escrita en este instante!, ¡Como quisiera pedirle a mi cerebro que avanzara a la velocidad de mis dedos para poder desarrollar de mejor forma las ideas!, pero mi cerebro no me responde, viaja sólo, a la deriva por el camino de su propio ritmo monocorde, desesperadamente acelerado, y yo no puedo hacer nada para atrapar las palabras que se escapan como estrellas fugaces por las paredes de la memoria, no puedo detener este flujo incontenible de ideas inconexas que se separan de mi propio pensamiento construyendo mundos paralelos al de mi propia imaginación como si se tratasen de amebas en su proceso de creación de una nueva célula y así me siento en este instante, como si fuese el partícipe directo de un nuevo nacimiento dentro de mi propio ser corporal . Observo a mi vecina de asiento, perfectamente desconocida hasta hace unas pocas decenas de minutos y ahora parte integrante de este trozo de vida que vivo, coprotagonista de mi locura cerebral. Le hablo en silencio, con ideas que fluyen de este nuevo ser corporal al que comienzo a dar a luz, disparo mis palabras por este aire envolvente y tibio de la madrugada, en silencio, como una alimaña del desierto que se arrastra lentamente buscando el camino de su presa. Miro a mi compañera y le hablo como si le hablara a la Cordillera de Los Andes y su majestuosa corporalidad. Siento el paso del viento, allá afuera, abrir el camino furiosamente, golpear sobre los árboles como si se tratara de un ajuste de cuentas entre dos enemigos irreconciliables. Siento que el mundo galopa sin sentido entre un abismo y otro como un ciego con la frente marchita y los pies destrozados por el paso inclemente del tiempo. Pero tú, compañera mía, en este viaje de insomnio al lado de tu asiento, ¿Qué puedes entender de la locura de dar a luz las ideas en este otro viaje tuyo del sueño?, ¿Qué puedes entender de mis cavilaciones nocturnas y de las lágrimas que caen en una caída libre sobre mis mejillas?. Tus dulces sueños de mujer fértil no pasan por mi boca sino en susurros.
Pronto despertarás, el despertar es una sensación apocalíptica de embriaguez, como si hubiésemos perdido un tesoro valioso. El despertar es como si algo nuestro se hubiese perdido para siempre, siguiendo el curso de la humanidad dormida, el despertar es como volver a la vida después de un largo naufragio en medio de la noche inquieta, el despertar es volver a situarnos en nuestro espacio tiempo con la in entendible sensación de que pertenecemos a otro mundo extraño que se aleja irremediablemente mientras reubicamos nuestra estructura en busca de la muerte. Y no es acaso la muerte la primera meta que todos perseguimos sin saber. Para morir es que hemos nacido, el camino es este corazón que late deprisa y golpea su savia en las sienes, el camino es esta vida diaria que día a día nos conecta como si se tratara de un puente móvil a dos orillas de luz y sombra permanente. Vivimos y perduramos y crece nuestro lenguaje como las ramas de un árbol, crece nuestro pelo linealmente. Es de a poco que caemos en las preguntas, primero es la confusión que provocan los elementos, luego sentimos la pesada carga de no tener respuestas exactas, la mirada de mil rostros con semblante diferente, la imagen de la duda que penetra por las puertas que abre nuestro intelecto rabiosamente y nos desnuda la imaginación y torna confuso nuestro andar y nos transforma en autómatas, en rígidas maquinarias al servicio de una maquinaria superior, indestructible que se alimenta con nuestro sudor, con el fruto de nuestras manos, con la rabia acumulada luego de tantos años inútiles, vividos en vano, perdidos como en un juego de azar que nunca quisimos jugar.
Vuelvo a mirarte vecina mía, desde este mundo inquieto que me perturba el alma, vuelvo a recuperar palabras que me pertenecían y que yo he borrado sin querer, pisándolas con el descuido del niño que corre sobre la arena con todo el ruido del universo germinando planetas en torno a él. Vuelvo y reabro este cofre marchito. Vuelvo hasta el mismo punto de partida de esta vuelta elíptica que empezamos a recorrer al nacer, vuelvo a cobrar sortilegios sobre las paredes de esta gran casa que me persigue como una sombra siempre presente. Vuelvo a abrir este trozo de mundo cerebral que han forjado los astros en torno a mí. Ya nada me pertenece, nunca nada me ha pertenecido más que mis manos y los músculos que se enredan sobre mis huesos y este volcán hambriento que me habita y esta naturaleza furibunda que se estremece con cada latido de piel. Nada me pertenece excepto mis pasos cansados de pisar donde antes pisaron otros pasos cansados de pisar la tierra revuelta por millones de otros pasos, cansado de pasar por el puente aquel por el cual ha transitado la humanidad entera en su viaje sin retorno, la humanidad entera con su carga imprecisa de historia. Estoy sentado en medio del puente, viendo abrirse el cielo y la tierra mientras caen los hombres al abismo, estoy sentado, retornando de quizás que lugar endiablado y quizás cierre los ojos y me lance de espaldas para caer donde mismo estoy sentado ahora en este incómodo asiento de bus frente a ti, dulce compañera, que duermes mientras el mundo se destruye en torno nuestro. Vuelvo a ti, mujer, vecina mía, vuelvo a recobrar el aliento perdido hace mucho tiempo atrás, vuelvo a ver esa boca profunda de mujer cerca de mis ojos escrutadores. Busco un límite, un río para mirar hacia la otra orilla y cruzar de ser posible.
A veces hay que tender a mirar a la muerte a los ojos, prepararse, dominar los temores, enfrentar los fantasmas que revolotean en nuestro entorno como molestos zancudos, hay que preparar las baterías para la gran batalla por la vida, descargar las emociones del pecho, librarse del equipaje, de los puntos cardinales y del propio idioma para enfrentar a la dama vestida de negro con una sonrisa insolente y desprejuiciada. Hay que romper el miedo que nos embarga como el frío en algunas noches de bohemia. Hay que transitar como un oscuro animal sediento de palabras, plagado de dudas y de certezas, como un mar muerto de dudas y de certezas, como un libro dormido olvidado en un viejo armario, como el tesoro que espera abrigado en el manto de la tierra. A veces hay que tender a morir para palpar la insistencia de estar vivos, para saber de qué se trata estar vivos, para entender la inutilidad de las convenciones, de las murallas protectoras, de nuestros escudos que nos alejan, que me alejan de ti, mujer frente a mis ojos incontrolablemente despiertos mientras duermes, que se acercan, buscando tu aroma y la tibieza de tu respiración, que te huelen por sobre el ropaje, por sobre la consistencia del abrigo, que buscan la tibieza carnal de tu boca y que te roban un beso mientras duermes, mientras el conductor disminuye la velocidad para acallar el ruido delator del sensor de velocidad, mientras todo el mundo conocido duerme en esta larga noche de verano, mientras deprisa me acerco hasta el paisaje cálido de mi niñez y de lo mejor de mis recuerdos infantiles.
Este es un blog sobre educación, y en tanto es así, pretende mirar el mundo desde una perspectiva pedagógica. Entonces es un blog sobre el mundo, pero en tanto el mundo es ancho y ajeno es un blog sobre como podemos concebir otro mundo de la mano de la educación.
Porque escribir
…“Rinaldo, Rinaldo te estamos esperando, ahora vamos a hacer un tema de Rinaldo, poné más agudo esto”… “Hola, hola, hola, parezco un político. No se escucha parece…Bueno, este, yo voy a hacer un tema que se llama La Niña… Esteeee… La niña es, …esteee… es muy dulce, muy mansa… ¡Que pasa!, ¡que pasa!, hola, hola. Bueno,… escucha la letra porque yo, esteeee, mejor cuando se escribe que cuando se habla... Y después queda, ¡viste!....”
Rinaldo Rafanelli, en concierto de despedida Sui Generis 1975
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martes, 6 de enero de 2015
lunes, 17 de junio de 2013
A 4 DÍAS DEL NUEVO SOL
En este preciso momento en que atravesamos la barrera arbitraria de un día domingo para entrar, en medio del sueño, al lunes otra vez, subrepticiamente, en completo silencio y en medio de una noche fría como las últimas de un sol que muere irremediablemente, nuestro planeta atraviesa el breve espacio que le circunda a una velocidad vertiginosa para nuestro humano entendimiento, 28, 9 kilómetros por segundo. Debo señalar que yo no siento el vértigo profundo de ese movimiento mientras escribo, y tampoco sé si la cifra dura, menos sé comprender respecto de qué punto de referencia en el espacio está señalada esta cifra. El viejo Einstein diría que no se puede medir la velocidad y el movimiento de los objetos en el espacio si no contamos con algún miserable punto de referencia. Yo no sé nada de esas cosas, sólo sé que se mueve y salta en el vacío de la materia oscura como una delicada pieza de un engranaje más complejo, como un tornillo suelto en el mecanismo de Anticitera.
Puedo oler el paso de los días y escucho a los pájaros treiles cantar cuando la lluvia se aproxima, puedo sentir el frío de una noche despejada avisar el fin de un nuevo ciclo, el tiempo de descanso “rimû” llega a su fin y el tiempo de lluvias “pukem” comienza con el retorno del sol para continuar los ciclos permanentes de la naturaleza.
Y así avanzamos, sin detenernos siquiera paramirar el reflejo de estrellas que murieron hace mucho tiempo atrás, avanzamos camino de la muerte como quién sabe lo que quiere, como quien intuye que este camino es un sendero de aprendizaje, cada experiencia es una experiencia vital, cada persona que se nos cruza en el camino es una pieza importante de este rompecabezas que vamos armando con esmero y algo de despreocupación a veces, cada nueva duda es la posibilidad cierta de saltar desde nuestra zona de confort hacia lo desconocido, cada nuevo día es un desafío que nos hace más fuertes y serenos. La Tierra cruza, pertinaz, el polvo cósmico a una vertiginosa velocidad. Yo miro desde mi ventana la estela invisible que deja su paso, la huella molecular de la historia, y me abandono y me dejo caer al abismo del sueño, a la espera del nuevo día, con su carga de horas y piel y tiempo sobre la vereda interminable del tiempo.
domingo, 2 de junio de 2013
1:23 de la madrugada
1:23 de la madrugada, el frío de adueña de mi ventana y la humedece completamente. Yo miro, yo escucho, pero mis ojos y mis oídos no sirven de nada… Y sin embargo todo se mueve y está vivo y nosotros navegamos en medio de océanos de posibilidades, bajo el embate furioso del tiempo y sus andamiajes inoxidables. He ahí la rueda del destino, la piedra originaria, el primer grito de espanto dado al nacer, el primer ciclo, la primera vuelta del planeta en torno de su propio eje, el primer día de un nuevo tiempo que se viene y se viene, con el despuntar del alba dentro de unas pocas horas.
El sol se aleja irremediablemente, ahora no es más que el recuerdo difuso de un poco de calor almacenado en el pecho. Este mes no es más que el último de un largo ciclo de tiempo y piel sobre la vereda oscura del tiempo. Este mes no es nada más que la orilla inconclusa desde la cual iniciamos el gran viaje que nos tiene caminando y durmiendo sobre la extensión inconsistente de los días. Este mes occidental no es la mitad que representa con su frío semblante de mujer impenetrable y distante, no el punto medio ente una esquina y la otra de lo que definimos como un año, este mes que nos susurra palabras en un lenguaje olvidado por el peso de nuestra historia representa el momento previo al vacío, el instante preciso en que agotamos las palabras inútiles, en que cerramos los ojos y nos preguntamos por lo vivido y lo por vivir, en que preparamos el viejo y querido bolso para un gran viaje, en que contamos los pasos como un niño hambriento de vida y jugamos a saltarnos las líneas del camino, y pisamos los charcos y dejamos que la lluvia limpie nuestra cara y nos olvidamos de hacia dónde vamos y nos preguntamos la hora de ayer y la de mañana con la misma intensidad.
Estos son los días del último sol del año, cada segundo cuenta, el guerrero respira profundo y evoca la memoria viva de sus antepasados. Faltan sólo unos pocos días, la tierra palpita bajo mis pies
El sol se aleja irremediablemente, ahora no es más que el recuerdo difuso de un poco de calor almacenado en el pecho. Este mes no es más que el último de un largo ciclo de tiempo y piel sobre la vereda oscura del tiempo. Este mes no es nada más que la orilla inconclusa desde la cual iniciamos el gran viaje que nos tiene caminando y durmiendo sobre la extensión inconsistente de los días. Este mes occidental no es la mitad que representa con su frío semblante de mujer impenetrable y distante, no el punto medio ente una esquina y la otra de lo que definimos como un año, este mes que nos susurra palabras en un lenguaje olvidado por el peso de nuestra historia representa el momento previo al vacío, el instante preciso en que agotamos las palabras inútiles, en que cerramos los ojos y nos preguntamos por lo vivido y lo por vivir, en que preparamos el viejo y querido bolso para un gran viaje, en que contamos los pasos como un niño hambriento de vida y jugamos a saltarnos las líneas del camino, y pisamos los charcos y dejamos que la lluvia limpie nuestra cara y nos olvidamos de hacia dónde vamos y nos preguntamos la hora de ayer y la de mañana con la misma intensidad.
Estos son los días del último sol del año, cada segundo cuenta, el guerrero respira profundo y evoca la memoria viva de sus antepasados. Faltan sólo unos pocos días, la tierra palpita bajo mis pies
domingo, 22 de julio de 2012
TODO HA DE SALIR BIEN ENTONCES
Vuelo descalzo hasta tu regazo
Con mi canto sereno
De vagabundo
Y me pierdo
En la vuelta inquieta de tu cintura
Mujer
Todo ha de salir bien de aquí en adelante, todo volverá a su sitio inalterable, como siempre, como ayer, como el día antes de ayer.
La tierra corregirá una vez más su eje imaginario y los muertos olvidados de tantas batallas inútiles recuperarán su lugar en la historia nuestra, esa la de todos los días, temprano de madrugada, al levantarse para iniciar la larga jornada que ya no pesa tanto como antes, que ya no pesa porque tú estás aquí, porque tú estás y eres quien eres, y ese eres que eres tú mi mira con orgullo y cuando me mira tu eres con esa mirada de gacela virgen que me electriza completamente yo soy, y soy un hombre feliz y así voy y atravieso la extensión perfecta de los días, con tu eres y con mi yo soy unidos en perfecta concordancia, como concordancia hay en tu beso y mi beso adheridos al labio superior del otro, o al inferior, que no es lo mismo pero que resulta igual de intenso y dulce, y perfecto, y excitante, y repetible muchas veces.
Todo ha de salir bien entonces y los días han de recobrar su brillo perdido como si de pronto quitásemos el tamiz de melancolía a nuestra respiración y las marcas de mi rostro desaparecerán de súbito, será tan rápido el proceso que yo no estaré quizás preparado y sienta algo de temor tal vez por el embate del nuevo ventarrón de días luminosos, pero de mi temor me alimentaré y así recuperaré mi rostro antiguo y así las neuronas perdidas en tantas batallas que algún día he de olvidar despertarán de improviso de su letargo tetrahidrocanabidolesco y yo seré capaz de recordar todo y recordaré todos y cada uno de los detalles, hasta los más insignificantes, como la ropa que vestía el día que me gradúe del jardín infantil allá en mi lejano barrio de Recoleta junto al sol de diciembre y todo el abierto y singular mundo de los seres humanos esperando mi paso sereno, recordaré los detalles y mi memoria se alimentará vigorosamente de los días y de las horas y de los segundos y volveré una vez más a sentir la tibia sensación de la pequeña siesta antes de la muerte en la frágil consistencia del útero materno y la madre hablará palabras dulces y su voz sonará transparente, traslúcida a través de la rugosa tela de su piel y yo desearé no haberme movido nunca jamás de mi pequeño y a ratos incómodo pedazo de mundo y luego la luz pálida de la muerte todo lo invadirá con su olor de cloroformo y hospital una madrugada de abril comenzado el año 1971.
Todo ha de volver a su sitio, haré las cosas correctas esta vez y pensaré cada uno de mis pasos con un cuidado nunca antes visto. Volveré el rostro para saludar a mis amigos y vestiré impecablemente cada día como si tuviese que rendirle cuentas al eterno sol de un clima benévolo como el que me ha de seguir a todas partes, en todo sitio, en todo momento y lugar.
Viajo
Seguro de mi buena estrella
Al encuentro
De la muerte
Con mi altiva frente
De hombre en construcción.
Perderé menos mi tiempo. Hablaré menos y escuchare más. Que dulce es la sensación de ver el movimiento perfecto de tus labios mientras narras tus cosas cotidianas, y tu lengua que busca la ubicación exacta con su punta húmeda apuntando en mi dirección.
Seré más constante
Más preciso
Igual de complejo pero con menos voracidad
Tal vez con menos asfixia
Con más soltura
Con más tranquilidad
Con más audacia y talento que desperdigar a la marea incontenible del nuevo siglo que avanza también hacia su encuentro irremediable con la muerte. Esperaré mi turno en el andén
Esperaré leyendo un viejo capítulo de una novela olvidada
Esperaré con la frente en alto y el corazón díscolo y palpitante
Como una gran fragua de mármol y tierra húmeda
Esperaré a la muerte sin una gota de temor y esta pasará
Así, con su olvidada sencillez
Y tal vez me olvide rápidamente
Y tal vez ni se acuerde de mí
Y tal vez sí
Y tal vez no
Y tal vez
Esperaré la micro cada mañana
Y el metro por las tardes
Esperaré tu llegada todas las noches
El beso de la aurora al despertar
Tu propio beso de mujer a cada instante
Tu beso de amor
Con furia
Con pasión
Con toda la entrega tuya que me electriza
Con toda tu cadencia femenina
Con toda tu energía de mujer única y ancestral
Con esa tibieza excitante que depositas en mis labios cada vez que te beso.
Con esa dulce sensación de no pertenecer a nadie más que a ti en el mundo cada vez que me enredo a tu boca.
Con una emoción que se traspasa de tu vientre a mi vientre movedizo y mi vientre que se pega al tuyo como buscando la fuente secreta de tu luz, la fuente secreta de sus sueños, la fuente secreta de tu encanto de mujer, la fuente secreta y húmeda sobre la cual deposito mis plegarias cada jornada, la fuente de la vida eterna, porque contigo es que nazco al nuevo día, porque sólo tú iluminas cada uno de mis pasos, porque sólo tú me alimentas y yo me nutro de tu savia y me alimento de tus pechos y penetro al fondo de tu ser con una dulzura que me desconocía y penetro una y otra vez al fondo de tu ser hasta dejar de ser yo mismo, y penetro una y otra vez hasta lo más recóndito de tu ser hasta que juntos nos derrumbamos en un colapso de amor y fantasía, y penetro una y otra vez hasta la raíz misma de tu esencia de mujer, hasta que el mundo deja de ser mundo y el planeta se reduce tan sólo al espacio de nuestro pequeño albergue, mujer.
Dulce mujer.
Con mi canto sereno
De vagabundo
Y me pierdo
En la vuelta inquieta de tu cintura
Mujer
Todo ha de salir bien de aquí en adelante, todo volverá a su sitio inalterable, como siempre, como ayer, como el día antes de ayer.
La tierra corregirá una vez más su eje imaginario y los muertos olvidados de tantas batallas inútiles recuperarán su lugar en la historia nuestra, esa la de todos los días, temprano de madrugada, al levantarse para iniciar la larga jornada que ya no pesa tanto como antes, que ya no pesa porque tú estás aquí, porque tú estás y eres quien eres, y ese eres que eres tú mi mira con orgullo y cuando me mira tu eres con esa mirada de gacela virgen que me electriza completamente yo soy, y soy un hombre feliz y así voy y atravieso la extensión perfecta de los días, con tu eres y con mi yo soy unidos en perfecta concordancia, como concordancia hay en tu beso y mi beso adheridos al labio superior del otro, o al inferior, que no es lo mismo pero que resulta igual de intenso y dulce, y perfecto, y excitante, y repetible muchas veces.
Todo ha de salir bien entonces y los días han de recobrar su brillo perdido como si de pronto quitásemos el tamiz de melancolía a nuestra respiración y las marcas de mi rostro desaparecerán de súbito, será tan rápido el proceso que yo no estaré quizás preparado y sienta algo de temor tal vez por el embate del nuevo ventarrón de días luminosos, pero de mi temor me alimentaré y así recuperaré mi rostro antiguo y así las neuronas perdidas en tantas batallas que algún día he de olvidar despertarán de improviso de su letargo tetrahidrocanabidolesco y yo seré capaz de recordar todo y recordaré todos y cada uno de los detalles, hasta los más insignificantes, como la ropa que vestía el día que me gradúe del jardín infantil allá en mi lejano barrio de Recoleta junto al sol de diciembre y todo el abierto y singular mundo de los seres humanos esperando mi paso sereno, recordaré los detalles y mi memoria se alimentará vigorosamente de los días y de las horas y de los segundos y volveré una vez más a sentir la tibia sensación de la pequeña siesta antes de la muerte en la frágil consistencia del útero materno y la madre hablará palabras dulces y su voz sonará transparente, traslúcida a través de la rugosa tela de su piel y yo desearé no haberme movido nunca jamás de mi pequeño y a ratos incómodo pedazo de mundo y luego la luz pálida de la muerte todo lo invadirá con su olor de cloroformo y hospital una madrugada de abril comenzado el año 1971.
Todo ha de volver a su sitio, haré las cosas correctas esta vez y pensaré cada uno de mis pasos con un cuidado nunca antes visto. Volveré el rostro para saludar a mis amigos y vestiré impecablemente cada día como si tuviese que rendirle cuentas al eterno sol de un clima benévolo como el que me ha de seguir a todas partes, en todo sitio, en todo momento y lugar.
Viajo
Seguro de mi buena estrella
Al encuentro
De la muerte
Con mi altiva frente
De hombre en construcción.
Perderé menos mi tiempo. Hablaré menos y escuchare más. Que dulce es la sensación de ver el movimiento perfecto de tus labios mientras narras tus cosas cotidianas, y tu lengua que busca la ubicación exacta con su punta húmeda apuntando en mi dirección.
Seré más constante
Más preciso
Igual de complejo pero con menos voracidad
Tal vez con menos asfixia
Con más soltura
Con más tranquilidad
Con más audacia y talento que desperdigar a la marea incontenible del nuevo siglo que avanza también hacia su encuentro irremediable con la muerte. Esperaré mi turno en el andén
Esperaré leyendo un viejo capítulo de una novela olvidada
Esperaré con la frente en alto y el corazón díscolo y palpitante
Como una gran fragua de mármol y tierra húmeda
Esperaré a la muerte sin una gota de temor y esta pasará
Así, con su olvidada sencillez
Y tal vez me olvide rápidamente
Y tal vez ni se acuerde de mí
Y tal vez sí
Y tal vez no
Y tal vez
Esperaré la micro cada mañana
Y el metro por las tardes
Esperaré tu llegada todas las noches
El beso de la aurora al despertar
Tu propio beso de mujer a cada instante
Tu beso de amor
Con furia
Con pasión
Con toda la entrega tuya que me electriza
Con toda tu cadencia femenina
Con toda tu energía de mujer única y ancestral
Con esa tibieza excitante que depositas en mis labios cada vez que te beso.
Con esa dulce sensación de no pertenecer a nadie más que a ti en el mundo cada vez que me enredo a tu boca.
Con una emoción que se traspasa de tu vientre a mi vientre movedizo y mi vientre que se pega al tuyo como buscando la fuente secreta de tu luz, la fuente secreta de sus sueños, la fuente secreta de tu encanto de mujer, la fuente secreta y húmeda sobre la cual deposito mis plegarias cada jornada, la fuente de la vida eterna, porque contigo es que nazco al nuevo día, porque sólo tú iluminas cada uno de mis pasos, porque sólo tú me alimentas y yo me nutro de tu savia y me alimento de tus pechos y penetro al fondo de tu ser con una dulzura que me desconocía y penetro una y otra vez al fondo de tu ser hasta dejar de ser yo mismo, y penetro una y otra vez hasta lo más recóndito de tu ser hasta que juntos nos derrumbamos en un colapso de amor y fantasía, y penetro una y otra vez hasta la raíz misma de tu esencia de mujer, hasta que el mundo deja de ser mundo y el planeta se reduce tan sólo al espacio de nuestro pequeño albergue, mujer.
Dulce mujer.
VIAJE SUBURBANO UN DIA CUALQUIERA DE MARZO
Llegaré algo mareado a casa. La distancia entre uno y otro punto de Santiago es increíble, sobre todo en estos días, en que parezco vivir a la dulce ventura de lo que el destino me tiene fabricado a modo de gran sorpresa de cumpleaños. Desde el oriente el inicio del crepúsculo me acompaña y yo acompaño su transformación paulatina de tierna estrella en opulenta supernova, siento las explosiones de luz y calor en mi pecho, el
reflejo endemoniado de sus luces ciega por un instante estos ojos poco acostumbrados a la radiación solar sobre su café oscura estructura; luego viene el ocaso, la pérdida definitiva del color, el deterioro de las formas y el ajuste en blanco y negro o en escala de grises de mis párpados.
El bus continuaba con su monocorde vaivén, la ciudad se transformaba a mi paso sobre ruedas, las angostas calles y el gris permanente dejaban espacios cada vez más amplios para los pastos que besaban la orilla tibia del asfalto. La Pintana comenzaba a quedar atrás y con ella sus llanuras de tierra y sequedad. Mi cuerpo se acostumbraba a la incomodidad del respaldo fijo de mi asiento. Algunos escolares subieron poco antes de llegar a Américo Vespucio. Mi estómago comenzó a procesar los granos de uva que poco antes había comido con los viejos y nuevos conocidos, recordé la manzana verde que se entibiaba desde la mañana, decidí no comerla, pensé en llegar luego al baño pero aún faltaba una larga hora para concluir mi camino, el tedioso viaje por las llanuras demasiado conocidas de Américo Vespucio tenía en Santa Rosa su punto de partida; en la esquina bullía lo sobrante de la gran y triste maquinaria, los obreros volvían a sus hogares después de estar durante todo el día activando los resortes y moviendo los andamiajes que hacían funcionar el corazón artificial de la ciudad.
Yo caminaba en dirección equivocada, todo el mundo se perdía hacia el sur en un frenético viaje de purificación luego de tanta mierda pestilente colgándole de los bolsillos, desde mi asiento podía sentir el olor de cloro porfiadamente adherido a las manos y a la ropa de las empleadas puertas afuera, encantadoras y dulces mujeres con dulces sueños de amor y deseo en una tierra que no les pertenece. De sus ojos se desprende un brillo especial, ellas sueñan en secreto despertar un día y contemplar la pulcritud, la vastedad y el buen gusto y los prados de la casa que es su propia casa, y desearían limpiar amorosamente la cocina su cocina, y encerar el piso su piso, y preparar el desayuno de los niños sus hijos, pero la madrugada avanza de prisa en las mañanas y la tarde avanza de prisa por las noches y el tiempo entre una noche y el próximo amanecer resulta muy pequeño para cualquier tipo de maravilloso sueño en un viaje de bus que corre en destino inverso al mío, más lentamente, pues el noreste de la ciudad parece vaciarse con esta fuga en masa de hombres y mujeres, con esta estampida de buses repletos de pasajeros, con esta máquina temporal que atraviesa a la ciudad aunque pareciera ser la ciudad la que nos atraviesa a todos como una imagen fantasmagórica que cruza frente a nuestros ojos espectadores y ciudadanos. La ciudad nos cubre con su manto de olores y sonidos ciudadanos día y noche, por la noche nos arrulla y nos brinda el calor de las maquinarias que incansablemente trabajan para justificar nuestra existencia; por el día justifica nuestra condición de seres humanos con un sentido de vida aunque no lo necesitemos, aunque sea otra fabricación más del bajo intelecto humano.
El hombre para sentirse ser humano necesita expresar esa multiplicidad de sensaciones en objetos cuantificables y medibles intelectualmente, en profesiones, oficios, ocupaciones, trabajos, dedicaciones, entretenciones, condiciones, estatus, ubicación económica, política, social, etc. etc.
Nuestra compleja posición racional se desarrolla en forma vertiginosa y crece como una semilla misteriosa dotada del poder de la autoflagelación. Crecen los deberes y estos alimentan la savia de nuevos diseños sostenedores de los anteriores y potenciadores de nuevos elementos condicionantes de nuestra vida. Surgen de improviso aunque no por generación espontánea reglamentos y leyes y todos atentan contra el ciudadano común y silvestre pero a nadie parece importarle porque aún hasta el mismo Nadie está interesado en perpetuar algunas figuras que a él le interesan por sobre manera, así los orígenes del hombre se diluyen y la fiebre del siglo XX se traspasa por un puente incorregible al siglo nuevo que de nuevo no tiene nada pues todo ya ha sido escrito incluso los gritos de rebeldía que lanzamos como minúsculos aullidos de gato recién nacido, absolutamente desprotegido de la tutela maternal.
Así avanzamos por esta ciudad, depositando un poco de vida bajo la suela de nuestros zapatos, desgastándonos como esas suelas que se adhieren al pegajoso pavimento con tozudez, así transitamos, mutantes de un tiempo perdido, cansados de nuestras propias e inútiles palabras, buscándonos en las sombras para brindarnos un poco de amor desinteresado en las plazas de los viejos barrios pero la luz que se proyecta de los Centros de Compras impide la caricia profunda y las miradas que nos prodigamos en las calles poco dicen del reflejo de nuestros propios corazones y hablamos con una humana necesidad y de los labios se descuelgan las palabras como en un grandioso torbellino imparable, como cuando abrimos una llave de agua por la noche y el agua sale por la boca del frío instrumento con una fuerza tardía y las palabras se escapan y construyen su propio lenguaje de formas y gestos y nos damos cuenta de la inutilidad de tanto boato y sentimos la presencia de las letras y los clásicos gestos como una inútil adquisición cultural y depositamos toda nuestra incomprensible fe en un lenguaje nuevo y sencillo, sin palabras y sin gestos y nos concentramos desde lo más profundo de nuestras emociones y desgarramos nuestro vientre de tanta concentración y miramos y nuestros ojos se abren desmesurados y luego un manantial de dulzura escapa de las miradas iluminando el camino frente a nuestros párpados y buscamos la mirada del otro y a ratos la encontramos y ahí nos quedamos como guareciéndonos de la lluvia torrencial y asfixiante en el único refugio posible, la mirada del otro, de la otra… y esa mirada se abre al mismo tiempo que la nuestra y así avanzamos lentamente a través de las calles que comienzan a secarse luego de la lluvia que aún no llega y los hombres salen de sus guaridas y el cerebro se activa luego de demasiado tiempo de inercia mental y es necesario abrir un hondo camino en medio de la selva impenetrable que ha crecido en torno a las dendritas, y es necesario activar todos los mecanismos de presión del humano sentimiento y sentir como despega esta nave que siempre hemos tenido guardada en lo más profundo del corazón y dejarla volar como vuelan los cometas en los tiempo de las tibias brisas de primavera y dejarla planear libremente como los hombres pájaros que transitan a la deriva del viento y es necesario transitar a la deriva del viento y romper con todo lo creado hasta este instante y desarmar los pasos dados hasta este minuto y olvidar las estupideces y construir nuevamente la historia humana desde una nueva óptica más humana y menos humanesca. Transitar y transitar libres de las ataduras de los relojes y del mercado y de los bancos. Transitar día a día en un perpetuo estado de gozo inalterable, vivir día a día extasiado, obnubilado por la belleza de la vida que nos ha sido dada en gracia vivir por estos dioses creadores que se olvidaron de entregarnos la llave de la sabiduría pues todo lo tenían demasiado bien planeado estos muchachitos.
Transitar por la vida como quien transita por la vida y no por el deber de la vida, por la necesidad que nos han impuesto en los oídos y en las manos, olvidarse de la necesidad y del deber, nos debemos a nosotros mismos antes que a nadie y la palabra trabajo no tiene sentido si no se hace con amor y no por necesidad, la necesidad pervierte nuestros sentidos y nos convierte en oscuros pasajeros del tiempo, oscuros, tristes y cansados hombres y mujeres que corren a perderse en un bus que corre a perderse en la dirección opuesta a la del bus en el cual estoy mirando por la ventana mientras definitivamente nos adentramos por Américo Vespucio rumbo al noreste y Santa Rosa sólo es un punto de tristeza y cansancio que se pierde con los últimos rayos del sol de marzo de este nuevo siglo que de nuevo nada tiene hasta el momento.
El bus continuaba con su monocorde vaivén, la ciudad se transformaba a mi paso sobre ruedas, las angostas calles y el gris permanente dejaban espacios cada vez más amplios para los pastos que besaban la orilla tibia del asfalto. La Pintana comenzaba a quedar atrás y con ella sus llanuras de tierra y sequedad. Mi cuerpo se acostumbraba a la incomodidad del respaldo fijo de mi asiento. Algunos escolares subieron poco antes de llegar a Américo Vespucio. Mi estómago comenzó a procesar los granos de uva que poco antes había comido con los viejos y nuevos conocidos, recordé la manzana verde que se entibiaba desde la mañana, decidí no comerla, pensé en llegar luego al baño pero aún faltaba una larga hora para concluir mi camino, el tedioso viaje por las llanuras demasiado conocidas de Américo Vespucio tenía en Santa Rosa su punto de partida; en la esquina bullía lo sobrante de la gran y triste maquinaria, los obreros volvían a sus hogares después de estar durante todo el día activando los resortes y moviendo los andamiajes que hacían funcionar el corazón artificial de la ciudad.
Yo caminaba en dirección equivocada, todo el mundo se perdía hacia el sur en un frenético viaje de purificación luego de tanta mierda pestilente colgándole de los bolsillos, desde mi asiento podía sentir el olor de cloro porfiadamente adherido a las manos y a la ropa de las empleadas puertas afuera, encantadoras y dulces mujeres con dulces sueños de amor y deseo en una tierra que no les pertenece. De sus ojos se desprende un brillo especial, ellas sueñan en secreto despertar un día y contemplar la pulcritud, la vastedad y el buen gusto y los prados de la casa que es su propia casa, y desearían limpiar amorosamente la cocina su cocina, y encerar el piso su piso, y preparar el desayuno de los niños sus hijos, pero la madrugada avanza de prisa en las mañanas y la tarde avanza de prisa por las noches y el tiempo entre una noche y el próximo amanecer resulta muy pequeño para cualquier tipo de maravilloso sueño en un viaje de bus que corre en destino inverso al mío, más lentamente, pues el noreste de la ciudad parece vaciarse con esta fuga en masa de hombres y mujeres, con esta estampida de buses repletos de pasajeros, con esta máquina temporal que atraviesa a la ciudad aunque pareciera ser la ciudad la que nos atraviesa a todos como una imagen fantasmagórica que cruza frente a nuestros ojos espectadores y ciudadanos. La ciudad nos cubre con su manto de olores y sonidos ciudadanos día y noche, por la noche nos arrulla y nos brinda el calor de las maquinarias que incansablemente trabajan para justificar nuestra existencia; por el día justifica nuestra condición de seres humanos con un sentido de vida aunque no lo necesitemos, aunque sea otra fabricación más del bajo intelecto humano.
El hombre para sentirse ser humano necesita expresar esa multiplicidad de sensaciones en objetos cuantificables y medibles intelectualmente, en profesiones, oficios, ocupaciones, trabajos, dedicaciones, entretenciones, condiciones, estatus, ubicación económica, política, social, etc. etc.
Nuestra compleja posición racional se desarrolla en forma vertiginosa y crece como una semilla misteriosa dotada del poder de la autoflagelación. Crecen los deberes y estos alimentan la savia de nuevos diseños sostenedores de los anteriores y potenciadores de nuevos elementos condicionantes de nuestra vida. Surgen de improviso aunque no por generación espontánea reglamentos y leyes y todos atentan contra el ciudadano común y silvestre pero a nadie parece importarle porque aún hasta el mismo Nadie está interesado en perpetuar algunas figuras que a él le interesan por sobre manera, así los orígenes del hombre se diluyen y la fiebre del siglo XX se traspasa por un puente incorregible al siglo nuevo que de nuevo no tiene nada pues todo ya ha sido escrito incluso los gritos de rebeldía que lanzamos como minúsculos aullidos de gato recién nacido, absolutamente desprotegido de la tutela maternal.
Así avanzamos por esta ciudad, depositando un poco de vida bajo la suela de nuestros zapatos, desgastándonos como esas suelas que se adhieren al pegajoso pavimento con tozudez, así transitamos, mutantes de un tiempo perdido, cansados de nuestras propias e inútiles palabras, buscándonos en las sombras para brindarnos un poco de amor desinteresado en las plazas de los viejos barrios pero la luz que se proyecta de los Centros de Compras impide la caricia profunda y las miradas que nos prodigamos en las calles poco dicen del reflejo de nuestros propios corazones y hablamos con una humana necesidad y de los labios se descuelgan las palabras como en un grandioso torbellino imparable, como cuando abrimos una llave de agua por la noche y el agua sale por la boca del frío instrumento con una fuerza tardía y las palabras se escapan y construyen su propio lenguaje de formas y gestos y nos damos cuenta de la inutilidad de tanto boato y sentimos la presencia de las letras y los clásicos gestos como una inútil adquisición cultural y depositamos toda nuestra incomprensible fe en un lenguaje nuevo y sencillo, sin palabras y sin gestos y nos concentramos desde lo más profundo de nuestras emociones y desgarramos nuestro vientre de tanta concentración y miramos y nuestros ojos se abren desmesurados y luego un manantial de dulzura escapa de las miradas iluminando el camino frente a nuestros párpados y buscamos la mirada del otro y a ratos la encontramos y ahí nos quedamos como guareciéndonos de la lluvia torrencial y asfixiante en el único refugio posible, la mirada del otro, de la otra… y esa mirada se abre al mismo tiempo que la nuestra y así avanzamos lentamente a través de las calles que comienzan a secarse luego de la lluvia que aún no llega y los hombres salen de sus guaridas y el cerebro se activa luego de demasiado tiempo de inercia mental y es necesario abrir un hondo camino en medio de la selva impenetrable que ha crecido en torno a las dendritas, y es necesario activar todos los mecanismos de presión del humano sentimiento y sentir como despega esta nave que siempre hemos tenido guardada en lo más profundo del corazón y dejarla volar como vuelan los cometas en los tiempo de las tibias brisas de primavera y dejarla planear libremente como los hombres pájaros que transitan a la deriva del viento y es necesario transitar a la deriva del viento y romper con todo lo creado hasta este instante y desarmar los pasos dados hasta este minuto y olvidar las estupideces y construir nuevamente la historia humana desde una nueva óptica más humana y menos humanesca. Transitar y transitar libres de las ataduras de los relojes y del mercado y de los bancos. Transitar día a día en un perpetuo estado de gozo inalterable, vivir día a día extasiado, obnubilado por la belleza de la vida que nos ha sido dada en gracia vivir por estos dioses creadores que se olvidaron de entregarnos la llave de la sabiduría pues todo lo tenían demasiado bien planeado estos muchachitos.
Transitar por la vida como quien transita por la vida y no por el deber de la vida, por la necesidad que nos han impuesto en los oídos y en las manos, olvidarse de la necesidad y del deber, nos debemos a nosotros mismos antes que a nadie y la palabra trabajo no tiene sentido si no se hace con amor y no por necesidad, la necesidad pervierte nuestros sentidos y nos convierte en oscuros pasajeros del tiempo, oscuros, tristes y cansados hombres y mujeres que corren a perderse en un bus que corre a perderse en la dirección opuesta a la del bus en el cual estoy mirando por la ventana mientras definitivamente nos adentramos por Américo Vespucio rumbo al noreste y Santa Rosa sólo es un punto de tristeza y cansancio que se pierde con los últimos rayos del sol de marzo de este nuevo siglo que de nuevo nada tiene hasta el momento.
lunes, 28 de marzo de 2011
PALABRAS
En fin, tras una larga ausencia y un ajuste en el orden de este texto, creo que me he dejado llevar una vez más por mis dedos que escriben y escriben sin control algun
o, para ellos no hay sueño posible capaz de borrar las palabras que en caudal incontenible brotan desde el centro de mi pecho. Hay una conjugación perfecta entre mis manos, sus dedos y las letras que yacen en el teclado. El camino es perfecto, salto entre uno y otro espacio y voy dando coherencia a las letras sueltas, las letras se agrupan en estructuras simples llamadas palabras, las que a su vez se agrupan en estructuras más complejas llamadas oraciones; las oraciones son capaces de construir su propio territorio, se adueñan del paisaje, pueblan los espacios vacíos, el gigantesco territorio anecúmene del cual están compuestos la mayoría de los cerebros; las palabras instalan sus mediaguas, sus chozas mínimas, sus viviendas
básicas que el viento del invierno frío e inclemente arrastra como motas ligeras de algodón. Y luego las palabras establecen acuerdos y mancomuniones y sociedades de socorros mutuos en defensa de su precario sistema organizativo y transforman el entorno y dan curso nuevo a la aurora y levantan puentes para unir territorios inexplorados y llevan la luz hacia los pantanos insondables donde reina la oscuridad casi perpetua, y avanzan y avanzan y avanzan... Las palabras, tras una larga revuelta y muchas pérdidas, se toman por fin el poder en mi sistema cognitivo. Todo mi universo paradigmático está compuesto de palabras, todos mis esquemas mentales, todo mi sistema de representaciones, toda mi carta cognitiva está tapizada por un gran mural maravilloso e inagotable de palabras. Palab
ras, palabras… Palabras que bailan la danza del amor como la palabra MÚSICA pronunciada por tus labios de terciopelo. Palabras que anuncian el advenimiento de algo más poderoso aún que el precario amor de los hombres, como la palabra LIBERTAD. Palabras que tiemblan solas en su vigor lúdico y maravilloso como la palabra ORGASMO. Palabras joviales, antiguas y necesarias como la palabra REBELIÓN. Palabras femeninas y sensuales como tu nombre, dulce mujer. Palabras, palabras que el viento sur arrastra sin prisa hacia un destino incierto cargado de emociones vitales y furiosos vendavales que hacen crecer los ríos cordilleranos. Palabras, palabras como la palabra FIN, tras de la cual, ya nada tiene sentido por esta noche.
o, para ellos no hay sueño posible capaz de borrar las palabras que en caudal incontenible brotan desde el centro de mi pecho. Hay una conjugación perfecta entre mis manos, sus dedos y las letras que yacen en el teclado. El camino es perfecto, salto entre uno y otro espacio y voy dando coherencia a las letras sueltas, las letras se agrupan en estructuras simples llamadas palabras, las que a su vez se agrupan en estructuras más complejas llamadas oraciones; las oraciones son capaces de construir su propio territorio, se adueñan del paisaje, pueblan los espacios vacíos, el gigantesco territorio anecúmene del cual están compuestos la mayoría de los cerebros; las palabras instalan sus mediaguas, sus chozas mínimas, sus viviendas
básicas que el viento del invierno frío e inclemente arrastra como motas ligeras de algodón. Y luego las palabras establecen acuerdos y mancomuniones y sociedades de socorros mutuos en defensa de su precario sistema organizativo y transforman el entorno y dan curso nuevo a la aurora y levantan puentes para unir territorios inexplorados y llevan la luz hacia los pantanos insondables donde reina la oscuridad casi perpetua, y avanzan y avanzan y avanzan... Las palabras, tras una larga revuelta y muchas pérdidas, se toman por fin el poder en mi sistema cognitivo. Todo mi universo paradigmático está compuesto de palabras, todos mis esquemas mentales, todo mi sistema de representaciones, toda mi carta cognitiva está tapizada por un gran mural maravilloso e inagotable de palabras. Palab
ras, palabras… Palabras que bailan la danza del amor como la palabra MÚSICA pronunciada por tus labios de terciopelo. Palabras que anuncian el advenimiento de algo más poderoso aún que el precario amor de los hombres, como la palabra LIBERTAD. Palabras que tiemblan solas en su vigor lúdico y maravilloso como la palabra ORGASMO. Palabras joviales, antiguas y necesarias como la palabra REBELIÓN. Palabras femeninas y sensuales como tu nombre, dulce mujer. Palabras, palabras que el viento sur arrastra sin prisa hacia un destino incierto cargado de emociones vitales y furiosos vendavales que hacen crecer los ríos cordilleranos. Palabras, palabras como la palabra FIN, tras de la cual, ya nada tiene sentido por esta noche.domingo, 27 de febrero de 2011
RECUERDOS DEL TERREMOTO
Habíamos llegado hace tan sólo 3 días de unas vacaciones preciosas. Recorrimos desde Chillán, a Temuco, Nueva Imperial, Carahue, Puerto Saavedra, Puerto Domínguez, Puerto Montt, y luego Chiloé siguiendo la ruta de las iglesias patrimoniales, finalmente cerramos con un mini viaje en torno del lago Llanquihue, eso en poco menos de 3 semanas, aun nos
quedaba una semana para completar nuestro mes y teníamos dos destinos posibles: el entorno de Valdivia y la zona de Concepción. Recuerdo lo mucho que le insistía a Carol sobre la belleza histórica de la zona del carbón, pueblos anclados en el pasado como Cobquecura, las luchas y la maduración de la conciencia obrera en la zona de Lota. Ella tenía a la fecha 5 meses de embarazo de Nahuel Aukán y andábamos con Antu Nehuen, que en esos días no pasaba de los dos años y que era el más feliz de los 3 y se bañaba en cuanto río, lago o playa se nos cruzara en el viaje. Continuar esa semana extra era un buen desafío, pero en realidad no quisimos abusar de la buena salud de Carol y decidimos volver. Llegamos a Santiago el miércoles 23 de febrero muy temprano por la mañana.
Los siguientes días fueron lo de siempre, descansar lo vivido, revisar las fotos, emocionarnos con la belleza de los paisajes vistos, con la buena comida de las cocinerías, con la rusticida
d de las micros rurales, las luciérnagas y su luz de tono mágico que hizo a Carol recordar los cuentos de hadas de su niñez, los paseos por bosques de boldos y moras silvestres, el olor del campo y la fiereza dulce del viento abriéndose paso entre sus ramas, la laguna de Loreley que me hizo recordar la odisea de Aguirre llamado La Cólera de Dios, la cascada de Tocoihue camino a Tenaúm, las esculturas de madera en Puerto Domínguez, las piedras negras de Puerto Saavedra, la lluvia de Chonchi, las noches de campo sin luna y la vasta extensión del cielo colmado de estrellas como nunca se ve en Santiago, salvo cuando falla el Sistema Interconectado Central o cuando sucede una catástrofe mayor como la de 3 días después.
Así andábamos, riendo de la nada, recordando y soñando, guardando los nombres de los nuevos amigos en nuestras agendas, desatando nuestros bolsos con lentitud, sin prisa. Haciendo algo de aseo luego de casi un mes de ausencia, volviendo a nuestra realidad poco a poco, disfrutando de la tibieza de las tardes y las noches, aprontándonos para el invierno y el nacimiento de nuestro segundo hijo. Yo como siempre, revisaba documentos y papeles antiguos intentando, en vano, darles algo de orden o traspasándolos al computador para que no terminaran de empolvarse.
Eran poco más de las 3 de la mañana de aquel 27 de febrero y yo aún trabajaba en el computador. Era ya tarde para mí y el cansancio me impulso a dejar el ejercicio cotidiano. Algunos camiones pasaban por el camino antiguo a Valparaíso rumbo de la costa, en una procesión que no terminaría del todo bien. Era una noche cualquiera, como cualquier otra de las tantas en que me dormía demasiado tarde para la normalidad. La casa en que vivíamos (y que aún nos sustenta) era como una casa de cuentos, de madera, pequeña muy pequeña, de dos pisos y finas terminaciones en la escalera y en el marco de las puertas. El segundo piso es una gran habitación, grande para lo que estamos acostumbrados a definir como un dormitorio en nuestro país. En los comunes cabe sólo la cama y un mueble y se acabó el espacio para lo demás. Antu ya dormía. Carol había llegado hace poco de una reunión. María, nuestra amiga, la había venido a dejar desde Santiago y me contaba los pormenores de la reunión. El computador se terminó de apagar y yo bajé al primer piso, al baño. Tuve tiempo de ducharme, secarme, volver a vestirme. Cuando me lavaba los dientes comenzó todo. Primero fue un movimiento suave, un temblor como los que a diario ocurren, las paredes se estremecieron y lo hicieron aún más cuando el temblor agarró algo de fuerza y en vez de aplacarse continuó y continuó, cada vez más despierto. Cerré la llave del agua, miraba el techo sin razón, como si el origen de todo ese movimiento estuviera en él. Fueron 20 o 30 segundos en que esperé que amainara el movimiento. Siempre esperé la llegada del terremoto, nunca había vivido uno, pues el de 1985 me encontró muy lejos de la zona central y sólo sentí el temblor de costumbre. Un terremoto, pensaba, debe ser de aquellos fenómenos naturales dignos de vivir para contar a la posteridad, una tontería, por supuesto, pero la tontería se hacía realidad.
El movimiento se hizo más anormal, más persistente, más fuerte. Fui a la escalera y comencé a subir rápidamente, el movimiento continuaba.
Carol ya tenía a Antu en brazos y empezaba a bajar, casi chocamos en la escalera. ¡Baja, baja!, me decía, yo quise afirmarla, tomar al hijo, pero sólo entorpecía el paso así es que comencé a bajar los peldaños, seguido de ellos. A media escalera se desató toda la furia. Jamás pensé que la tierra pudiera moverse así. La violencia del movimiento cortó la luz, Carol comenzó a gritar, el ruido de los muebles desplazados no ayudaba a recobrar la calma, estábamos en medio de todo y no podíamos avanzar pues el movimiento nos tenía detenidos a mitad de la escalera. Comenzaron a caer los cuadros, los libros, los objetos, los vasos, los platos. El ruido del terremoto era el ruido de los objetos que caían alrededor de nosotros. Avancé peldaños abajo como pude, Carol me seguía como podía, a ciegas, los vidrios se quebraban arriba, abajo y junto a nosotros, la oscuridad era total y no paraba y no paraba. Choqué con la biblioteca, pisé vidrios quebrados, llegué a la puerta y trataba de calmar a Carol que gritaba pidiendo que todo terminara, ella estaba totalmente descontrolada y afirmaba a Antu con todas sus fuerzas. Me costó mucho abrir la puerta, la negrura de la noche en movimiento nos saludó, no sé cuántos segundos o minutos pasaron. La tierra comenzó a serenarse lenta y sostenidamente. Carol aún lloraba. En casa de sus padres, que queda junto a la nuestra, salieron todos y todos estaban bien. Yo esperaba que el epicentro no hubiera sido muy lejos, de ser así la fuerza del terremoto sería mayor en otro lado y eso sería terrible para la po
bre gente de ese lugar. Intenté recordar donde tenía velas y encendedor. A ciegas caminaba, pisando los vidrios y los objetos caídos. Logré encontrar y encender una y el espectáculo era deprimente en el primer piso. Todo estaba por el suelo, pareciera que un ser poderoso hubiese sacudido con toda su rabia nuestra casa y se hubiese luego marchado sin dar explicación.
Esa noche no dormimos. Las primeras dos horas fueron de soledad, silencio y oscuridad total. No sabíamos nada de nadie y las noticias que escuchaba en el pendrive eran confusas y se atropellaban unas con otras. Todo el mundo coincidía en la enorme magnitud del terremoto y en que el epicentro estaba ubicado en algún punto de la querida Concepción. Pudimos haber estado allá pensé, y un temblor no ya de tierra me estremeció. Luego la confusión fue dando pasó a noticias más y más dramáticas. Comenzó a circular una lista inicial de muertos y desaparecidos, un hombre lloraba desde Cobquecura diciendo que todo su querido pueblo se había venido abajo, otra gente desesperada por no saber nada de sus familiares, yo llamaba y llamaba desde el celular a todo el mundo pero la telefonía celular estaba totalmente colapsada, la noche avanzaba tan desesperantemente lenta que ahogaba hasta que casi imperceptiblemente una fina claridad comenzó a envolver el entorno. Luego vendrían las imágenes de mayor horror, el maremoto, los muertos, desaparecidos, los saqueos, la desesperación de la gente, el dolor, el drama de pueblos enteros, las negligencias y los actos de heroísmo, la historia, que se abría paso en medio de la destrucción, el eje de la tierra que, una vez más, había cambiado su dirección.
Los siguientes días fueron lo de siempre, descansar lo vivido, revisar las fotos, emocionarnos con la belleza de los paisajes vistos, con la buena comida de las cocinerías, con la rusticida
Así andábamos, riendo de la nada, recordando y soñando, guardando los nombres de los nuevos amigos en nuestras agendas, desatando nuestros bolsos con lentitud, sin prisa. Haciendo algo de aseo luego de casi un mes de ausencia, volviendo a nuestra realidad poco a poco, disfrutando de la tibieza de las tardes y las noches, aprontándonos para el invierno y el nacimiento de nuestro segundo hijo. Yo como siempre, revisaba documentos y papeles antiguos intentando, en vano, darles algo de orden o traspasándolos al computador para que no terminaran de empolvarse.
Eran poco más de las 3 de la mañana de aquel 27 de febrero y yo aún trabajaba en el computador. Era ya tarde para mí y el cansancio me impulso a dejar el ejercicio cotidiano. Algunos camiones pasaban por el camino antiguo a Valparaíso rumbo de la costa, en una procesión que no terminaría del todo bien. Era una noche cualquiera, como cualquier otra de las tantas en que me dormía demasiado tarde para la normalidad. La casa en que vivíamos (y que aún nos sustenta) era como una casa de cuentos, de madera, pequeña muy pequeña, de dos pisos y finas terminaciones en la escalera y en el marco de las puertas. El segundo piso es una gran habitación, grande para lo que estamos acostumbrados a definir como un dormitorio en nuestro país. En los comunes cabe sólo la cama y un mueble y se acabó el espacio para lo demás. Antu ya dormía. Carol había llegado hace poco de una reunión. María, nuestra amiga, la había venido a dejar desde Santiago y me contaba los pormenores de la reunión. El computador se terminó de apagar y yo bajé al primer piso, al baño. Tuve tiempo de ducharme, secarme, volver a vestirme. Cuando me lavaba los dientes comenzó todo. Primero fue un movimiento suave, un temblor como los que a diario ocurren, las paredes se estremecieron y lo hicieron aún más cuando el temblor agarró algo de fuerza y en vez de aplacarse continuó y continuó, cada vez más despierto. Cerré la llave del agua, miraba el techo sin razón, como si el origen de todo ese movimiento estuviera en él. Fueron 20 o 30 segundos en que esperé que amainara el movimiento. Siempre esperé la llegada del terremoto, nunca había vivido uno, pues el de 1985 me encontró muy lejos de la zona central y sólo sentí el temblor de costumbre. Un terremoto, pensaba, debe ser de aquellos fenómenos naturales dignos de vivir para contar a la posteridad, una tontería, por supuesto, pero la tontería se hacía realidad.
El movimiento se hizo más anormal, más persistente, más fuerte. Fui a la escalera y comencé a subir rápidamente, el movimiento continuaba.
Carol ya tenía a Antu en brazos y empezaba a bajar, casi chocamos en la escalera. ¡Baja, baja!, me decía, yo quise afirmarla, tomar al hijo, pero sólo entorpecía el paso así es que comencé a bajar los peldaños, seguido de ellos. A media escalera se desató toda la furia. Jamás pensé que la tierra pudiera moverse así. La violencia del movimiento cortó la luz, Carol comenzó a gritar, el ruido de los muebles desplazados no ayudaba a recobrar la calma, estábamos en medio de todo y no podíamos avanzar pues el movimiento nos tenía detenidos a mitad de la escalera. Comenzaron a caer los cuadros, los libros, los objetos, los vasos, los platos. El ruido del terremoto era el ruido de los objetos que caían alrededor de nosotros. Avancé peldaños abajo como pude, Carol me seguía como podía, a ciegas, los vidrios se quebraban arriba, abajo y junto a nosotros, la oscuridad era total y no paraba y no paraba. Choqué con la biblioteca, pisé vidrios quebrados, llegué a la puerta y trataba de calmar a Carol que gritaba pidiendo que todo terminara, ella estaba totalmente descontrolada y afirmaba a Antu con todas sus fuerzas. Me costó mucho abrir la puerta, la negrura de la noche en movimiento nos saludó, no sé cuántos segundos o minutos pasaron. La tierra comenzó a serenarse lenta y sostenidamente. Carol aún lloraba. En casa de sus padres, que queda junto a la nuestra, salieron todos y todos estaban bien. Yo esperaba que el epicentro no hubiera sido muy lejos, de ser así la fuerza del terremoto sería mayor en otro lado y eso sería terrible para la po
bre gente de ese lugar. Intenté recordar donde tenía velas y encendedor. A ciegas caminaba, pisando los vidrios y los objetos caídos. Logré encontrar y encender una y el espectáculo era deprimente en el primer piso. Todo estaba por el suelo, pareciera que un ser poderoso hubiese sacudido con toda su rabia nuestra casa y se hubiese luego marchado sin dar explicación.
Esa noche no dormimos. Las primeras dos horas fueron de soledad, silencio y oscuridad total. No sabíamos nada de nadie y las noticias que escuchaba en el pendrive eran confusas y se atropellaban unas con otras. Todo el mundo coincidía en la enorme magnitud del terremoto y en que el epicentro estaba ubicado en algún punto de la querida Concepción. Pudimos haber estado allá pensé, y un temblor no ya de tierra me estremeció. Luego la confusión fue dando pasó a noticias más y más dramáticas. Comenzó a circular una lista inicial de muertos y desaparecidos, un hombre lloraba desde Cobquecura diciendo que todo su querido pueblo se había venido abajo, otra gente desesperada por no saber nada de sus familiares, yo llamaba y llamaba desde el celular a todo el mundo pero la telefonía celular estaba totalmente colapsada, la noche avanzaba tan desesperantemente lenta que ahogaba hasta que casi imperceptiblemente una fina claridad comenzó a envolver el entorno. Luego vendrían las imágenes de mayor horror, el maremoto, los muertos, desaparecidos, los saqueos, la desesperación de la gente, el dolor, el drama de pueblos enteros, las negligencias y los actos de heroísmo, la historia, que se abría paso en medio de la destrucción, el eje de la tierra que, una vez más, había cambiado su dirección.
viernes, 18 de febrero de 2011
LEO MASLIAH, SIEMPRE UN AGRADO
Leer o escuchar a ese genial creador uruguayo es siempre rev
italizador. Su prosa devela el absurdo que acompaña cada uno de nuestros pasos urbanos, cada una de nuestras acciones, nuestras manías, nuestros modos, ese universo particular cargado de imágenes comunes que nos hace reconocernos como americanos en cualquier parte, qué importa que al metro le llame el subte o a un lápiz birome, sabemos que habla de la misma gran cosa que a todos nos pertenece, esa ansia profunda de mirar al mundo con ojos particularmente abiertos, como los de un niño que contempla extasiado el nacimiento de un nuevo día sobre su atalaya de piedra. Les dejo un texto que él recita muy bien y que se llama "A la fuerza no" y algunos videos para que los disfretemos. La web está muy bien documentada con textos, música y videos suyos por si nos interesa adentrarnos en su imaginario y hacer el sano ejercicio de encontrar similitudes.
A LA FUERZA NO
"Había una vez un país donde los obreros y los empleados ganaban sueldos muy bajos, los jóvenes no podían conseguir trabajo y debían emigrar, los alquileres estaban muy por encima de lo que la gente podía pagar, las jubilaciones no alcanzaban para nada y además había que mendigarlas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después perderlas a manos de los rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salían de cobrar.
Un día, ese país, cuyo gobierno había sido elegido democráticamente, cayó bajo la tutela de una dictadura que obligó a los obreros y a los empleados a ganar sueldos muy bajos, impidió que hubiera trabajo para los jóvenes, forzándolos a emigrar, impuso alquileres que estaban muy por encima de lo que la gente podía pagar, y jubilaciones que no alcanzaban para nada, y que además debían ser mendigadas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después ser arrebatadas de manos de sus poseedores por rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salían de cobrar.
Pero los habitantes de ese país opusieron una tenaz resistencia al gobierno de facto, acabando por derrotar a los dictadores, y dejándoles bien clarito que, si era una cuestión de vivir mal, había que hacerlo por propia voluntad, y no porque a un puñado de capitanejos se les antojara. Conquistada la restauración democrática, entonces, y sobre las ruinas dejadas por la dictadura, nuestros héroes se abocaron minuciosa y concienzudamente a la construcción de un país donde los obreros y los empleados ganaran sueldos muy bajos, los jóvenes no pudieran conseguir trabajo y debieran emigrar, los alquileres estuvieran muy por encima de lo que la gente pudiera pagar, las jubilaciones no alcanzaran para nada y además hubiera que mendigarlas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después perderlas a manos de los rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salieran de cobrar".
LA TRAGEDIA DE IR A VER EL TITANIC
POETA NEURASTENICO>
italizador. Su prosa devela el absurdo que acompaña cada uno de nuestros pasos urbanos, cada una de nuestras acciones, nuestras manías, nuestros modos, ese universo particular cargado de imágenes comunes que nos hace reconocernos como americanos en cualquier parte, qué importa que al metro le llame el subte o a un lápiz birome, sabemos que habla de la misma gran cosa que a todos nos pertenece, esa ansia profunda de mirar al mundo con ojos particularmente abiertos, como los de un niño que contempla extasiado el nacimiento de un nuevo día sobre su atalaya de piedra. Les dejo un texto que él recita muy bien y que se llama "A la fuerza no" y algunos videos para que los disfretemos. La web está muy bien documentada con textos, música y videos suyos por si nos interesa adentrarnos en su imaginario y hacer el sano ejercicio de encontrar similitudes.A LA FUERZA NO
"Había una vez un país donde los obreros y los empleados ganaban sueldos muy bajos, los jóvenes no podían conseguir trabajo y debían emigrar, los alquileres estaban muy por encima de lo que la gente podía pagar, las jubilaciones no alcanzaban para nada y además había que mendigarlas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después perderlas a manos de los rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salían de cobrar.
Un día, ese país, cuyo gobierno había sido elegido democráticamente, cayó bajo la tutela de una dictadura que obligó a los obreros y a los empleados a ganar sueldos muy bajos, impidió que hubiera trabajo para los jóvenes, forzándolos a emigrar, impuso alquileres que estaban muy por encima de lo que la gente podía pagar, y jubilaciones que no alcanzaban para nada, y que además debían ser mendigadas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después ser arrebatadas de manos de sus poseedores por rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salían de cobrar.
Pero los habitantes de ese país opusieron una tenaz resistencia al gobierno de facto, acabando por derrotar a los dictadores, y dejándoles bien clarito que, si era una cuestión de vivir mal, había que hacerlo por propia voluntad, y no porque a un puñado de capitanejos se les antojara. Conquistada la restauración democrática, entonces, y sobre las ruinas dejadas por la dictadura, nuestros héroes se abocaron minuciosa y concienzudamente a la construcción de un país donde los obreros y los empleados ganaran sueldos muy bajos, los jóvenes no pudieran conseguir trabajo y debieran emigrar, los alquileres estuvieran muy por encima de lo que la gente pudiera pagar, las jubilaciones no alcanzaran para nada y además hubiera que mendigarlas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después perderlas a manos de los rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salieran de cobrar".
LA TRAGEDIA DE IR A VER EL TITANIC
POETA NEURASTENICO>
miércoles, 12 de enero de 2011
VERSOS A LA SICOLOGÍA COGNITIVA
Huyo del fuego. Mi cerebro despierta, se abren vieja
s esclusas y la información galopa por mi sustancia gris como un caballo desbocado. Todo está claro, todo está clarísimo, soy capaz de ver las palabras en mi cerebro con anticipación al discurso de mis labios. He aprendido a desarrollar algunos aspectos de la Programación Neuro Lingüística, mi memoria visual funciona a la perfección, soy un memorión visual, todo navega en tanto imágenes de situaciones por el mar incandescente de mi memoria. Toda mi memoria no es más que una serie de imágenes que se siguen unas a otras como en un carnaval de cine. Imágenes tras imágenes formando conceptos y nociones que dan paso a la conformación de los grandes paradigmas contemporáneos. Las ideas en forma de imágenes anteceden a las palabras en estos días y yo aprendo como un salvaje necesitado de emoción y acción y nuevas ideas y novedosas posibilidades para el despertar cognitivo. Soy un salvaje cognitivo, me cuelgo del brazo de la construcción de pensamiento.
Reformulo mis esquemas mentales. Readecúo mi S
istema de Representaciones, los símbolos se hacen eco de mis palabras, las imágenes se cruzan y se conviertes en ideas que fluyen unas y otras en una marea que va a desembocar a un gran mar de cognición, y el mar está tranquilo, calmo, como la claridad lunar de esta noche y de la noche pasada. La luna es un esquema previo que mañana será superado por el esquema solar y luego por el esquema de la lluvia y ese esquema será determinante para la conformación de nuevas estructuras mentales y así todas las piezas se conjugarán en un
a orgía dialéctica y escatológica.
Yo navego, yo discrepo con los fantasmas del miedo y ya no tengo miedo, poderoso me alzo en cuerpo y mente, hiperclaro, hiperlúcido, mi dedo se alza presuroso y señala el día de mañana que me aguarda sereno para echar a andar. Todo está bien entonces, todo ha de seguir su curso indiscreto y yo colocaré una nueva estrella en el cielo de mi sencilla historia.
s esclusas y la información galopa por mi sustancia gris como un caballo desbocado. Todo está claro, todo está clarísimo, soy capaz de ver las palabras en mi cerebro con anticipación al discurso de mis labios. He aprendido a desarrollar algunos aspectos de la Programación Neuro Lingüística, mi memoria visual funciona a la perfección, soy un memorión visual, todo navega en tanto imágenes de situaciones por el mar incandescente de mi memoria. Toda mi memoria no es más que una serie de imágenes que se siguen unas a otras como en un carnaval de cine. Imágenes tras imágenes formando conceptos y nociones que dan paso a la conformación de los grandes paradigmas contemporáneos. Las ideas en forma de imágenes anteceden a las palabras en estos días y yo aprendo como un salvaje necesitado de emoción y acción y nuevas ideas y novedosas posibilidades para el despertar cognitivo. Soy un salvaje cognitivo, me cuelgo del brazo de la construcción de pensamiento.Reformulo mis esquemas mentales. Readecúo mi S
istema de Representaciones, los símbolos se hacen eco de mis palabras, las imágenes se cruzan y se conviertes en ideas que fluyen unas y otras en una marea que va a desembocar a un gran mar de cognición, y el mar está tranquilo, calmo, como la claridad lunar de esta noche y de la noche pasada. La luna es un esquema previo que mañana será superado por el esquema solar y luego por el esquema de la lluvia y ese esquema será determinante para la conformación de nuevas estructuras mentales y así todas las piezas se conjugarán en un
a orgía dialéctica y escatológica.Yo navego, yo discrepo con los fantasmas del miedo y ya no tengo miedo, poderoso me alzo en cuerpo y mente, hiperclaro, hiperlúcido, mi dedo se alza presuroso y señala el día de mañana que me aguarda sereno para echar a andar. Todo está bien entonces, todo ha de seguir su curso indiscreto y yo colocaré una nueva estrella en el cielo de mi sencilla historia.
martes, 28 de diciembre de 2010
CARTA ANTIGUA UN DÍA DESPUES DE LA LLUVIA
Yo aún dormía. Creo haber dormido durante mucho tiempo y
el tiempo tuvo que disolverse en el mar insondable de mi sueño. Ahora escucho a Bach, ese alemán irremediable dueño de violas y de antiguos órganos y clavicordios silvestres. Pero en aquel instante del tránsito entre el sueño y el mundo de este mundo o como lo hubiese dicho Carpentier entre el reino del otro mundo y el reino de este mundo una delicada filigrana, una melodía de cristales en extinción tras una violenta sacudida, un siseo delicado agitaba mis poros.
Tardé unos breves segundos en entender que aún la persistencia de la lluvia golpeaba la fría dureza de mi techo. Me di vuelta hacia el norte en la cama intentando abrir la ventana. Ahora mi cama da la espalda al este, cosa nada grata por cierto. No te lo he dicho antes, pero nuestra puerta de entrada al hogar debe apuntar siempre hacia el este, hacia donde el sol dispara sus dardos mañaneros, acabando en esa guerra gloriosa y secular de la cual hemos conversado, con cada uno de los brillos estelares, iluminando todo a su paso, venciendo a la oscuridad, iniciando una vez más el complejo ciclo de los días y de las noches en su eterno girar y girar. Corrí ligeramente la cortina, la lluvia formaba un riachuelo que se precipitaba callejuela abajo. Una lluvia tibia y deliciosa que terminó de despertarme. Sentí la voz de mi madre que preguntaba por los vivos tras el diluvio de la noche y de la mañana que nos despertaba en su humedad de mujer excitada y dispuesta a dar todo el amor al hombre indicado. Yo estaba vivo y grité mi nombre al polvo que habita en el viento. Estaba más vivo que nunca esta mañana. Hasta la incómoda molestia en mi garganta había desaparecido y sólo mi nariz acusaba el paso de esta particular gripe de comienzo de temporada. Mi madre preparaba un desayuno para mí tras comprobar que estaba aún respirando, que había sido capaz de sobrevivir un día más, una mañana más. Severa, me planteaba sus preocupaciones. Y yo la escuchaba risueño pero, en el fondo de mis cavilaciones, lo que escuchaba era ese maravilloso canto danzando mágica y alborotadamente sobre el techo de mi casa.
Acá ahora suena la Sonata Número 11 en MI BEMOL MAYOR de Pietro Locateli, no es broma, es así la cosa. En mi habitación despiertan al mundo todos los violines que te puedas imaginar, todo es alegría y mi cabeza sigue el ritmo primaveral y delicado de las cuerdas que vibran en un canto de amor y gozo tras la lluvia de toda esta mañana. Pietro Locateli. Pedro el Loco, El LOCO, “LE MAT”, el viajero incansable en esta tierra sin rumbo. El Argonauta, uno de los habitantes de esta nave movediza llamada Argos, o quizás planeta Tierra, o quizás vida, o quizás días intentando hilvanar un poco de cordura en medio del caos.
Ha sido un grato día. No he hecho prácticamente gran cosa. He dormido un poco más de lo acostumbrado, he visto televisión y he leído algunos viejos textos en los cuales te declaraba mi humano amor de hombre imperfecto. He visto los rayos del sol traspasar el denso follaje de las nubes. Luego he visto cubrirse el cielo una vez más. El planeta está vivo y respira cadenciosamente tras la lluvia. Su cadencia es tan perfecta que se asemeja al vaivén maravilloso de tu pecho luego de hacer el amor y mirarnos como el primer día. Nada ha cambiado desde entonces. Todo se ha profundizado entre nosotros, como si no fuésemos más que dos sombras del mismo árbol, cuyas raíces buscan en la profundidad de la tierra el sustento dulce del agua bienhechora.
Estar contigo la noche de ayer fue muy agradable. Hablamos durante un largo rato encaramados sobre la Kia aquella. El viento golpeaba el vidrio con vigor. Desde aquella circunstancial atalaya podía ver las finas copas de los árboles de ese pequeño bosque que siempre me mencionas. Tú andabas anoche un poco delicada y yo andaba bastante mal también. Mi garganta estaba imposible y mi nariz se había obstruido por completo. Me hacías recordar los días de mi infancia, mi niñez, los días duros aquellos y toda mi humana, honesta y precoz indignación por las cosas vividas. Me preguntaste si alguna vez había llorado al acostarme o si me había dormido llorando. Muchas veces, te respondí. Sentí el estremecimiento de tu corazón y la pena que aquello te
provocaba. Yo también me sentía un poco sensible. La ventisca iba y venía, iba y venía como una niña traviesa. Todos los árboles agitaban sus pliegues en medio del viento enérgico de la noche que cada vez se cerraba más y más sobre nuestro suelo bendito.
De verdad viví momentos duros y muchas privaciones. Mi única forma de resistencia fue la lectura y una pasión por la vida que fui construyendo de una forma muy precaria en medio del barro de los inviernos. Los libros se transformaron en mi tabla de salvación, en mi paisaje lunar. Fueron mi esperanza, mi mundo pasajero, mis planetas, mis galaxias, mi amor más sentido y fiel. De los libros cobraban vida todas mis musas intocables. Todo mi lenguaje, todo mi despliegue escénico, todas mis palabras provienen de los libros. No me di cuenta entonces, pero empecé a construir un lenguaje, un imaginario, un presente cultural basad
o en los formatos clásicos de las novelas latinoamericanas, con un despliegue poderoso de palabras y una imaginación trabajando de manera ardorosa como si se tratara de una gran fábrica, de una usina inagotable de ideas que armaban y desarmaban el lenguaje aquel que me acercó un poco más al mundo. Los libros fueron los constructores de mis sueños y de mi realidad. Me señalaron el camino que seguía nuestra especie en medio del caos galáctico. Me dieron luz en medio de la oscuridad de un barrio marginal. Leía y leía. Noche y día. Verano e invierno. Bajo la frondosa sombra de un árbol un día luminoso de noviembre por la tarde, o protegido por el nervioso párpado de una vela los días en que se cortaba la luz en mi viejo barrio. A veces, casi siempre los fines de semana, sentía las balaceras no muy lejos de mi habitación, los gritos, las peleas entre las pandillas, los golpes y la violencia gratuita que se sumaba a una violencia mucho más profunda que sufríamos todos por igual en los días tristes de la dictadura en nuestros barrios.
Los perros ladraban al polvo del viento. Yo leía intentando mantener la concentración y el hilo conductor de mis relatos. Luego, al otro día, el mundo me sorprendía con su belleza pese a todo y caminaba como un poseso, intentando ubicarme en el contexto de lo cotidiano. No sabía dónde diablos se encontraba mi sitio. Caminaba como un hombre eléctrico buscando el punto de origen de las señales de radio que bullían en mi corazón. En el aire danzaba un lenguaje mágico que sólo yo observaba. Todas las cosas tenían un sentido pero había que determinar el punto de origen de ese sentido. Me sentía como un inmenso radiotelescopio escrutando la vastedad infinita del espacio, buscando alguna señal de vida, un pequeño foco de subversión en medio de un orden inalterable, una tenue llamarada de esperanza en medio de la oscuridad glaciar de una rutina que cada día me asfixiaba más y más. Sabía, entonces, que había un sentido profundo, que todas las cosas y todas las acciones y todas las vidas tenían un sentido. Bastaba sólo dar un pequeño paso intelectual para encontrar mi propio sentido, mi propia fuente de luz, mi propia señal intergaláctica, el punto de origen de todas las respuestas a mis interminables y humanas dudas de poblador existencial del planeta.
No lo supe entonces y tal vez ahora todavía no lo tengo tan claro, pero habría de caminar mucho y caer muchas veces en medio del fango de los días, y habría de hundirme muchas veces en mis propios devaneos de borracho insoportable para obtener tan sólo una mínima fibra de luz, una minúscula porción de paz en medio de la guerra florida de los años, o como diría Henry Miller con su lenguaje particular, habría de atravesar ríos y ríos de mierda para encontrar un germen de realidad, un puto y bendito germen de realidad. Yo viví y caminé en medio de esa mierda, y dormí en ella, hastiado y consumido por la angustia de tanto tiempo presente.
Todos hemos ido de vez en cuando al sacrificio, los años nos han jugado en contra muchas veces, pero la luz fue siempre aprender de cada día cosas útiles, cosas útiles a nuestro complejo sistema de ideas, cosas gratas a nuestro pusilánime corazón, cosas que nos hacen estremecer por completo, como un animal herido de pronto por una bala loca cuya procedencia es desconocida.
Creo que hay un punto insensible que simplemente nuestra especie tiene imposibilitado atravesar. Creo que todas las cosas están escritas en
nuestros sueños pero tendemos irremediablemente al olvido y deformamos el lenguaje y multiplicamos los errores y no cerramos los ojos para ver a través del pulso cardiaco de nuestro corazón. Creo que mi corazón actúa como el gran catalizador de todos mis sueños. Creo que mi corazón emite una pulsación desconocida, como un radar de sensaciones, como el sonido que lanzan los delfines a la infinita consistencia del mar y que señala todas las posibilidades de movimientos posibles. Creo que estoy haciendo lo correcto al amarte como te amo y al dejar que tú me ames con esa misma intensidad. Creo y sé que comienzo a recorrer un camino infinito también, un sendero que estaba escrito más allá de la poesía y del tiempo, un viejo camino en el que sólo caben dos personas abrazadas, dos seres limpios, claros, honestos y con un amor a prueba de fuego y dispuestos a cualquier desafío de los días, creo y sé que tú y yo somos esas dos personas privilegiadas y creo y sé que ese camino maravilloso es la vida que nos aguarda, es un cuaderno en blanco que juntos vamos llenando con nuestra historia, es nuestro humano e imperfecto amor que se abre paso en medio del caos.
el tiempo tuvo que disolverse en el mar insondable de mi sueño. Ahora escucho a Bach, ese alemán irremediable dueño de violas y de antiguos órganos y clavicordios silvestres. Pero en aquel instante del tránsito entre el sueño y el mundo de este mundo o como lo hubiese dicho Carpentier entre el reino del otro mundo y el reino de este mundo una delicada filigrana, una melodía de cristales en extinción tras una violenta sacudida, un siseo delicado agitaba mis poros.Tardé unos breves segundos en entender que aún la persistencia de la lluvia golpeaba la fría dureza de mi techo. Me di vuelta hacia el norte en la cama intentando abrir la ventana. Ahora mi cama da la espalda al este, cosa nada grata por cierto. No te lo he dicho antes, pero nuestra puerta de entrada al hogar debe apuntar siempre hacia el este, hacia donde el sol dispara sus dardos mañaneros, acabando en esa guerra gloriosa y secular de la cual hemos conversado, con cada uno de los brillos estelares, iluminando todo a su paso, venciendo a la oscuridad, iniciando una vez más el complejo ciclo de los días y de las noches en su eterno girar y girar. Corrí ligeramente la cortina, la lluvia formaba un riachuelo que se precipitaba callejuela abajo. Una lluvia tibia y deliciosa que terminó de despertarme. Sentí la voz de mi madre que preguntaba por los vivos tras el diluvio de la noche y de la mañana que nos despertaba en su humedad de mujer excitada y dispuesta a dar todo el amor al hombre indicado. Yo estaba vivo y grité mi nombre al polvo que habita en el viento. Estaba más vivo que nunca esta mañana. Hasta la incómoda molestia en mi garganta había desaparecido y sólo mi nariz acusaba el paso de esta particular gripe de comienzo de temporada. Mi madre preparaba un desayuno para mí tras comprobar que estaba aún respirando, que había sido capaz de sobrevivir un día más, una mañana más. Severa, me planteaba sus preocupaciones. Y yo la escuchaba risueño pero, en el fondo de mis cavilaciones, lo que escuchaba era ese maravilloso canto danzando mágica y alborotadamente sobre el techo de mi casa.
Acá ahora suena la Sonata Número 11 en MI BEMOL MAYOR de Pietro Locateli, no es broma, es así la cosa. En mi habitación despiertan al mundo todos los violines que te puedas imaginar, todo es alegría y mi cabeza sigue el ritmo primaveral y delicado de las cuerdas que vibran en un canto de amor y gozo tras la lluvia de toda esta mañana. Pietro Locateli. Pedro el Loco, El LOCO, “LE MAT”, el viajero incansable en esta tierra sin rumbo. El Argonauta, uno de los habitantes de esta nave movediza llamada Argos, o quizás planeta Tierra, o quizás vida, o quizás días intentando hilvanar un poco de cordura en medio del caos.
Ha sido un grato día. No he hecho prácticamente gran cosa. He dormido un poco más de lo acostumbrado, he visto televisión y he leído algunos viejos textos en los cuales te declaraba mi humano amor de hombre imperfecto. He visto los rayos del sol traspasar el denso follaje de las nubes. Luego he visto cubrirse el cielo una vez más. El planeta está vivo y respira cadenciosamente tras la lluvia. Su cadencia es tan perfecta que se asemeja al vaivén maravilloso de tu pecho luego de hacer el amor y mirarnos como el primer día. Nada ha cambiado desde entonces. Todo se ha profundizado entre nosotros, como si no fuésemos más que dos sombras del mismo árbol, cuyas raíces buscan en la profundidad de la tierra el sustento dulce del agua bienhechora.
Estar contigo la noche de ayer fue muy agradable. Hablamos durante un largo rato encaramados sobre la Kia aquella. El viento golpeaba el vidrio con vigor. Desde aquella circunstancial atalaya podía ver las finas copas de los árboles de ese pequeño bosque que siempre me mencionas. Tú andabas anoche un poco delicada y yo andaba bastante mal también. Mi garganta estaba imposible y mi nariz se había obstruido por completo. Me hacías recordar los días de mi infancia, mi niñez, los días duros aquellos y toda mi humana, honesta y precoz indignación por las cosas vividas. Me preguntaste si alguna vez había llorado al acostarme o si me había dormido llorando. Muchas veces, te respondí. Sentí el estremecimiento de tu corazón y la pena que aquello te
provocaba. Yo también me sentía un poco sensible. La ventisca iba y venía, iba y venía como una niña traviesa. Todos los árboles agitaban sus pliegues en medio del viento enérgico de la noche que cada vez se cerraba más y más sobre nuestro suelo bendito.De verdad viví momentos duros y muchas privaciones. Mi única forma de resistencia fue la lectura y una pasión por la vida que fui construyendo de una forma muy precaria en medio del barro de los inviernos. Los libros se transformaron en mi tabla de salvación, en mi paisaje lunar. Fueron mi esperanza, mi mundo pasajero, mis planetas, mis galaxias, mi amor más sentido y fiel. De los libros cobraban vida todas mis musas intocables. Todo mi lenguaje, todo mi despliegue escénico, todas mis palabras provienen de los libros. No me di cuenta entonces, pero empecé a construir un lenguaje, un imaginario, un presente cultural basad
o en los formatos clásicos de las novelas latinoamericanas, con un despliegue poderoso de palabras y una imaginación trabajando de manera ardorosa como si se tratara de una gran fábrica, de una usina inagotable de ideas que armaban y desarmaban el lenguaje aquel que me acercó un poco más al mundo. Los libros fueron los constructores de mis sueños y de mi realidad. Me señalaron el camino que seguía nuestra especie en medio del caos galáctico. Me dieron luz en medio de la oscuridad de un barrio marginal. Leía y leía. Noche y día. Verano e invierno. Bajo la frondosa sombra de un árbol un día luminoso de noviembre por la tarde, o protegido por el nervioso párpado de una vela los días en que se cortaba la luz en mi viejo barrio. A veces, casi siempre los fines de semana, sentía las balaceras no muy lejos de mi habitación, los gritos, las peleas entre las pandillas, los golpes y la violencia gratuita que se sumaba a una violencia mucho más profunda que sufríamos todos por igual en los días tristes de la dictadura en nuestros barrios.Los perros ladraban al polvo del viento. Yo leía intentando mantener la concentración y el hilo conductor de mis relatos. Luego, al otro día, el mundo me sorprendía con su belleza pese a todo y caminaba como un poseso, intentando ubicarme en el contexto de lo cotidiano. No sabía dónde diablos se encontraba mi sitio. Caminaba como un hombre eléctrico buscando el punto de origen de las señales de radio que bullían en mi corazón. En el aire danzaba un lenguaje mágico que sólo yo observaba. Todas las cosas tenían un sentido pero había que determinar el punto de origen de ese sentido. Me sentía como un inmenso radiotelescopio escrutando la vastedad infinita del espacio, buscando alguna señal de vida, un pequeño foco de subversión en medio de un orden inalterable, una tenue llamarada de esperanza en medio de la oscuridad glaciar de una rutina que cada día me asfixiaba más y más. Sabía, entonces, que había un sentido profundo, que todas las cosas y todas las acciones y todas las vidas tenían un sentido. Bastaba sólo dar un pequeño paso intelectual para encontrar mi propio sentido, mi propia fuente de luz, mi propia señal intergaláctica, el punto de origen de todas las respuestas a mis interminables y humanas dudas de poblador existencial del planeta.
No lo supe entonces y tal vez ahora todavía no lo tengo tan claro, pero habría de caminar mucho y caer muchas veces en medio del fango de los días, y habría de hundirme muchas veces en mis propios devaneos de borracho insoportable para obtener tan sólo una mínima fibra de luz, una minúscula porción de paz en medio de la guerra florida de los años, o como diría Henry Miller con su lenguaje particular, habría de atravesar ríos y ríos de mierda para encontrar un germen de realidad, un puto y bendito germen de realidad. Yo viví y caminé en medio de esa mierda, y dormí en ella, hastiado y consumido por la angustia de tanto tiempo presente.
Todos hemos ido de vez en cuando al sacrificio, los años nos han jugado en contra muchas veces, pero la luz fue siempre aprender de cada día cosas útiles, cosas útiles a nuestro complejo sistema de ideas, cosas gratas a nuestro pusilánime corazón, cosas que nos hacen estremecer por completo, como un animal herido de pronto por una bala loca cuya procedencia es desconocida.
Creo que hay un punto insensible que simplemente nuestra especie tiene imposibilitado atravesar. Creo que todas las cosas están escritas en
nuestros sueños pero tendemos irremediablemente al olvido y deformamos el lenguaje y multiplicamos los errores y no cerramos los ojos para ver a través del pulso cardiaco de nuestro corazón. Creo que mi corazón actúa como el gran catalizador de todos mis sueños. Creo que mi corazón emite una pulsación desconocida, como un radar de sensaciones, como el sonido que lanzan los delfines a la infinita consistencia del mar y que señala todas las posibilidades de movimientos posibles. Creo que estoy haciendo lo correcto al amarte como te amo y al dejar que tú me ames con esa misma intensidad. Creo y sé que comienzo a recorrer un camino infinito también, un sendero que estaba escrito más allá de la poesía y del tiempo, un viejo camino en el que sólo caben dos personas abrazadas, dos seres limpios, claros, honestos y con un amor a prueba de fuego y dispuestos a cualquier desafío de los días, creo y sé que tú y yo somos esas dos personas privilegiadas y creo y sé que ese camino maravilloso es la vida que nos aguarda, es un cuaderno en blanco que juntos vamos llenando con nuestra historia, es nuestro humano e imperfecto amor que se abre paso en medio del caos.domingo, 12 de diciembre de 2010
ALAN ÑANCO VIENE VOLANDO
Alan Ñanco viene volando desde muy lejos, desde una tierra antigua que no figura en los mapas y cuyas calles conducen hacia ninguna parte. Su voz se apaga en medio del vuelo. La dureza de sus ojos claros pierde toda consistencia. Ahora sólo es espuma, polvo en suspensión, humo gris, silencio incómodo tras el desgarrador grito ahogado por el fuego.
Eres un hijo de la tierra; eres un Águila sagrada, intocable y poderosa que todo lo observa con sus ojos perfectos; eres un hermano y tu tatarabuelo y mi tatarabuelo cabalgaron juntos en medio de la guerra antigua cuando los hombres morían en nombre de una libertad que no sabían explicar pero que entendían perfectamente. Ahora has olvidado hasta el susurro del viento en tu ventana de duros barrotes y asfalto térmico. Ahora ya no tienes que decir, te has quedado sin palabras, tus ojos inexpresivos han perdido la dureza de su rabia antigua. Ahora, en este estado de placidez antes del eterno retorno te entregas a la espera y te preparas para un nuevo salto hacia el tiempo de nuestro tiempo, aguardando una nueva oportunidad para aprender aquello que no pudiste aprender antes del fuego. Ahora eres sólo recuerdo y tu madre debe llorarte como una madre y tu padre ni debe saber que ya no estás y el espíritu de tus antepasados debe estar guiándote en ese largo viaje hacia la tierra del Huenumapu.
Eres un árbol, una hoja caída en desgracia, una raíz disléxica del tiempo, un trozo de tierra ancestral en medio del fragor urbano de una ciudad que no ama a sus hijos; eres el ruido de los sables en medio de la noche en un pasaje sin nombre de un lugar perdido de la periferia, allá donde se vive de prisa. Eres y eras.
Eras un árbol sin raíces y te secabas lentamente, sin saberlo. Eras un hombre alado, un águila con el poder de la clarividencia y todo cuanto soñabas se convertía en realidad, aún si no lograbas recordar nada al despertar. Eras un hombre de fuego y todo te conducía hacia él, irremediablemente. Eras un hijo de la tierra aunque eso poco significó para ti, pese a mis insistencias. Eras una posibilidad, un elegido, una partícula de carbono con un fiero corazón, una aventura por comenzar, una búsqueda, un aprendizaje, un camino que recorrer, una vida que merecía la pena ser vivida, quizás en otras condiciones, quizás con más dignidad. Eras... tan sólo eras otro muchacho más y ahora sólo eres el espacio vacío que deja la ausencia, la ceniza de tus pasos que el viento sur dispersa por la tierra nuestra.
(Breve homenaje a Alan Ñanco, uno de los 81 muertos en la cárcel de San Miguel, con quien compartí clases y conversaciones en CIP – CRC San Bernardo hace algún tiempo)
Eres un hijo de la tierra; eres un Águila sagrada, intocable y poderosa que todo lo observa con sus ojos perfectos; eres un hermano y tu tatarabuelo y mi tatarabuelo cabalgaron juntos en medio de la guerra antigua cuando los hombres morían en nombre de una libertad que no sabían explicar pero que entendían perfectamente. Ahora has olvidado hasta el susurro del viento en tu ventana de duros barrotes y asfalto térmico. Ahora ya no tienes que decir, te has quedado sin palabras, tus ojos inexpresivos han perdido la dureza de su rabia antigua. Ahora, en este estado de placidez antes del eterno retorno te entregas a la espera y te preparas para un nuevo salto hacia el tiempo de nuestro tiempo, aguardando una nueva oportunidad para aprender aquello que no pudiste aprender antes del fuego. Ahora eres sólo recuerdo y tu madre debe llorarte como una madre y tu padre ni debe saber que ya no estás y el espíritu de tus antepasados debe estar guiándote en ese largo viaje hacia la tierra del Huenumapu.
Eres un árbol, una hoja caída en desgracia, una raíz disléxica del tiempo, un trozo de tierra ancestral en medio del fragor urbano de una ciudad que no ama a sus hijos; eres el ruido de los sables en medio de la noche en un pasaje sin nombre de un lugar perdido de la periferia, allá donde se vive de prisa. Eres y eras.
Eras un árbol sin raíces y te secabas lentamente, sin saberlo. Eras un hombre alado, un águila con el poder de la clarividencia y todo cuanto soñabas se convertía en realidad, aún si no lograbas recordar nada al despertar. Eras un hombre de fuego y todo te conducía hacia él, irremediablemente. Eras un hijo de la tierra aunque eso poco significó para ti, pese a mis insistencias. Eras una posibilidad, un elegido, una partícula de carbono con un fiero corazón, una aventura por comenzar, una búsqueda, un aprendizaje, un camino que recorrer, una vida que merecía la pena ser vivida, quizás en otras condiciones, quizás con más dignidad. Eras... tan sólo eras otro muchacho más y ahora sólo eres el espacio vacío que deja la ausencia, la ceniza de tus pasos que el viento sur dispersa por la tierra nuestra.
(Breve homenaje a Alan Ñanco, uno de los 81 muertos en la cárcel de San Miguel, con quien compartí clases y conversaciones en CIP – CRC San Bernardo hace algún tiempo)
jueves, 25 de noviembre de 2010
COSAS DEL FÚTBOL PARTE 3 DE 3
La verdad es que en el escalafón de los fanáticos del fútbol, en esta época soy tan sólo un tipo de tercer orden, un semi convencido sin mucho brillo, una voz que se pierde en medio del bullicio. La verdad es que no soy un fanático auténtico, nunca lo he sido. He mirado el fútbol desde el otro lado de la calle, desde la otra vereda, desde la otra esquina, sin la pasión que expresan otros y que los lleva a llenarse de abalorios y de objetos sagrados. La emotiva fiesta chovinista no había logrado alterar mi visión respecto del pan y del circo romano, el opio del pueblo, la fiesta barata del olvido, la enagenación perfecta para que los hombres y mujeres cotidianos olviden buscar a los responsables de sus problemas cotidianos.
El futbol era sólo Colo-Colo, pero Colo-Colo se convirtió en Sociedad Anónima y los socios honorarios dejaban mucho que desear. Uno de aquellos días de hace como 10 años atrás tuve la oportunidad de trabajar en la población “El Castillo”, para una fundación que se enriquecía a costa de jóvenes derivados de los viejos COD (Centros de Orientación y Diagnóstico) y tiempo Joven en aquella época lo era, las vueltas de la vida… Estuve un año entero en El Castillo, en la esquina de Batallón Chacabuco con Juanita, en pleno corazón del barrio popular, un barrio bravo, donde veías pasar a los muchachos con las escopetas hechizas a plena luz de día y en donde había líneas demarcadoras claramente establecidas que convertían el barrio en pequeños feudos. Desde calle Ombú hacia el sur era territorio azul, en aquella época eran los PINREB (Pintana Rebelde); de Ombú hacia el norte era territorio albo, ahí estaban los Peñis, los peñitos y otros especímenes más. Albos y azules enemigos implacables. Tuve la desdicha de ver un par de palizas hacia uno y otro lado, con fierros, puntas de fierros a modos de pequeñas lanzas, las mentadas hechizas, platinas, cadenas, cuchillos carniceros, revólveres 22 corto, palos con clavos de 4 en las puntas, una delicia a ojos de un amante de los deportes extremos. Para mí era un dolor de pueblo que no me podía explicar. Hijos de la misma clase matándose entre ellos mismos por el color de una camiseta, hermanos de miseria, de pobreza, de hacinamiento, convertidos en enemigos irremediables en un escenario ficticio e inentendible, en un barrio perdido de toda civilización.
Al igual que la Primera Guerra Mundial acabó de un cañonazo con el sentido de internacionalismo proletario, (es decir, la vieja cantinela de que los obreros no tenemos patria pues donde quiera que estemos, donde quiera que vivamos, somos igual de explotados y que, por lo tanto, la única opción de romper con nuestras cadenas era la unión, por sobre las fronteras impuestas arbitrariamente por el Capital) y la clase trabajadora de Europa se enfrascó en una guerra fratricida sirviendo los intereses de los poderosos en medio de un mar de arengas chovinistas, del mismo modo, estos hijos del rigor más extremo se valían del color de la camiseta de un equipo de fútbol para encontrarle sentido a sus vidas y, de paso, enfocar malamente su rabia en otros desdichados. Era mucho para mí, sobre todo al confirmar que mis precarios discursos y prácticas no hacían mella en convicciones mucho más profundas. “madres” y “zorras” eran enemigos desde tiempos inmemoriales y punto. No había más que discutir en ese aspecto que se instalaba en la memoria colectiva de los más pequeños como un saber fundamental y fundacional.
La anécdota de todo esto, si se puede considerar una anécdota, es que yo trabajaba en la zona que correspondía al lado norte de ese verdadero muro de Berlin popular, es decir en plena zona alba y me movía por todo el sector, visitando las casas de algunos muchachos, haciendo turismo en las clásicas ferias de cachureos, conociendo el barrio, pero tomaba micro en la zona azul, en calle Ombú con Juanita. En esa esquina había un mural, desgastado por el paso de las lluvias y las incursiones de kamikazes albos, con el rostro gigante del Che Guevara y una de sus frases clásicas: ”Dónde quiera que me sorprenda la muerte, bienvenida sea”. En invierno, yo salía del barrio de noche, ya no había luz solar y muchos de los focos habían sido apagados a piedrazos, era un barrio peligroso, violento en extremo, trabajaba con muchachos que eran de la barra de Colo – Colo, tomaba micro en la parada ubicada en el sector de influencia de la barra de Universidad de Chile, entre ellos había un odio a muerte y literalmente algunos ya habían muerto, el Che que me miraba con sus ojos cargados de historia, la noche que se tornaba demasiado fría y asfixiante, donde quiera que me sorprenda la muerte…, un grupo de muchachos de la barra azul que fumaban marihuana prensada en la otra esquina, la micro que no terminaba nunca de pasar en medio de mis frías cavilaciones, balazos en la distancia, la oscuridad que se cernía sobre todas las cosas tornando difusas las imágenes, mis ojos que se abrían desmesurados, realizando el estudio operativo del lugar, buscando posibles vías de escape, trazando mapas de huída en la memoria por si acaso, elaborando el discurso en caso de confrontación, recordando las casas a las que podía saltar sin problema si había problema, buscando algo con que defenderme en caso de que la muerte quisiera sorprenderme, le daría batalla a la desgraciada si no tenía más remedio, mirando a los que pasaban sin temor, a los ojos y con cierta altivez, como si el barrio fuese tuyo y tú fueses habitante antiguo del paisaje, una enredadera más en el jardín manteniendo el estado de extrema alerta hasta el final, hasta el momento en que la micro de color amarillo, que por fin había pasado, se alejaba definitivamente del barrio y emprendía rumbo hacia el este, muy cerca de donde el sol saldría al otro día colmándome de renovados bríos y energías y experiencias. La última imagen del barrio era otro desgastado mural con una leyenda blanca: “albo, mi única razón de vivir” en la pared de un block descascarado, sucio, irremediablemente pequeño para tanta vida que bullía en su interior.
El futbol era sólo Colo-Colo, pero Colo-Colo se convirtió en Sociedad Anónima y los socios honorarios dejaban mucho que desear. Uno de aquellos días de hace como 10 años atrás tuve la oportunidad de trabajar en la población “El Castillo”, para una fundación que se enriquecía a costa de jóvenes derivados de los viejos COD (Centros de Orientación y Diagnóstico) y tiempo Joven en aquella época lo era, las vueltas de la vida… Estuve un año entero en El Castillo, en la esquina de Batallón Chacabuco con Juanita, en pleno corazón del barrio popular, un barrio bravo, donde veías pasar a los muchachos con las escopetas hechizas a plena luz de día y en donde había líneas demarcadoras claramente establecidas que convertían el barrio en pequeños feudos. Desde calle Ombú hacia el sur era territorio azul, en aquella época eran los PINREB (Pintana Rebelde); de Ombú hacia el norte era territorio albo, ahí estaban los Peñis, los peñitos y otros especímenes más. Albos y azules enemigos implacables. Tuve la desdicha de ver un par de palizas hacia uno y otro lado, con fierros, puntas de fierros a modos de pequeñas lanzas, las mentadas hechizas, platinas, cadenas, cuchillos carniceros, revólveres 22 corto, palos con clavos de 4 en las puntas, una delicia a ojos de un amante de los deportes extremos. Para mí era un dolor de pueblo que no me podía explicar. Hijos de la misma clase matándose entre ellos mismos por el color de una camiseta, hermanos de miseria, de pobreza, de hacinamiento, convertidos en enemigos irremediables en un escenario ficticio e inentendible, en un barrio perdido de toda civilización.
Al igual que la Primera Guerra Mundial acabó de un cañonazo con el sentido de internacionalismo proletario, (es decir, la vieja cantinela de que los obreros no tenemos patria pues donde quiera que estemos, donde quiera que vivamos, somos igual de explotados y que, por lo tanto, la única opción de romper con nuestras cadenas era la unión, por sobre las fronteras impuestas arbitrariamente por el Capital) y la clase trabajadora de Europa se enfrascó en una guerra fratricida sirviendo los intereses de los poderosos en medio de un mar de arengas chovinistas, del mismo modo, estos hijos del rigor más extremo se valían del color de la camiseta de un equipo de fútbol para encontrarle sentido a sus vidas y, de paso, enfocar malamente su rabia en otros desdichados. Era mucho para mí, sobre todo al confirmar que mis precarios discursos y prácticas no hacían mella en convicciones mucho más profundas. “madres” y “zorras” eran enemigos desde tiempos inmemoriales y punto. No había más que discutir en ese aspecto que se instalaba en la memoria colectiva de los más pequeños como un saber fundamental y fundacional.
La anécdota de todo esto, si se puede considerar una anécdota, es que yo trabajaba en la zona que correspondía al lado norte de ese verdadero muro de Berlin popular, es decir en plena zona alba y me movía por todo el sector, visitando las casas de algunos muchachos, haciendo turismo en las clásicas ferias de cachureos, conociendo el barrio, pero tomaba micro en la zona azul, en calle Ombú con Juanita. En esa esquina había un mural, desgastado por el paso de las lluvias y las incursiones de kamikazes albos, con el rostro gigante del Che Guevara y una de sus frases clásicas: ”Dónde quiera que me sorprenda la muerte, bienvenida sea”. En invierno, yo salía del barrio de noche, ya no había luz solar y muchos de los focos habían sido apagados a piedrazos, era un barrio peligroso, violento en extremo, trabajaba con muchachos que eran de la barra de Colo – Colo, tomaba micro en la parada ubicada en el sector de influencia de la barra de Universidad de Chile, entre ellos había un odio a muerte y literalmente algunos ya habían muerto, el Che que me miraba con sus ojos cargados de historia, la noche que se tornaba demasiado fría y asfixiante, donde quiera que me sorprenda la muerte…, un grupo de muchachos de la barra azul que fumaban marihuana prensada en la otra esquina, la micro que no terminaba nunca de pasar en medio de mis frías cavilaciones, balazos en la distancia, la oscuridad que se cernía sobre todas las cosas tornando difusas las imágenes, mis ojos que se abrían desmesurados, realizando el estudio operativo del lugar, buscando posibles vías de escape, trazando mapas de huída en la memoria por si acaso, elaborando el discurso en caso de confrontación, recordando las casas a las que podía saltar sin problema si había problema, buscando algo con que defenderme en caso de que la muerte quisiera sorprenderme, le daría batalla a la desgraciada si no tenía más remedio, mirando a los que pasaban sin temor, a los ojos y con cierta altivez, como si el barrio fuese tuyo y tú fueses habitante antiguo del paisaje, una enredadera más en el jardín manteniendo el estado de extrema alerta hasta el final, hasta el momento en que la micro de color amarillo, que por fin había pasado, se alejaba definitivamente del barrio y emprendía rumbo hacia el este, muy cerca de donde el sol saldría al otro día colmándome de renovados bríos y energías y experiencias. La última imagen del barrio era otro desgastado mural con una leyenda blanca: “albo, mi única razón de vivir” en la pared de un block descascarado, sucio, irremediablemente pequeño para tanta vida que bullía en su interior.
martes, 16 de noviembre de 2010
COSAS DEL FUTBOL PARTE 2 DE 3
"...Y en cosa de caprichos no hay nada escrito como suele
n decir por ahí los entendidos. La cosa es que el tiempo no se detenía ante nada y menos frente a mi aventurera búsqueda de tesoros y así la hora definitiva del comienzo del partido se acercaba irremediablemente y con ella la sombra que se proyectaba desde la marquesina, pues el privilegio y la división de clases con las desigualdades que esta arrastra consigo también se podían extrapolar a la repartición del público en los estadios. El “perraje”, es decir nosotros y todos los que nos rodeaban, debíamos aguantar estoicamente horas y horas de cara al sol abrazador del verano aquel de mis recuerdos, la burguesía, en cambio, disfrutaba desde temprano de la confortable sombra proyectada por la marquesina, división social y desigualdad hasta en los estadios. Ellos pagaban por la comodidad podrán decir algunos, el privilegio no era gratuito y el dinero salía de su esfuerzo cotidiano. Del esfuerzo cotidiano por explotar a los demás diré yo con fuerza y convicción.
Yo veía, con el despertar de mis primeras inquietudes de niño explorador, a mi viejo y a otros tantos y tantos anónimos viejos doblarse la espalda, todos los días y a veces incluidos los domingos, de sol a sol, desde muy temprano en la madrugada cuando aún todo el mundo conocido navega en medio del sueño y la tiniebla de un cercano amanecer hasta la tarde cuando el sol cansado ya de tanto baile y fiesta se oculta tan sólo para dejar paso a las parejas furtivas de e
namorados en las plazas oscuras de barrios perdidos en medio de la gris ciudad, en trabajos humillantes y agotadores por un salario de hambre. Así veía a mi viejo y eso cuando lo veía pues la mayor parte de las veces los trabajos se encontraban lejos muy lejos de Santiago y mi padre no era nada más que un padre ausente, como tantos otros anónimos padres ausentes. Mi viejo también se sacaba la mierda trabajando pero el dinero nos alcanzaba tan sólo para la sencilla y nunca bien ponderada galería y entonces allí estábamos, semi rostizados de calor, protegiéndonos como podíamos de los insensibles rayos mientras los segundos se acumulaban y se derramaban en minutos que lenta e inexorablemente iban llenando un gran e invisible reloj de arena de una hora el cual a su vez nos acercaba en forma imperecedera al comienzo del partido y yo en medio de
la semi penumbra en las entrañas del estadio llenándolos bolsillos de tapitas, extasiado hasta la médula, ajeno en esos segundos al devenir de la gente que colmaba todos los pasillos y no siendo partícipe de la gente que seguía y seguí llegando en un caudal inagotable. Tan sólo cuando se me hizo de verdad dificultoso el caminar en medio de tanto y tanto público que buscaba salir a las galerías para ubicarse definitivamente, constaté el virtual peligro de extravío en el que me encontraba y cosa graciosa, había olvidado completamente cual era la escalera por la que había descendido hasta los baños y frente a mis ojos ya las personas colmaban las escaleras de acceso a las dos entradas que tenía para elegir.
Yo, en medio de los nervios y la desesperación traté de razonar como siempre lo hacía cuando estaba solo, es decir, en forma notable y perfecta, si tenía tan sólo dos posibles salidas tenía entonces tan sólo
dos posibles opciones de salida y el problema de cuál era la salida correcta se remitía a una simple ecuación de despeje entre dos incógnitas. Hasta el momento hasta yo mismo me impresione de lo perfecto de mis razonamientos, el problema entonces, el gran problema entonces con respecto a cual era la salida correcta se reducía considerablemente a dos opciones y si una no era, por una verdad tautológica y a prueba de todo juicio antagónico debía ser entonces la otra, de verdad y sencillamente fabuloso, absolutamente fuera de toda posibilidad, de todo margen de error posible.
La alegría me duró bien poco a decir verdad, no recordaba ningún detalle, a decir verdad no había hecho el menor esfuerzo por grabar algún detalle que no fuera el que nuestra ubicación se condecía con el hecho de tener siempre al frente de nosotros al
banderín del córner y con sólo ese detalle me dirigí hacia una de las escaleras y salí en busca de mi destino, de mi frugal destino.
Guiado tan sólo por mi fiero instinto y cargados mis bolsillos de tapitas llegué hasta donde se encontraba mi viejo y este me miró con su cándido aire de padre regalón - Donde te había metido cholo crestón – fue lo que me dijo mientras me dejaba caer un suave coscorrón en la cabeza. Luego me senté y continué con mis cavilaciones en torno a donde habría de esconder el importante tesoro con el cual me iría del estadio en ese maravilloso día de ordenamiento y fútbol.
Mi viejo no miró ni se percató en ese instante de mis bolsillos y el partido estaba muy cercano en su comienzo y las barras de cada equipo una vez más habían despertado de su ligera modorra y a medida en que la hora fijada se acercaba crecían los ánimos como si de una gran caldera se alimentaran y la caldera cada vez daba más y más fuego y calor hasta que estuvo a punto de estallar en mis pedazos y la gente
preparaba sus abalorios y yo picaba y picaba papel de diario y mi viejo agitaba con verdadero orgullo la bandera alba de nuestros amores yo lo veía con el rabillo del ojo como hinchaba el pecho de alegría y entusiasmo y sus ojos brillaban de contento y ya venía por fin el minuto anhelado durante gran parte de la tarde y era todo un mar de banderas blancas las que se agitaban y al otro lado de la frontera era otro mar de banderas azules y todo el grandísimo estadio era un océano rugiente de banderas blancas y azules que bailaban y desplegaban sus colores y por los parlantes del estadio llamaban al dueño de una patente número ya no me acuerdo y luego continuaba la melodía que acompañaba cada principio y cada final de partido y era esa de los viejos estandartes, del séptimo de línea, marchas militares en medio de cada encuentro deportivo, mal que mal estábamos en medio de una dictadura todavía y en el estadio aún se podía oler el fantasma de los desaparecidos y los asesinados y
torturados en sus oscuros pasillos.
Luego todo fue carnaval, todo el estadio explotó en un movimiento descontrolado y el papel picado voló por el cielo cada vez más benigno de la tarde que se acercaba
hacia la noche veraniega y saltaba la chaya y todo parecía la celebración de un multitudinario cumpleaños y Colo-Colo se asomaba desde los camarines y enseguida
hacía lo mismo la Universidad de Chile y explotaba la
otra esquina del estadio y luego los dos gritos de las barras se mezclaban en uno sólo y era todo un gran estadio el que gritaba por los clubes de sus amores y todos saltábamos y reíamos y yo no quería entender nada pues tantas horas de espera valían la pena al presenciar un espectáculo tan bello y embriagador como el recibimiento que el público le otorgaba a su club favorito.
Todo el estadio era durante un gran rato una marea incontenible de gritos, aplausos y movimiento y el pasto había dejado de ser verde y ahora era verde, blanco y azul, como para imaginar los colores de una nueva y misteriosa bandera confederada, algo así como los nuevos amigos de siempre, los adoradores del fútbol, los que estoicamente esperan el paso de las horas a merced del calor espeso de un sol que no daba tregua, al menos durante ese día.
El anunciador comenzaba a dar las alineaciones de cada equipo y cada vez que nombraba a un jugador de Universidad de Chile la mitad del estadio le respondía
riendo con un “conchesumadre” que a mí me daba un poco de vergüenza repetir y que de hecho no repetía, pues a decir verdad no decía ni el más delicado de los
garabatos por aquellos días. Luego le tocaba el turno a Colo-Colo y era el desquite de la barra azul y ahora todos los jugadores de Colo-Colo eran unos “conchasdesumadre” y eso no me gustaba mucho así es que redoblaba los aplausos para cada jugador de mi equipo, pero sobre todo cuando nombraban con la camiseta número 9 a Carlos Caszely (¿así se escribe?) mi ídolo indiscutido, mío y de toda la barra colocolina a decir verdad.
La cosa es que el partido en cuestión transcurrió demasiado rápido para tanta espera, siempre era así, nosotros nos desgastábamos los sesos y la piel en medio de un sol demoledor, esperando y esperando y luego el partido llegaba demasiado aprisa y tampoco se dignaba a esperarnos el villano armador y rector del tiempo pues este pasaba demasiado acelerado mientras todos nos quedábamos con la sensación de haber visto demasiado poco y habernos cansado demasiado mucho.
El partido terminó con una apabullante derrota para Colo-Colo en ese día, 3 a 1 marcaba el tablero electrónico y la tarde invitaba sin preámbulos al llanto. La mitad del estadio salió con la cabeza gacha, completamente mudo y sin más ganas que la de irse rápidamente a la tibieza del hogar para olvidar la amargura que anidaba en sus corazones.
- Equipo crestón, no da ninguna satisfacción por la misma mierda- gruñía mi viejo en medio de su incipiente disfonía producto de tanta instrucción lanzada a los jugadores.
–¡Corre posh guevón, si te están pagando por las rechuchas!.
–¡¡Ponle la pata posh mierda!!.
-¡No le crea, hombre, no le crea!.
-¡¡¡Que estai cobrando viejo chuchetumadre!!!, ¡¡¡Que estai cobrando!!!.
-¡¡Levántate del suelo cagá, si nadie te cree!!
Y otras tantas cosas por el estilo decía mi padre y que harían el deleite de cualquier conversación franca y abierta y por sobre todo docta y con altura de miras, en torno a los matices y bemoles que en el fútbol se reúnen.
Así era la cosa y así nos íbamos, absoluta y completamente amargados y yo con ganas de tirarle alguna piedra a los vidrios de los autos que a toda bocina celebraban. Mi viejo sonreía tristemente y yo me acordaba de mis tapitas y metía mis manos a los
bolsillos y ahí estaban, perfectas en su dura incomodidad que atenazaba mis piernas con sus puntas filosas y yo que tomaba algunas y las acariciaba y les hablaba bajito como diciéndoles que pronto estarían muy bien en un lugar secreto al que yo las
llevaría y que sólo yo conocía y ahí mismo mi viejo que soltaba un poco de su rabia en mí y me obligaba a botar ¡¡toda esa mierda de tapas, pura basura y las recogió del suelo el guevón por la chucha y bota esas guevás luego, cabro crestón!!.
Todas las tapitas que segundos antes hacían mi deleite y me preparaban un espacio futuro de días y días de juegos entretenidos y fascinantes quedaban en el camino de salida del estadio y se perdían para siempre de mis manos y de la posibilidad de haberme sido útiles. Ahí sí que me daban ganas de llorar y no lloraba no más porque igual me daba demasiada vergüenza que la gente me viera y la pena era demasiado grande por cierto y no tenía ninguna forma de remediarla y subíamos a un bus repleto de personas y yo que me iba parado al lado de una ventana y para amenizar un poco el panorama desalentador en el que me encontraba abría la ventanilla y dejaba entrar el aire fresco de la noche de verano y por la rendija abierta dejaba salir mi bandera y mi viejo me advertía que mejor la entrara y yo que alcanzaba a hacerla ondear un par de veces no más y mientras el viejo me daba sus tardíos consejos una mano anónima me arrebató la banderita de mis amores de las propias manos y yo me quedé mirando el trozo de palito que aún apretaba firmemente y que me negué a soltar pese a la sorpresa que me provocó el fulminante y relámpago atentado, pero ya mi bandera no estaba y yo sólo miraba un palito quebrado entre mis dedos y mi viejo que me
miraba con su maldita cara de te lo dije cabro de mierda, te lo dije y yo que no digo nada más pues ahí sí que me vienen todas las ganas de llorar y una vez más no lloro porque la vergüenza no es una cosa que se pase de un segundo a otro o de una trágica experiencia a otra y en tan corto lapso de tiempo, así es que mejor me callé y me sometí en silencio a la burla de la hinchada azul que iba en la micro.
Colo-Colo había perdido por goleada, mis tapitas ya no eran mías y ahora formaban parte de la colección particular de alguna compañía recolectora de basura y por último mi querida banderita de Colo-Colo me había sido arrebatada de las propias manos por unas malditas garras sin compasión. Después de todo ese no había sido un gran día. Ya vendrían días peores, ya vendrían.... Fin parte 2 de 3
n decir por ahí los entendidos. La cosa es que el tiempo no se detenía ante nada y menos frente a mi aventurera búsqueda de tesoros y así la hora definitiva del comienzo del partido se acercaba irremediablemente y con ella la sombra que se proyectaba desde la marquesina, pues el privilegio y la división de clases con las desigualdades que esta arrastra consigo también se podían extrapolar a la repartición del público en los estadios. El “perraje”, es decir nosotros y todos los que nos rodeaban, debíamos aguantar estoicamente horas y horas de cara al sol abrazador del verano aquel de mis recuerdos, la burguesía, en cambio, disfrutaba desde temprano de la confortable sombra proyectada por la marquesina, división social y desigualdad hasta en los estadios. Ellos pagaban por la comodidad podrán decir algunos, el privilegio no era gratuito y el dinero salía de su esfuerzo cotidiano. Del esfuerzo cotidiano por explotar a los demás diré yo con fuerza y convicción.Yo veía, con el despertar de mis primeras inquietudes de niño explorador, a mi viejo y a otros tantos y tantos anónimos viejos doblarse la espalda, todos los días y a veces incluidos los domingos, de sol a sol, desde muy temprano en la madrugada cuando aún todo el mundo conocido navega en medio del sueño y la tiniebla de un cercano amanecer hasta la tarde cuando el sol cansado ya de tanto baile y fiesta se oculta tan sólo para dejar paso a las parejas furtivas de e
namorados en las plazas oscuras de barrios perdidos en medio de la gris ciudad, en trabajos humillantes y agotadores por un salario de hambre. Así veía a mi viejo y eso cuando lo veía pues la mayor parte de las veces los trabajos se encontraban lejos muy lejos de Santiago y mi padre no era nada más que un padre ausente, como tantos otros anónimos padres ausentes. Mi viejo también se sacaba la mierda trabajando pero el dinero nos alcanzaba tan sólo para la sencilla y nunca bien ponderada galería y entonces allí estábamos, semi rostizados de calor, protegiéndonos como podíamos de los insensibles rayos mientras los segundos se acumulaban y se derramaban en minutos que lenta e inexorablemente iban llenando un gran e invisible reloj de arena de una hora el cual a su vez nos acercaba en forma imperecedera al comienzo del partido y yo en medio dela semi penumbra en las entrañas del estadio llenándolos bolsillos de tapitas, extasiado hasta la médula, ajeno en esos segundos al devenir de la gente que colmaba todos los pasillos y no siendo partícipe de la gente que seguía y seguí llegando en un caudal inagotable. Tan sólo cuando se me hizo de verdad dificultoso el caminar en medio de tanto y tanto público que buscaba salir a las galerías para ubicarse definitivamente, constaté el virtual peligro de extravío en el que me encontraba y cosa graciosa, había olvidado completamente cual era la escalera por la que había descendido hasta los baños y frente a mis ojos ya las personas colmaban las escaleras de acceso a las dos entradas que tenía para elegir.
Yo, en medio de los nervios y la desesperación traté de razonar como siempre lo hacía cuando estaba solo, es decir, en forma notable y perfecta, si tenía tan sólo dos posibles salidas tenía entonces tan sólo
dos posibles opciones de salida y el problema de cuál era la salida correcta se remitía a una simple ecuación de despeje entre dos incógnitas. Hasta el momento hasta yo mismo me impresione de lo perfecto de mis razonamientos, el problema entonces, el gran problema entonces con respecto a cual era la salida correcta se reducía considerablemente a dos opciones y si una no era, por una verdad tautológica y a prueba de todo juicio antagónico debía ser entonces la otra, de verdad y sencillamente fabuloso, absolutamente fuera de toda posibilidad, de todo margen de error posible.La alegría me duró bien poco a decir verdad, no recordaba ningún detalle, a decir verdad no había hecho el menor esfuerzo por grabar algún detalle que no fuera el que nuestra ubicación se condecía con el hecho de tener siempre al frente de nosotros al
banderín del córner y con sólo ese detalle me dirigí hacia una de las escaleras y salí en busca de mi destino, de mi frugal destino.
Guiado tan sólo por mi fiero instinto y cargados mis bolsillos de tapitas llegué hasta donde se encontraba mi viejo y este me miró con su cándido aire de padre regalón - Donde te había metido cholo crestón – fue lo que me dijo mientras me dejaba caer un suave coscorrón en la cabeza. Luego me senté y continué con mis cavilaciones en torno a donde habría de esconder el importante tesoro con el cual me iría del estadio en ese maravilloso día de ordenamiento y fútbol.
Mi viejo no miró ni se percató en ese instante de mis bolsillos y el partido estaba muy cercano en su comienzo y las barras de cada equipo una vez más habían despertado de su ligera modorra y a medida en que la hora fijada se acercaba crecían los ánimos como si de una gran caldera se alimentaran y la caldera cada vez daba más y más fuego y calor hasta que estuvo a punto de estallar en mis pedazos y la gente
preparaba sus abalorios y yo picaba y picaba papel de diario y mi viejo agitaba con verdadero orgullo la bandera alba de nuestros amores yo lo veía con el rabillo del ojo como hinchaba el pecho de alegría y entusiasmo y sus ojos brillaban de contento y ya venía por fin el minuto anhelado durante gran parte de la tarde y era todo un mar de banderas blancas las que se agitaban y al otro lado de la frontera era otro mar de banderas azules y todo el grandísimo estadio era un océano rugiente de banderas blancas y azules que bailaban y desplegaban sus colores y por los parlantes del estadio llamaban al dueño de una patente número ya no me acuerdo y luego continuaba la melodía que acompañaba cada principio y cada final de partido y era esa de los viejos estandartes, del séptimo de línea, marchas militares en medio de cada encuentro deportivo, mal que mal estábamos en medio de una dictadura todavía y en el estadio aún se podía oler el fantasma de los desaparecidos y los asesinados y
torturados en sus oscuros pasillos.
Luego todo fue carnaval, todo el estadio explotó en un movimiento descontrolado y el papel picado voló por el cielo cada vez más benigno de la tarde que se acercaba
hacia la noche veraniega y saltaba la chaya y todo parecía la celebración de un multitudinario cumpleaños y Colo-Colo se asomaba desde los camarines y enseguida
hacía lo mismo la Universidad de Chile y explotaba la
otra esquina del estadio y luego los dos gritos de las barras se mezclaban en uno sólo y era todo un gran estadio el que gritaba por los clubes de sus amores y todos saltábamos y reíamos y yo no quería entender nada pues tantas horas de espera valían la pena al presenciar un espectáculo tan bello y embriagador como el recibimiento que el público le otorgaba a su club favorito.Todo el estadio era durante un gran rato una marea incontenible de gritos, aplausos y movimiento y el pasto había dejado de ser verde y ahora era verde, blanco y azul, como para imaginar los colores de una nueva y misteriosa bandera confederada, algo así como los nuevos amigos de siempre, los adoradores del fútbol, los que estoicamente esperan el paso de las horas a merced del calor espeso de un sol que no daba tregua, al menos durante ese día.
El anunciador comenzaba a dar las alineaciones de cada equipo y cada vez que nombraba a un jugador de Universidad de Chile la mitad del estadio le respondía
riendo con un “conchesumadre” que a mí me daba un poco de vergüenza repetir y que de hecho no repetía, pues a decir verdad no decía ni el más delicado de los
garabatos por aquellos días. Luego le tocaba el turno a Colo-Colo y era el desquite de la barra azul y ahora todos los jugadores de Colo-Colo eran unos “conchasdesumadre” y eso no me gustaba mucho así es que redoblaba los aplausos para cada jugador de mi equipo, pero sobre todo cuando nombraban con la camiseta número 9 a Carlos Caszely (¿así se escribe?) mi ídolo indiscutido, mío y de toda la barra colocolina a decir verdad.
La cosa es que el partido en cuestión transcurrió demasiado rápido para tanta espera, siempre era así, nosotros nos desgastábamos los sesos y la piel en medio de un sol demoledor, esperando y esperando y luego el partido llegaba demasiado aprisa y tampoco se dignaba a esperarnos el villano armador y rector del tiempo pues este pasaba demasiado acelerado mientras todos nos quedábamos con la sensación de haber visto demasiado poco y habernos cansado demasiado mucho.
El partido terminó con una apabullante derrota para Colo-Colo en ese día, 3 a 1 marcaba el tablero electrónico y la tarde invitaba sin preámbulos al llanto. La mitad del estadio salió con la cabeza gacha, completamente mudo y sin más ganas que la de irse rápidamente a la tibieza del hogar para olvidar la amargura que anidaba en sus corazones.
- Equipo crestón, no da ninguna satisfacción por la misma mierda- gruñía mi viejo en medio de su incipiente disfonía producto de tanta instrucción lanzada a los jugadores.
–¡Corre posh guevón, si te están pagando por las rechuchas!.
–¡¡Ponle la pata posh mierda!!.
-¡No le crea, hombre, no le crea!.
-¡¡¡Que estai cobrando viejo chuchetumadre!!!, ¡¡¡Que estai cobrando!!!.
-¡¡Levántate del suelo cagá, si nadie te cree!!
Y otras tantas cosas por el estilo decía mi padre y que harían el deleite de cualquier conversación franca y abierta y por sobre todo docta y con altura de miras, en torno a los matices y bemoles que en el fútbol se reúnen.
Así era la cosa y así nos íbamos, absoluta y completamente amargados y yo con ganas de tirarle alguna piedra a los vidrios de los autos que a toda bocina celebraban. Mi viejo sonreía tristemente y yo me acordaba de mis tapitas y metía mis manos a los
bolsillos y ahí estaban, perfectas en su dura incomodidad que atenazaba mis piernas con sus puntas filosas y yo que tomaba algunas y las acariciaba y les hablaba bajito como diciéndoles que pronto estarían muy bien en un lugar secreto al que yo las
llevaría y que sólo yo conocía y ahí mismo mi viejo que soltaba un poco de su rabia en mí y me obligaba a botar ¡¡toda esa mierda de tapas, pura basura y las recogió del suelo el guevón por la chucha y bota esas guevás luego, cabro crestón!!.
Todas las tapitas que segundos antes hacían mi deleite y me preparaban un espacio futuro de días y días de juegos entretenidos y fascinantes quedaban en el camino de salida del estadio y se perdían para siempre de mis manos y de la posibilidad de haberme sido útiles. Ahí sí que me daban ganas de llorar y no lloraba no más porque igual me daba demasiada vergüenza que la gente me viera y la pena era demasiado grande por cierto y no tenía ninguna forma de remediarla y subíamos a un bus repleto de personas y yo que me iba parado al lado de una ventana y para amenizar un poco el panorama desalentador en el que me encontraba abría la ventanilla y dejaba entrar el aire fresco de la noche de verano y por la rendija abierta dejaba salir mi bandera y mi viejo me advertía que mejor la entrara y yo que alcanzaba a hacerla ondear un par de veces no más y mientras el viejo me daba sus tardíos consejos una mano anónima me arrebató la banderita de mis amores de las propias manos y yo me quedé mirando el trozo de palito que aún apretaba firmemente y que me negué a soltar pese a la sorpresa que me provocó el fulminante y relámpago atentado, pero ya mi bandera no estaba y yo sólo miraba un palito quebrado entre mis dedos y mi viejo que me
miraba con su maldita cara de te lo dije cabro de mierda, te lo dije y yo que no digo nada más pues ahí sí que me vienen todas las ganas de llorar y una vez más no lloro porque la vergüenza no es una cosa que se pase de un segundo a otro o de una trágica experiencia a otra y en tan corto lapso de tiempo, así es que mejor me callé y me sometí en silencio a la burla de la hinchada azul que iba en la micro.
Colo-Colo había perdido por goleada, mis tapitas ya no eran mías y ahora formaban parte de la colección particular de alguna compañía recolectora de basura y por último mi querida banderita de Colo-Colo me había sido arrebatada de las propias manos por unas malditas garras sin compasión. Después de todo ese no había sido un gran día. Ya vendrían días peores, ya vendrían.... Fin parte 2 de 3
COSAS DEL FÚTBOL 1 DE 3
Este texto, extracto de otro mayor, fue escrito en el año 2
002 y se hizo pensando la vida que a algunos nos toco vivir algunos años antes, en la triste década de los 80, es decir, hace casi 30 años atrás. Lo saco a relucir ahora, hoy, debido a mi absoluto desapego actual por aquel amor que fui alimentando desde niño "por las cosas del fútbol", desapego que no tiene más de dos semanas, desapego derivado por el triunfo, una vez más, de la ganancia y el lucro, por sobre la honestidad y la entereza moral, del reino de los poderosos por sobre la hinchada inconsciente, de los mismos pocos de siempre en desmedro de los mismos muchos de siempre. Este texto tiene 3 actos, el primero y el segundo obedecen a aquel período de recuerdos de la niñez. El tercero es tan sólo una despedida cargada de rabia y nostalgia
"...El estadio rugía completamente abarrotado de hinchas en el partido clásico de los clásicos: “Colo-Colo versus Universidad de Chile”, algo así como aztecas contra zapotecas o españoles contra mapuches o blanco
s contra azules o el día contra la noche, el bien contra el mal, las fuerzas todopoderosas de la libertad avanzando irremediablemente y destruyendo todos los cimientos aberrantes de la vieja y tradicional dictadura oligarca y parlamentaria de principios de siglo. La oposición y la permanente lucha de los contrarios encarnada en un partido de fútbol. La síntesis de la constante lucha, del cotidiano bregar del ser humano entre sus fuerzas antagónicas, entre su naturaleza animal y su espíritu creador dándose duro en el campo de batalla de un verdor refrescante.
Era un verdadero placer ir al estadio con el papá. Recuerdo que ese era uno de los recursos de los cuales tengo más gratos recuerdos de su aporte a mi crecimiento intelectual. El Estadio Nacional es una inmensa construcción elevada y oval y en mi época de niñez era un monstruo tremendo y perfecto, el cual rugía cada vez que un equipo salía a la cancha, era un gigante de concreto que temblaba con el movimiento nervioso de miles de pies que vitoreaban a su equipo favorito y desplegaban las banderas con los colores de sus eternos y aguerridos amores. Una vez que sorteábamos la primera barrera entrábamos con mi viejo casi corriendo para lle
gar luego a la ubicación de un lugar estratégico que siempre resultaba estar detrás de la banderilla ubicada en la esquina noreste de la galería Andes. Nunca cambiamos de posición para saber siquiera que se sentía mirar las cosas desde otra perspectiva, mi padre no lo permitía y punto, esa era su esquina para presenciar el partido. Nunca vimos un encuentro de fútbol en otra ubicación y debo decir que desde nuestra tradicional ubicación era visible toda la cancha, las rejas estaban mucho más debajo de nosotros que nos ubicábamos a mitad de camino entre lo más bajo y lo más alto. Todo un estratega para las ubicaciones era mi viejo.
Una vez que sorteábamos la primera valla en la cual nos pedían los boletos, caminábamos un largo trecho y yo con mi banderita de Colo-Colo al viento del norte que anunciaba la próxima lluvia. Sólo nos quedaba la última revisión de boleto, a los pies de las escaleras que nos llevarían a las galerías y a nuestra permanente ubicación y yo creo que hasta nos sentábamos en los mismos asientos si es alguien no nos ganaba el puesto, por eso mi viejo corría y yo iba detrás de él marcando el paso, respirando el intenso aroma de la aventura, observando los rostros de las personas y sus banderas y sus expresiones de alegría por estar a punto de formar parte de algo trascendente e inexplicable. Algo sucedería en el transcurso del partido que cambiaría la vida de todas las personas, algo misterioso y bello que a nadie dejaría con la misma actitud frente a las cosas, al menos eso es lo que yo imaginaba mientras comenzábamos a subir las largas y cansadoras escaleras, en medio de un gentío que murmuraba y las frías paredes, que contrastaban con el calor reinante, generaban un eco como de catedral y era un gran rezo simbólico el que salía de las gargantas de los miles y miles que junto a nosotros marchaban en esa procesión de día festivo y carnavalesco, y era un canto de amor el que se descolgaba del frío y oscuro concreto que nos rodeaba y que poco a poco, a medida que nuestros pasos ganaban más y más escalones, a medida que el rumor se tornaba más intenso y abierto como si cambiara la dimensión a rumor estéreo, se tornaba más claro y más diáfano hasta romper en nuestra mirada con un temblor de verde claro precioso que abarcaba toda nuestra vista y que generaba una sensación confusa en mis ojos que ya se estaban acostumbrando a la semi penumbra de la subida.
Y era como si de pronto el verde del pasto se transformase en el color oficial de mi mirada y todo lo observaba verde, como cuando jugaba en el colegio poniéndome una regla verde delante de los ojos como si fuera mis anteojos, y todo era verde, el cielo azul que bañaba de calor toda la extensión abierta de esta gigantesca elipse elevada al cielo transparente de Noviembre era tan sólo un producto endiablado de mi curiosa imaginación daltónica, el cielo era de un verde intenso y lo mismo la marquesina del estadio y los asientos de los socios preferenciales bajo la marquesina y del mismo modo el tablero electrónico que marcaba los goles de uno o de otro equipo y la ropa de la gente también era verde, pero este verde presentaba un sinfín de tonalidades y mis manos eran de un verdor hoja de árbol y las manos de mi padre eran de un verdor pasto que no ha sido regado en al menos un par de días y las manos de nuestro vecino más próximo eran verde manzana y su fragancia llegaba hasta mi nariz abriéndome el apetito.
Y así el estadio nos saludaba y con él los millares de personas solitarias, con sus amigos, familias y quien sabe quien diablos más, que se ubicaban en sus puestos estratégicos, al igual que nosotros, a la espera de la hora señalada para el duelo y yo me imaginaba el circo romano con sus carreras de caballos y sus luchas cruentas en las que no siempre ganaba el jovencito de la película y a decir verdad este jovencito en la mayoría de los casos no era y no era en lo absoluto el hombre más bueno ni el más noble; en el mejor de los casos era el más astuto, el más ladino, a excepción de Espartaco, el esclavo libertario encarnado en las retinas decadentes y superficiales del mundillo Holliwoodense por Kirt Douglas hace un montón de años atrás, probablemente no en los tiempos de la caza de brujas o de la Liga Norteamericana Contra el Demonio Comunista y esas cosas por el estilo que aún nos sacuden de tanto en tanto.
El público estaba divirtiéndose con los espectáculos que surgían de tanto en tanto de las galerías, la mitad del estadio le pertenecía a los hinchas de la U y la otra mitad era administrada por los barristas de Colo-Colo. En aquellos lejanos días aún no surgía ninguna de las dos barras bravas de los equipos rivales e ir al estadio era, entonces, una ceremonia familiar tan tranquila como un paseo al Parque Forestal o al cerro Santa Lucía el día domingo y daba realmente gusto ver a otros tipos con sus esposas y el tropel de niños corriendo de un lado para otro de las galerías en un ambiente de fiesta que a uno lo contagiaba y todos reíamos cuando desde un grupo salía un peluche con la forma de un chuncho deformado y lo tiraban de un lado para el otro de la galería y todo el mundo quería atrapar a aquel trofeo tan sólo para ser el encargado de lanzarlo una vez más a cualquier parte del amplio entorno. Del lado de la Universidad de Chile también surgían monigotes con la forma de un desmedrado indio, con pluma y todo como el estereotipo del indígena norteamericano y todos del otro lado de la valla reían y gritaban insultos contra el pelele que fin
almente era destrozado por la multitud y cambiado en breve por otro y otro.
Yo me sentaba en mi asiento y comenzaba a leer alguna cosita que andaba trayendo, nunca me faltó lectura en aquellos días y por último estaban los libros que me facilitaban en el colegio, o mi interesante colección de trozos de papel recolectados en la calle. Y así dejaba que transcurrieran las horas, pues por lo general llegábamos al estadio con al menos unas tres horas de anticipación, ya que había que asegurar los puestos de costumbre a como diera lugar.
El sol avanzaba sin ninguna prisa sobre nuestras cabezas y el calor se tornaba inclemente. No había donde guarecerse de la poderosa influencia del padre luminoso y los vendedores de viseras no daban abasto para tanta demanda. Evidentemente mi padre me compró una visera con los dibujos corporativos de Colo-Colo que si bien es cierto era mi equipo favorito, tampoco me mataba de pasión la idea de tanto sacrificio por un partido de fútbol. Todo lo que rodeaba al partido en sí era lo que me fascinaba, los gritos y los cantos de las barras, las rutinas de los vendedores de confites o bebidas o calendarios o cintos, en fin, todo un universo económico girando en torno a un partido de fútbol, sin dejar de mencionar a los vendedores de sanguches de potito y de palta con jamón, toda una institución en las lides disputadas en el histórico Estadio Nacional. Me entretenía sobremanera ver como cada barra le buscaba el odio a la otra y como los gritos a veces aumentaban de tono y si no fuera por las rejas que separaban uno y otro bando la batalla hubiese comenzado en forma inminente, como con el transcurso de los años sucedió, pese a las mismas rejas.
Allí la gente liberaba todas sus tensiones, con el transcurso de los años y a medida que fui descubriendo nuevas realidades y ampliando mi conocimiento de las cosas pude entender muchas de las actitudes de quienes iban al estadio, de cómo se transformaban y lloraban de pasión viendo las piruetas de su equipo favorito y una vez más volví a entender la lógica del pan y del circo que los romanos supieron aplicar muy bien a los pueblos dominados por el imperio y a su propio pueblo en el cual corría también la sangre producto de las ambiciones de poder de unos pocos.
Este era el circo moderno, aquí todos olvidábamos nuestras miserables vidas y por un buen rato soltábamos todas las tensiones posib
les y vivíamos la tragedia de otros que corrían en torno a una pelota, pero también en su juego era posible vislumbrar la tragedia de todo un país sumido en el oscuro terror de detenciones arbitrarias y desaparecidos. El estadio estaba repleto pero no estaban todos lo que debían estar, nadie notaba la falta de los ausentes, tan sólo algunos pocos iluminados cuyos corazones se estremecían de dolor, de aquel dolor que sufrieron los que ya no estaban y que se fue con ellos el día que sus corazones dejaron de latir teniendo tanta vida aún por delante.
Yo, por cierto, vivía mi propio circo en el estadio. Los espacios libres cada vez eran menos y la gente se distendía a ratos, generando espacios de silencio en medio de tanta algarabía. Yo jugaba a identificar esos espacios de silencio, que a ratos se prolongaban durante varios minutos, los precisos como para realizar una audaz incursión al baño ubicado en el interior del estadio, los precisos como para arremeter contra los locales de ventas de refrigerios en busca de mis tesoros favoritos por aquellos días. El papá demoraba varios minutos en acceder a mis deseos, fundamentalmente por el temor frente a la posibilidad de un extravío por mi parte, el me conocía muy bien, al menos eso creía él, sabía lo despistado que podía ser y no quería arriesgarse a perderse el partido por tener que andar buscándome a mí, así es que no, era mejor aguantarse hasta el entretiempo. Considerando que para que comenzara el partido aún faltaba poco más de una hora y sumándole los 45 minutos de rigor que equivalían al desarrollo del primer tiempo, siempre y cuando ninguna situación anormal retrasara la finalización de esa primera parte, la larga espera se tornaría realmente insoportable y entonces de verdad la angustia de tanto tiempo de espera se conectaba con mis esfínteres y surgía real y urgente la necesidad de ir prontamente al baño y yo arremetía una vez más con mis fríos argumentos para vencer la terca oposición de mi viejo, mi querido viejo. Al final de cuentas y muy a regañadientes el papá accedía a mi petición pero me colmaba de indicaciones en torno a mi partida y regreso con lo cual y para siempre yo pude configurar una suerte de “Manual Indicatorio Para Casos de Salidas y Regresos en Lugares Densamente Poblados”. La pillería consistía fundamentalmente en visualizar algunos puntos en particular que me servirían de referencia para la hora de mi regreso. Alguna reja con una extraña conformación, algún poste pintado de un color especial, alguna persona sobresaliente, una puerta, la dirección del sol con respecto a mi hombro izquierdo o derecho, etc.
Después de todo ya me encontraba camino de mis tesoros y se me dificultó un poco salir hacia los baños pues el estadio seguía nutriéndose de personas que llegaban y llegaban en un caudal incontenible. Nadie quería perderse el espectáculo deportivo de la semana. Nadie más que yo corría al baño y luego salía con la misma premura de él, para saltar por sobre lo
s puestos de venta y recoger con la mejor de las delicadezas todas las tapitas que pudieran albergar mis bolsillos, y no importaba el color y no importaba su forma y no importaba nada de nada, salvo que estas estuvieran bien destapadas, es decir que no hubiesen perdido su fisonomía tan cultural de tapas de bebidas. Alguna gente aplicaba y debido tal vez a la premura, tal fuerza a los destapadores que prácticamente doblaban las tapas hasta enrollarlas en una masa amorfa que no era de mi predilección. Coleccionista de tapas era, pero uno tenía ya en ese entonces sus caprichos...". Fin parte 1 de 3
002 y se hizo pensando la vida que a algunos nos toco vivir algunos años antes, en la triste década de los 80, es decir, hace casi 30 años atrás. Lo saco a relucir ahora, hoy, debido a mi absoluto desapego actual por aquel amor que fui alimentando desde niño "por las cosas del fútbol", desapego que no tiene más de dos semanas, desapego derivado por el triunfo, una vez más, de la ganancia y el lucro, por sobre la honestidad y la entereza moral, del reino de los poderosos por sobre la hinchada inconsciente, de los mismos pocos de siempre en desmedro de los mismos muchos de siempre. Este texto tiene 3 actos, el primero y el segundo obedecen a aquel período de recuerdos de la niñez. El tercero es tan sólo una despedida cargada de rabia y nostalgia"...El estadio rugía completamente abarrotado de hinchas en el partido clásico de los clásicos: “Colo-Colo versus Universidad de Chile”, algo así como aztecas contra zapotecas o españoles contra mapuches o blanco
s contra azules o el día contra la noche, el bien contra el mal, las fuerzas todopoderosas de la libertad avanzando irremediablemente y destruyendo todos los cimientos aberrantes de la vieja y tradicional dictadura oligarca y parlamentaria de principios de siglo. La oposición y la permanente lucha de los contrarios encarnada en un partido de fútbol. La síntesis de la constante lucha, del cotidiano bregar del ser humano entre sus fuerzas antagónicas, entre su naturaleza animal y su espíritu creador dándose duro en el campo de batalla de un verdor refrescante.Era un verdadero placer ir al estadio con el papá. Recuerdo que ese era uno de los recursos de los cuales tengo más gratos recuerdos de su aporte a mi crecimiento intelectual. El Estadio Nacional es una inmensa construcción elevada y oval y en mi época de niñez era un monstruo tremendo y perfecto, el cual rugía cada vez que un equipo salía a la cancha, era un gigante de concreto que temblaba con el movimiento nervioso de miles de pies que vitoreaban a su equipo favorito y desplegaban las banderas con los colores de sus eternos y aguerridos amores. Una vez que sorteábamos la primera barrera entrábamos con mi viejo casi corriendo para lle
gar luego a la ubicación de un lugar estratégico que siempre resultaba estar detrás de la banderilla ubicada en la esquina noreste de la galería Andes. Nunca cambiamos de posición para saber siquiera que se sentía mirar las cosas desde otra perspectiva, mi padre no lo permitía y punto, esa era su esquina para presenciar el partido. Nunca vimos un encuentro de fútbol en otra ubicación y debo decir que desde nuestra tradicional ubicación era visible toda la cancha, las rejas estaban mucho más debajo de nosotros que nos ubicábamos a mitad de camino entre lo más bajo y lo más alto. Todo un estratega para las ubicaciones era mi viejo.Una vez que sorteábamos la primera valla en la cual nos pedían los boletos, caminábamos un largo trecho y yo con mi banderita de Colo-Colo al viento del norte que anunciaba la próxima lluvia. Sólo nos quedaba la última revisión de boleto, a los pies de las escaleras que nos llevarían a las galerías y a nuestra permanente ubicación y yo creo que hasta nos sentábamos en los mismos asientos si es alguien no nos ganaba el puesto, por eso mi viejo corría y yo iba detrás de él marcando el paso, respirando el intenso aroma de la aventura, observando los rostros de las personas y sus banderas y sus expresiones de alegría por estar a punto de formar parte de algo trascendente e inexplicable. Algo sucedería en el transcurso del partido que cambiaría la vida de todas las personas, algo misterioso y bello que a nadie dejaría con la misma actitud frente a las cosas, al menos eso es lo que yo imaginaba mientras comenzábamos a subir las largas y cansadoras escaleras, en medio de un gentío que murmuraba y las frías paredes, que contrastaban con el calor reinante, generaban un eco como de catedral y era un gran rezo simbólico el que salía de las gargantas de los miles y miles que junto a nosotros marchaban en esa procesión de día festivo y carnavalesco, y era un canto de amor el que se descolgaba del frío y oscuro concreto que nos rodeaba y que poco a poco, a medida que nuestros pasos ganaban más y más escalones, a medida que el rumor se tornaba más intenso y abierto como si cambiara la dimensión a rumor estéreo, se tornaba más claro y más diáfano hasta romper en nuestra mirada con un temblor de verde claro precioso que abarcaba toda nuestra vista y que generaba una sensación confusa en mis ojos que ya se estaban acostumbrando a la semi penumbra de la subida.
Y era como si de pronto el verde del pasto se transformase en el color oficial de mi mirada y todo lo observaba verde, como cuando jugaba en el colegio poniéndome una regla verde delante de los ojos como si fuera mis anteojos, y todo era verde, el cielo azul que bañaba de calor toda la extensión abierta de esta gigantesca elipse elevada al cielo transparente de Noviembre era tan sólo un producto endiablado de mi curiosa imaginación daltónica, el cielo era de un verde intenso y lo mismo la marquesina del estadio y los asientos de los socios preferenciales bajo la marquesina y del mismo modo el tablero electrónico que marcaba los goles de uno o de otro equipo y la ropa de la gente también era verde, pero este verde presentaba un sinfín de tonalidades y mis manos eran de un verdor hoja de árbol y las manos de mi padre eran de un verdor pasto que no ha sido regado en al menos un par de días y las manos de nuestro vecino más próximo eran verde manzana y su fragancia llegaba hasta mi nariz abriéndome el apetito.
Y así el estadio nos saludaba y con él los millares de personas solitarias, con sus amigos, familias y quien sabe quien diablos más, que se ubicaban en sus puestos estratégicos, al igual que nosotros, a la espera de la hora señalada para el duelo y yo me imaginaba el circo romano con sus carreras de caballos y sus luchas cruentas en las que no siempre ganaba el jovencito de la película y a decir verdad este jovencito en la mayoría de los casos no era y no era en lo absoluto el hombre más bueno ni el más noble; en el mejor de los casos era el más astuto, el más ladino, a excepción de Espartaco, el esclavo libertario encarnado en las retinas decadentes y superficiales del mundillo Holliwoodense por Kirt Douglas hace un montón de años atrás, probablemente no en los tiempos de la caza de brujas o de la Liga Norteamericana Contra el Demonio Comunista y esas cosas por el estilo que aún nos sacuden de tanto en tanto.
El público estaba divirtiéndose con los espectáculos que surgían de tanto en tanto de las galerías, la mitad del estadio le pertenecía a los hinchas de la U y la otra mitad era administrada por los barristas de Colo-Colo. En aquellos lejanos días aún no surgía ninguna de las dos barras bravas de los equipos rivales e ir al estadio era, entonces, una ceremonia familiar tan tranquila como un paseo al Parque Forestal o al cerro Santa Lucía el día domingo y daba realmente gusto ver a otros tipos con sus esposas y el tropel de niños corriendo de un lado para otro de las galerías en un ambiente de fiesta que a uno lo contagiaba y todos reíamos cuando desde un grupo salía un peluche con la forma de un chuncho deformado y lo tiraban de un lado para el otro de la galería y todo el mundo quería atrapar a aquel trofeo tan sólo para ser el encargado de lanzarlo una vez más a cualquier parte del amplio entorno. Del lado de la Universidad de Chile también surgían monigotes con la forma de un desmedrado indio, con pluma y todo como el estereotipo del indígena norteamericano y todos del otro lado de la valla reían y gritaban insultos contra el pelele que fin
almente era destrozado por la multitud y cambiado en breve por otro y otro.Yo me sentaba en mi asiento y comenzaba a leer alguna cosita que andaba trayendo, nunca me faltó lectura en aquellos días y por último estaban los libros que me facilitaban en el colegio, o mi interesante colección de trozos de papel recolectados en la calle. Y así dejaba que transcurrieran las horas, pues por lo general llegábamos al estadio con al menos unas tres horas de anticipación, ya que había que asegurar los puestos de costumbre a como diera lugar.
El sol avanzaba sin ninguna prisa sobre nuestras cabezas y el calor se tornaba inclemente. No había donde guarecerse de la poderosa influencia del padre luminoso y los vendedores de viseras no daban abasto para tanta demanda. Evidentemente mi padre me compró una visera con los dibujos corporativos de Colo-Colo que si bien es cierto era mi equipo favorito, tampoco me mataba de pasión la idea de tanto sacrificio por un partido de fútbol. Todo lo que rodeaba al partido en sí era lo que me fascinaba, los gritos y los cantos de las barras, las rutinas de los vendedores de confites o bebidas o calendarios o cintos, en fin, todo un universo económico girando en torno a un partido de fútbol, sin dejar de mencionar a los vendedores de sanguches de potito y de palta con jamón, toda una institución en las lides disputadas en el histórico Estadio Nacional. Me entretenía sobremanera ver como cada barra le buscaba el odio a la otra y como los gritos a veces aumentaban de tono y si no fuera por las rejas que separaban uno y otro bando la batalla hubiese comenzado en forma inminente, como con el transcurso de los años sucedió, pese a las mismas rejas.
Allí la gente liberaba todas sus tensiones, con el transcurso de los años y a medida que fui descubriendo nuevas realidades y ampliando mi conocimiento de las cosas pude entender muchas de las actitudes de quienes iban al estadio, de cómo se transformaban y lloraban de pasión viendo las piruetas de su equipo favorito y una vez más volví a entender la lógica del pan y del circo que los romanos supieron aplicar muy bien a los pueblos dominados por el imperio y a su propio pueblo en el cual corría también la sangre producto de las ambiciones de poder de unos pocos.
Este era el circo moderno, aquí todos olvidábamos nuestras miserables vidas y por un buen rato soltábamos todas las tensiones posib
les y vivíamos la tragedia de otros que corrían en torno a una pelota, pero también en su juego era posible vislumbrar la tragedia de todo un país sumido en el oscuro terror de detenciones arbitrarias y desaparecidos. El estadio estaba repleto pero no estaban todos lo que debían estar, nadie notaba la falta de los ausentes, tan sólo algunos pocos iluminados cuyos corazones se estremecían de dolor, de aquel dolor que sufrieron los que ya no estaban y que se fue con ellos el día que sus corazones dejaron de latir teniendo tanta vida aún por delante.Yo, por cierto, vivía mi propio circo en el estadio. Los espacios libres cada vez eran menos y la gente se distendía a ratos, generando espacios de silencio en medio de tanta algarabía. Yo jugaba a identificar esos espacios de silencio, que a ratos se prolongaban durante varios minutos, los precisos como para realizar una audaz incursión al baño ubicado en el interior del estadio, los precisos como para arremeter contra los locales de ventas de refrigerios en busca de mis tesoros favoritos por aquellos días. El papá demoraba varios minutos en acceder a mis deseos, fundamentalmente por el temor frente a la posibilidad de un extravío por mi parte, el me conocía muy bien, al menos eso creía él, sabía lo despistado que podía ser y no quería arriesgarse a perderse el partido por tener que andar buscándome a mí, así es que no, era mejor aguantarse hasta el entretiempo. Considerando que para que comenzara el partido aún faltaba poco más de una hora y sumándole los 45 minutos de rigor que equivalían al desarrollo del primer tiempo, siempre y cuando ninguna situación anormal retrasara la finalización de esa primera parte, la larga espera se tornaría realmente insoportable y entonces de verdad la angustia de tanto tiempo de espera se conectaba con mis esfínteres y surgía real y urgente la necesidad de ir prontamente al baño y yo arremetía una vez más con mis fríos argumentos para vencer la terca oposición de mi viejo, mi querido viejo. Al final de cuentas y muy a regañadientes el papá accedía a mi petición pero me colmaba de indicaciones en torno a mi partida y regreso con lo cual y para siempre yo pude configurar una suerte de “Manual Indicatorio Para Casos de Salidas y Regresos en Lugares Densamente Poblados”. La pillería consistía fundamentalmente en visualizar algunos puntos en particular que me servirían de referencia para la hora de mi regreso. Alguna reja con una extraña conformación, algún poste pintado de un color especial, alguna persona sobresaliente, una puerta, la dirección del sol con respecto a mi hombro izquierdo o derecho, etc.
Después de todo ya me encontraba camino de mis tesoros y se me dificultó un poco salir hacia los baños pues el estadio seguía nutriéndose de personas que llegaban y llegaban en un caudal incontenible. Nadie quería perderse el espectáculo deportivo de la semana. Nadie más que yo corría al baño y luego salía con la misma premura de él, para saltar por sobre lo
s puestos de venta y recoger con la mejor de las delicadezas todas las tapitas que pudieran albergar mis bolsillos, y no importaba el color y no importaba su forma y no importaba nada de nada, salvo que estas estuvieran bien destapadas, es decir que no hubiesen perdido su fisonomía tan cultural de tapas de bebidas. Alguna gente aplicaba y debido tal vez a la premura, tal fuerza a los destapadores que prácticamente doblaban las tapas hasta enrollarlas en una masa amorfa que no era de mi predilección. Coleccionista de tapas era, pero uno tenía ya en ese entonces sus caprichos...". Fin parte 1 de 3
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