Porque escribir

…“Rinaldo, Rinaldo te estamos esperando, ahora vamos a hacer un tema de Rinaldo, poné más agudo esto”… “Hola, hola, hola, parezco un político. No se escucha parece…Bueno, este, yo voy a hacer un tema que se llama La Niña… Esteeee… La niña es, …esteee… es muy dulce, muy mansa… ¡Que pasa!, ¡que pasa!, hola, hola. Bueno,… escucha la letra porque yo, esteeee, mejor cuando se escribe que cuando se habla... Y después queda, ¡viste!....”

Rinaldo Rafanelli, en concierto de despedida Sui Generis 1975

domingo, 27 de febrero de 2011

RECUERDOS DEL TERREMOTO

Habíamos llegado hace tan sólo 3 días de unas vacaciones preciosas. Recorrimos desde Chillán, a Temuco, Nueva Imperial, Carahue, Puerto Saavedra, Puerto Domínguez, Puerto Montt, y luego Chiloé siguiendo la ruta de las iglesias patrimoniales, finalmente cerramos con un mini viaje en torno del lago Llanquihue, eso en poco menos de 3 semanas, aun nos quedaba una semana para completar nuestro mes y teníamos dos destinos posibles: el entorno de Valdivia y la zona de Concepción. Recuerdo lo mucho que le insistía a Carol sobre la belleza histórica de la zona del carbón, pueblos anclados en el pasado como Cobquecura, las luchas y la maduración de la conciencia obrera en la zona de Lota. Ella tenía a la fecha 5 meses de embarazo de Nahuel Aukán y andábamos con Antu Nehuen, que en esos días no pasaba de los dos años y que era el más feliz de los 3 y se bañaba en cuanto río, lago o playa se nos cruzara en el viaje. Continuar esa semana extra era un buen desafío, pero en realidad no quisimos abusar de la buena salud de Carol y decidimos volver. Llegamos a Santiago el miércoles 23 de febrero muy temprano por la mañana.

Los siguientes días fueron lo de siempre, descansar lo vivido, revisar las fotos, emocionarnos con la belleza de los paisajes vistos, con la buena comida de las cocinerías, con la rusticidad de las micros rurales, las luciérnagas y su luz de tono mágico que hizo a Carol recordar los cuentos de hadas de su niñez, los paseos por bosques de boldos y moras silvestres, el olor del campo y la fiereza dulce del viento abriéndose paso entre sus ramas, la laguna de Loreley que me hizo recordar la odisea de Aguirre llamado La Cólera de Dios, la cascada de Tocoihue camino a Tenaúm, las esculturas de madera en Puerto Domínguez, las piedras negras de Puerto Saavedra, la lluvia de Chonchi, las noches de campo sin luna y la vasta extensión del cielo colmado de estrellas como nunca se ve en Santiago, salvo cuando falla el Sistema Interconectado Central o cuando sucede una catástrofe mayor como la de 3 días después.

Así andábamos, riendo de la nada, recordando y soñando, guardando los nombres de los nuevos amigos en nuestras agendas, desatando nuestros bolsos con lentitud, sin prisa. Haciendo algo de aseo luego de casi un mes de ausencia, volviendo a nuestra realidad poco a poco, disfrutando de la tibieza de las tardes y las noches, aprontándonos para el invierno y el nacimiento de nuestro segundo hijo. Yo como siempre, revisaba documentos y papeles antiguos intentando, en vano, darles algo de orden o traspasándolos al computador para que no terminaran de empolvarse.

Eran poco más de las 3 de la mañana de aquel 27 de febrero y yo aún trabajaba en el computador. Era ya tarde para mí y el cansancio me impulso a dejar el ejercicio cotidiano. Algunos camiones pasaban por el camino antiguo a Valparaíso rumbo de la costa, en una procesión que no terminaría del todo bien. Era una noche cualquiera, como cualquier otra de las tantas en que me dormía demasiado tarde para la normalidad. La casa en que vivíamos (y que aún nos sustenta) era como una casa de cuentos, de madera, pequeña muy pequeña, de dos pisos y finas terminaciones en la escalera y en el marco de las puertas. El segundo piso es una gran habitación, grande para lo que estamos acostumbrados a definir como un dormitorio en nuestro país. En los comunes cabe sólo la cama y un mueble y se acabó el espacio para lo demás. Antu ya dormía. Carol había llegado hace poco de una reunión. María, nuestra amiga, la había venido a dejar desde Santiago y me contaba los pormenores de la reunión. El computador se terminó de apagar y yo bajé al primer piso, al baño. Tuve tiempo de ducharme, secarme, volver a vestirme. Cuando me lavaba los dientes comenzó todo. Primero fue un movimiento suave, un temblor como los que a diario ocurren, las paredes se estremecieron y lo hicieron aún más cuando el temblor agarró algo de fuerza y en vez de aplacarse continuó y continuó, cada vez más despierto. Cerré la llave del agua, miraba el techo sin razón, como si el origen de todo ese movimiento estuviera en él. Fueron 20 o 30 segundos en que esperé que amainara el movimiento. Siempre esperé la llegada del terremoto, nunca había vivido uno, pues el de 1985 me encontró muy lejos de la zona central y sólo sentí el temblor de costumbre. Un terremoto, pensaba, debe ser de aquellos fenómenos naturales dignos de vivir para contar a la posteridad, una tontería, por supuesto, pero la tontería se hacía realidad.

El movimiento se hizo más anormal, más persistente, más fuerte. Fui a la escalera y comencé a subir rápidamente, el movimiento continuaba.
Carol ya tenía a Antu en brazos y empezaba a bajar, casi chocamos en la escalera. ¡Baja, baja!, me decía, yo quise afirmarla, tomar al hijo, pero sólo entorpecía el paso así es que comencé a bajar los peldaños, seguido de ellos. A media escalera se desató toda la furia. Jamás pensé que la tierra pudiera moverse así. La violencia del movimiento cortó la luz, Carol comenzó a gritar, el ruido de los muebles desplazados no ayudaba a recobrar la calma, estábamos en medio de todo y no podíamos avanzar pues el movimiento nos tenía detenidos a mitad de la escalera. Comenzaron a caer los cuadros, los libros, los objetos, los vasos, los platos. El ruido del terremoto era el ruido de los objetos que caían alrededor de nosotros. Avancé peldaños abajo como pude, Carol me seguía como podía, a ciegas, los vidrios se quebraban arriba, abajo y junto a nosotros, la oscuridad era total y no paraba y no paraba. Choqué con la biblioteca, pisé vidrios quebrados, llegué a la puerta y trataba de calmar a Carol que gritaba pidiendo que todo terminara, ella estaba totalmente descontrolada y afirmaba a Antu con todas sus fuerzas. Me costó mucho abrir la puerta, la negrura de la noche en movimiento nos saludó, no sé cuántos segundos o minutos pasaron. La tierra comenzó a serenarse lenta y sostenidamente. Carol aún lloraba. En casa de sus padres, que queda junto a la nuestra, salieron todos y todos estaban bien. Yo esperaba que el epicentro no hubiera sido muy lejos, de ser así la fuerza del terremoto sería mayor en otro lado y eso sería terrible para la pobre gente de ese lugar. Intenté recordar donde tenía velas y encendedor. A ciegas caminaba, pisando los vidrios y los objetos caídos. Logré encontrar y encender una y el espectáculo era deprimente en el primer piso. Todo estaba por el suelo, pareciera que un ser poderoso hubiese sacudido con toda su rabia nuestra casa y se hubiese luego marchado sin dar explicación.

Esa noche no dormimos. Las primeras dos horas fueron de soledad, silencio y oscuridad total. No sabíamos nada de nadie y las noticias que escuchaba en el pendrive eran confusas y se atropellaban unas con otras. Todo el mundo coincidía en la enorme magnitud del terremoto y en que el epicentro estaba ubicado en algún punto de la querida Concepción. Pudimos haber estado allá pensé, y un temblor no ya de tierra me estremeció. Luego la confusión fue dando pasó a noticias más y más dramáticas. Comenzó a circular una lista inicial de muertos y desaparecidos, un hombre lloraba desde Cobquecura diciendo que todo su querido pueblo se había venido abajo, otra gente desesperada por no saber nada de sus familiares, yo llamaba y llamaba desde el celular a todo el mundo pero la telefonía celular estaba totalmente colapsada, la noche avanzaba tan desesperantemente lenta que ahogaba hasta que casi imperceptiblemente una fina claridad comenzó a envolver el entorno. Luego vendrían las imágenes de mayor horror, el maremoto, los muertos, desaparecidos, los saqueos, la desesperación de la gente, el dolor, el drama de pueblos enteros, las negligencias y los actos de heroísmo, la historia, que se abría paso en medio de la destrucción, el eje de la tierra que, una vez más, había cambiado su dirección.

viernes, 18 de febrero de 2011

LEO MASLIAH, SIEMPRE UN AGRADO

Leer o escuchar a ese genial creador uruguayo es siempre revitalizador. Su prosa devela el absurdo que acompaña cada uno de nuestros pasos urbanos, cada una de nuestras acciones, nuestras manías, nuestros modos, ese universo particular cargado de imágenes comunes que nos hace reconocernos como americanos en cualquier parte, qué importa que al metro le llame el subte o a un lápiz birome, sabemos que habla de la misma gran cosa que a todos nos pertenece, esa ansia profunda de mirar al mundo con ojos particularmente abiertos, como los de un niño que contempla extasiado el nacimiento de un nuevo día sobre su atalaya de piedra. Les dejo un texto que él recita muy bien y que se llama "A la fuerza no" y algunos videos para que los disfretemos. La web está muy bien documentada con textos, música y videos suyos por si nos interesa adentrarnos en su imaginario y hacer el sano ejercicio de encontrar similitudes.

A LA FUERZA NO
"Había una vez un país donde los obreros y los empleados ganaban sueldos muy bajos, los jóvenes no podían conseguir trabajo y debían emigrar, los alquileres estaban muy por encima de lo que la gente podía pagar, las jubilaciones no alcanzaban para nada y además había que mendigarlas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después perderlas a manos de los rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salían de cobrar.

Un día, ese país, cuyo gobierno había sido elegido democráticamente, cayó bajo la tutela de una dictadura que obligó a los obreros y a los empleados a ganar sueldos muy bajos, impidió que hubiera trabajo para los jóvenes, forzándolos a emigrar, impuso alquileres que estaban muy por encima de lo que la gente podía pagar, y jubilaciones que no alcanzaban para nada, y que además debían ser mendigadas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después ser arrebatadas de manos de sus poseedores por rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salían de cobrar.

Pero los habitantes de ese país opusieron una tenaz resistencia al gobierno de facto, acabando por derrotar a los dictadores, y dejándoles bien clarito que, si era una cuestión de vivir mal, había que hacerlo por propia voluntad, y no porque a un puñado de capitanejos se les antojara. Conquistada la restauración democrática, entonces, y sobre las ruinas dejadas por la dictadura, nuestros héroes se abocaron minuciosa y concienzudamente a la construcción de un país donde los obreros y los empleados ganaran sueldos muy bajos, los jóvenes no pudieran conseguir trabajo y debieran emigrar, los alquileres estuvieran muy por encima de lo que la gente pudiera pagar, las jubilaciones no alcanzaran para nada y además hubiera que mendigarlas haciendo horas y horas de cola frente a la caja, para después perderlas a manos de los rapiñeros que a su vez hacían cola para esperar a los viejitos que salieran de cobrar".

LA TRAGEDIA DE IR A VER EL TITANIC


POETA NEURASTENICO>

martes, 8 de febrero de 2011

MENTES PELIGROSAS

La mente es un músculo peligroso. Un músculo que cuando entra en acción nos permite rebelarnos contra toda forma de opresión, evidente o soterrada, convertirnos en insumisos, abandonar la obediencia ciega, tomar nuestras propias y profundas decisiones, más allá de la moda, más allá de la imagen parcelada de sociedad que la televisión nos instala en la retina día a día, segundo a segundo. Cuando nuestra mente entra en acción con todo su potencial, tiemblan los cimientos del antiguo-nuevo orden, nos tornamos peligrosos, políticamente incorrectos, destemplados, hiperventilados y otros tantos eufemismos que ocultan lo único verdadero: que nos hacemos dueños, por fin, de nuestras ideas… y comenzamos la lenta tarea de recuperar nuestras acciones.

La cinta Mentes Peligrosas, una más de aquellas que presento en CINE-PEDAGOGÍA, nos instala varias premisas interesantes de ser analizadas y puestas en práctica en nuestro cotidiano Hacer Pedagógico. En primer lugar nos sitúa en un contexto complejo de extremos socioculturales en los cuales las carencias sociales, la marginalidad y la falta de perspectivas son el caldo de cultivo para el hastío, la inercia, la violencia innecesaria, la pérdida del tiempo, el Ser y Estar sin sentido, el vivir en la superficie, mirando con muy poca profundidad lo que ocurre con nuestra vida y nuestro entorno, nuestro habitus que nos nutre y nos hace actuar de determinada manera, aún sin tener plena conciencia de nuestras decisiones.

Una vez más es la labor del educador, en este caso encarnado por la siempre dulce Michelle Pfeiffer, devenida en la primeriza maestra de literatura inglesa Louanne Johnson, la que logra estremecer a los estudiantes y les devuelve la capacidad de conducir sus propias vidas y de tomar decisiones estructurales.

La maestra deberá enfrentar el fracaso de otras profesoras, deberá sobreponerse a su propio fracaso inicial y buscará “encantar” a sus estudiantes a través de algunos ejercicios de karate y enseguida aplicará un método bastante poco convencional: los hará leer poesía de Bob Dylan y Dylan Thomas (y con eso ya se ganó varios cielos) y conectará las letras de esos poemas con su vida cotidiana. Del mismo modo partirá aprobando a todos sus estudiantes, ellos solamente tendrán que mantener esa aprobación realizando los ejercicios entregados por la maestra. Se conectará con sus estudiantes en una dimensión afectiva a la que no estaban acostumbrados, visitará las casas de algunos, se ganará su confianza, hará un trabajo especial con el líder del grupo escolar, establecerá un sistema de recompensas por logros, instalará el concepto de “elección”, para que los muchachos y muchachas se reconozcan responsables de sus decisiones, instalará la idea de que la mente es como un músculo que mientras más se desarrolla, mayores proezas será capaz de lograr.

ALGUNAS CRÍTICAS
La cinta no es, probablemente, de las mejor logradas, en este ámbito del CINE-PEDAGOGÍA. El ritmo se pierde con facilidad, la intensidad dramática no convence del todo y hay otras cintas, que usando la misma carga argumental, logran un efecto mucho más completo en el desarrollo del mundo interior de los personajes (baste sólo recordar “Escritores de la Libertad”. Del mismo modo, algunos podrán discrepar abiertamente del excesivo apego a las estrategias conductistas (sistema de premios-incentivos según logros, etc.) En fin, siempre habrá leños sueltos para alimentar esta hoguera.

Yo recuerdo que hace algunos años implementamos en una escuela que ayudé con todo mi amor de educador a levantar, y de la que fui ignominiosamente expulsado luego de 5 años de ejercicio docente, un sistema de trabajo que consistió en abandonar lo más posible el uso de notas en las calificaciones. Comenzamos a usar otros criterios: Logrado, medianamente logrado, etc. pero no usamos notas. A los estudiantes les pareció algo raro el sistema, muchos querían ver sus 7 en franca competencia con las notas de los otros, pero en el fuero interno de los mayores, creo yo, ya estaba instalada la idea de que a escuela nueva con profesores locos como nosotros, cosas locas como la carencia de notas debían pasar. Los que no nos perdonaron la audacia y no nos dejaron continuar con el plan fueron los padres y apoderados, ¡cómo podía habérsenos ocurrido esa bestialidad!, Recuerdo también con exacta claridad que esos mismos padres juzgaban la seriedad de una clase por la cantidad de hojas colmadas de materia que los niños se llevaban a casa, la proporción era la siguiente: a mayor cantidad de materia en el cuaderno, tanto mejor era la clase; mientras menos materia e información en los cuadernos, mayor posibilidad de dudar de la seriedad y calidad del maestro. Nosotros, que destinamos gran parte del primer año a resolver otros problemas anexos a los procesos de aprendizaje tradicional (motivación, establecimiento de lazos afectivos, reencantamiento con la educación y la institución escolar, establecimiento de acuerdos de convivencia, reconfiguración de la figura del maestro a la que la mayoría de los jóvenes simplemente odiaba luego de tantos malos tratos recibidos por los malos educadores, reconfiguración de sus sensaciones de logro luego de tantos y tantos fracasos, en resumen, muchos ejercicios alternativos y sociopedagógicos y menos materia en los cuadernos, es decir, mucha crítica por parte de algunos apoderados.

A veces, el mayor desafío para un educador no está precisamente al interior de la sala de clases sino en el espacio circundante. Para la profesora Johnson se tradujo en la muerte de un joven en virtud de la distancia insalvable entre la dirección de la escuela y los estudiantes y, por cierto, en el cero interés que su propuesta pedagógica despertó en la abuela de unos jóvenes que abandonaron su clase; para nosotros pese a aquellas iniciales críticas, se tradujo en un mayor compromiso de trabajo, cargado de pasión y amor por el camino que creíamos correcto.

FICHA TÉCNICA DE LA CINTA
NOMBRE: Dangerous Mind. Mentes Peligrosas (ESPAÑA). Escuela del Vicio (MEXICO)
DIRECCIÓN: John N. Smith
PRODUCCIÓN: Jerry Bruckheimer, Don Simpson
DISEÑO DE PRODUCCIÓN: Donald Graham Burt
GUIÓN: Ronald Bass
FOTOGRAFÍA: Pierre Letarte
MONTAJE: Tom Rolf
PAÍS: EEUU
AÑO: 1995
DURACIÓN: 96 minutos
ACTORES: Michelle Pfeiffer como Louanne Johnson, George Dzundza como Hal Griffith, Renoly Santiago como Raúl Sanchero, Wade Dominguez como Emilio Ramírez, Bruklin Harris como Callie Roberts, John Neville como Salonero

VIDEO TRAILER DE LA CINTA



BOB DYLAN - MR TAMBOURINE MAN



MR TAMBOURINE MAN
Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
No tengo sueño y no voy a ninguna parte.
Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
En el cascabeleo de la mañana te seguiré.

Aunque sé que el imperio
De la tarde ha vuelto a convertirse en arena,
Se ha desvanecido entre mis manos,
Me ha dejado a ciegas, de pie, pero sin dormirme aún.
Mi abatimiento me asombra, estoy plantado en mis zapatos,
No hay nadie a quien tenga que ver
Y la antigua y vacía calle está demasiado muerta para soñar.

Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
No tengo sueño y no voy a ninguna parte.
Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
En el cascabeleo de la mañana te seguiré.

Dame una vuelta en el torbellino de tu nave mágica
Me han despojado de mis sentidos, mis manos no sienten al apretar,
Los dedos de mis pies demasiado entumecidos para caminar,
Esperan solo a las suelas de mis botas
Para empezar a vagar.
Estoy listo para ir a cualquier lugar,
Estoy listo para desvanecerme
En mi propio desfile, lanza el hechizo de tu baile hacia mí,
Prometo seguir bajo él.

Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
No tengo sueño y no voy a ninguna parte.
Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
En el cascabeleo de la mañana te seguiré.

Aunque puedas oír la risa, girando,
Balanceándose locamente a través del sol,
No está dirigida a nadie, simplemente escapa a la carrera
Y, excepto el cielo, no hay ningún cercado a la vista.
Y si oyes rastros borrosos de un saltarín carrete de poesía
A tiempo con tu pandereta,
No es más que un harapiento payaso ahí detrás,
Yo no le prestaría atención,
No es más que una sombra lo que ves que él persigue.

Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
No tengo sueño y no voy a ninguna parte.
Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
En el cascabeleo de la mañana te seguiré.

Después llévame desapareciendo
A través de los anillos de humo de mi mente,
Hasta las neblinosas ruinas del tiempo,
Más allá de las hojas congeladas,
Los embrujados, asustados árboles,
Fuera, a la playa ventosa,
Lejos del estrafalario alcance de la loca tristeza.
Si, a bailar bajo el cielo de diamante,
Moviendo libremente una mano.
Silueteado por el mar, rodeado por las arenas del circo,
Con todos los recuerdos
Y el destino conducido profundo bajo las olas,
Déjame olvidarme de hoy hasta mañana.

Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
No tengo sueño y no voy a ninguna parte.
Hey! Mr. Tambourine Man, tócame una canción
En el cascabeleo de la mañana te seguiré

miércoles, 26 de enero de 2011

LA MISION DE UN HOMBRE

Un hombre es un hombre
en cualquier parte del universo
si todavía respira.
No importa que le hayan
quitado las piernas
para que no camine.

No importa que le hayan
quitado los brazos
para que no trabaje.

No importa que le hayan
quitado el corazón
para que no cante.

Nada de eso importa,
por cuanto,
un hombre es un hombre
en cualquier parte del universo
si todavía respira

y si todavía respira
debe inventar unas piernas,
unos brazos,
un corazón,
para luchar por el mundo.


JOSE MARIA MEMET
(del libro: Cualquiera de Nosotros, 1980)

miércoles, 12 de enero de 2011

VERSOS A LA SICOLOGÍA COGNITIVA

Huyo del fuego. Mi cerebro despierta, se abren viejas esclusas y la información galopa por mi sustancia gris como un caballo desbocado. Todo está claro, todo está clarísimo, soy capaz de ver las palabras en mi cerebro con anticipación al discurso de mis labios. He aprendido a desarrollar algunos aspectos de la Programación Neuro Lingüística, mi memoria visual funciona a la perfección, soy un memorión visual, todo navega en tanto imágenes de situaciones por el mar incandescente de mi memoria. Toda mi memoria no es más que una serie de imágenes que se siguen unas a otras como en un carnaval de cine. Imágenes tras imágenes formando conceptos y nociones que dan paso a la conformación de los grandes paradigmas contemporáneos. Las ideas en forma de imágenes anteceden a las palabras en estos días y yo aprendo como un salvaje necesitado de emoción y acción y nuevas ideas y novedosas posibilidades para el despertar cognitivo. Soy un salvaje cognitivo, me cuelgo del brazo de la construcción de pensamiento.

Reformulo mis esquemas mentales. Readecúo mi Sistema de Representaciones, los símbolos se hacen eco de mis palabras, las imágenes se cruzan y se conviertes en ideas que fluyen unas y otras en una marea que va a desembocar a un gran mar de cognición, y el mar está tranquilo, calmo, como la claridad lunar de esta noche y de la noche pasada. La luna es un esquema previo que mañana será superado por el esquema solar y luego por el esquema de la lluvia y ese esquema será determinante para la conformación de nuevas estructuras mentales y así todas las piezas se conjugarán en una orgía dialéctica y escatológica.

Yo navego, yo discrepo con los fantasmas del miedo y ya no tengo miedo, poderoso me alzo en cuerpo y mente, hiperclaro, hiperlúcido, mi dedo se alza presuroso y señala el día de mañana que me aguarda sereno para echar a andar. Todo está bien entonces, todo ha de seguir su curso indiscreto y yo colocaré una nueva estrella en el cielo de mi sencilla historia.


jueves, 6 de enero de 2011

ESCRITORES DE LA LIBERTAD

Este film, al igual que la mayoría de los que aquí presento en CINE PEDAGOGÍA, mantiene la clave, la matriz argumentativa que se repite, aunque siempre con leves o profundos matices, de un curso insoportable, el que a la llegada de una nueva profesora o profesor logra modificar su conducta y transformarse en un curso modelo. Los matices lo dan la raíz “basado en hechos reales” y los altos índices de violencia, discriminación y segregación que vivían a diario los estudiantes con los que comienza a trabajar esta maestra.

La trama es sencilla, entonces. Erin Grunell, una profesora recién titulada, interpretada por la siempre sugerente Hilary Swank, sin experiencia pedagógica previa, con un padre millonario que esperaba “algo más de ella” que trabajar de profesora y un marido casi arquitecto que nunca terminó de titularse, llega a la Escuela Wilson en la zona de Long Beach. La escuela, de alto nivel y buena fama, obligada por las autoridades educativas del condado debe implementar un programa de estudios integrado, es decir, debe acoger a estudiantes de sectores vulnerables, algo así como que al Instituto Nacional se le obligue a aceptar a estudiantes (no los mejores) de algún colegio municipal de La Pintana, o de un CEIA, o de los Talleres Pre vocacionales o etc. Algo a todas luces interesante, que de hacerse sería un experimento al que habría que prestarle atención y que, en gran medida, rompería con la lógica de exclusividad y segregación que se plantea al elegir sólo a los mejores… Así cualquiera…, en fin.

La profesora va con toda su energía, con todas sus ganas de crear cosas nuevas y ser un aporte. El problema es que aparte de sus ganas no tenía más conocimiento de la realidad ni más comprensión de las tensiones sociales en la que se movían sus estudiantes que un ciudadano común. El choque con la realidad es violento, brutal. Muchos y muchas educadoras, en ese momento de tensión máxima, deciden dar un paso al costado, se reconocen incapaces de generar un trabajo en esas condiciones, comienzan a desarrollar una postura derrotista y buscan y encuentran culpables donde sólo hay víctimas. Ella está hecha de otra madera, de aquella que tanto necesitamos hoy en día. Ella mira más allá de lo evidente. Ella es capaz de conectarse con toda su energía y pasión con la pasión y la energía de sus estudiantes. Ella deja de lado el concepto de la profesora que da sólo y tan sólo su clase para asumir la acción pedagógica con toda su complejidad.

Para generar movimiento pedagógico en situaciones de alta vulnerabilidad como la de la cinta, es necesario algo más que la materia que está dormida en los libros, es necesario involucrarse con los estudiantes, penetrar en su sistema de representaciones, escuchar y escuchar, compartir sus necesidades, caminar con ellos por las calles de sus barrios, hacerlos reconocerse, hacer que miren en lo profundo de su ser, que observen de manera crítica su realidad. Ese paso trascendental establece la profunda diferencia entre un profesor que mira su trabajo en perspectiva y le otorga a la educación una carga poderosa de movilidad social y aquellos que sólo hacen su trabajo.

La maestra Grunell, a través de sencillos y concretos juegos, hará que sus estudiantes vean no a través de sus diferencias, que ellos marcaban hasta el cansancio, sino a través de los elementos comunes a toda vida de pobreza. En ese sentido les otorgará una perspectiva de grupo que nunca antes habían tenido. Las diferencias exteriores (color de ojos, de piel, origen racial) se anulaban en las similitudes de lo cotidiano, en la violencia que todos padecían a diario, en la pobreza y sus consecuencias, en la marginación compartida en aquella bendita tierra de la leche y la miel. El hilo conductor que atraviesa toda la cinta está determinado por una comparación respecto de los horrores provocados por la ”pandilla” de los nazis y su propia vida de pandilleros, por la lectura de “El diario de Ana Frank” y por su propio trabajo de escritura en cuadernos que la profesora les regala para que narren lo que se les ocurra. La experiencia resulta ser todo un éxito, tanto que se extrapola al aula, creando la profesora y sus estudiantes una Fundación, con el objeto de dar a conocer el método pedagógico que la profesora implementó con sus estudiantes.

FICHA TECNICA DE LA CINTA

NOMBRE: Freedom Writers. Diarios de la Calle o Escritores de la Libertad
DIRECCION: Richard LaGravenese
AÑO: 2007
GUIÓN: Richard LaGravenese; basado en el libro “The Freedom writers diary” de Freedom Writers y Erin Grunell
PRODUCCIÓN: Stacey Sher, Danny de Vito y Michael Shamberg
FOTOGRAFÍA: Jim Denault
MÚSICA: Mark Isham
MONTAJE: David Moritz
DISEÑO DE PRODUCCIÓN: Laurence Bennett
VESTUARIO: Cindy Evans
INTERPRETES: Hilary Swank (Erin Gruwell), Patrick Dempsey (Scott Casey), Scott Glenn (Steve Gruwell), Imelda Staunton (Margaret Campbell), April Lee Hernandez (Eva)

VIDEO ESCRITORES DE LA LIBERTAD 1


VIDEO ESCRITORES DE LA LIBERTAD 2



MÁS INFORMACIÓN RESPECTO DEL PROYECTO

http://miheroe.org/hero.asp?hero=Erin_Gruwell
http://www.scribd.com/doc/16466936/Los-Escritores-de-La-Libertad

martes, 28 de diciembre de 2010

CARTA ANTIGUA UN DÍA DESPUES DE LA LLUVIA

Yo aún dormía. Creo haber dormido durante mucho tiempo y el tiempo tuvo que disolverse en el mar insondable de mi sueño. Ahora escucho a Bach, ese alemán irremediable dueño de violas y de antiguos órganos y clavicordios silvestres. Pero en aquel instante del tránsito entre el sueño y el mundo de este mundo o como lo hubiese dicho Carpentier entre el reino del otro mundo y el reino de este mundo una delicada filigrana, una melodía de cristales en extinción tras una violenta sacudida, un siseo delicado agitaba mis poros.

Tardé unos breves segundos en entender que aún la persistencia de la lluvia golpeaba la fría dureza de mi techo. Me di vuelta hacia el norte en la cama intentando abrir la ventana. Ahora mi cama da la espalda al este, cosa nada grata por cierto. No te lo he dicho antes, pero nuestra puerta de entrada al hogar debe apuntar siempre hacia el este, hacia donde el sol dispara sus dardos mañaneros, acabando en esa guerra gloriosa y secular de la cual hemos conversado, con cada uno de los brillos estelares, iluminando todo a su paso, venciendo a la oscuridad, iniciando una vez más el complejo ciclo de los días y de las noches en su eterno girar y girar. Corrí ligeramente la cortina, la lluvia formaba un riachuelo que se precipitaba callejuela abajo. Una lluvia tibia y deliciosa que terminó de despertarme. Sentí la voz de mi madre que preguntaba por los vivos tras el diluvio de la noche y de la mañana que nos despertaba en su humedad de mujer excitada y dispuesta a dar todo el amor al hombre indicado. Yo estaba vivo y grité mi nombre al polvo que habita en el viento. Estaba más vivo que nunca esta mañana. Hasta la incómoda molestia en mi garganta había desaparecido y sólo mi nariz acusaba el paso de esta particular gripe de comienzo de temporada. Mi madre preparaba un desayuno para mí tras comprobar que estaba aún respirando, que había sido capaz de sobrevivir un día más, una mañana más. Severa, me planteaba sus preocupaciones. Y yo la escuchaba risueño pero, en el fondo de mis cavilaciones, lo que escuchaba era ese maravilloso canto danzando mágica y alborotadamente sobre el techo de mi casa.

Acá ahora suena la Sonata Número 11 en MI BEMOL MAYOR de Pietro Locateli, no es broma, es así la cosa. En mi habitación despiertan al mundo todos los violines que te puedas imaginar, todo es alegría y mi cabeza sigue el ritmo primaveral y delicado de las cuerdas que vibran en un canto de amor y gozo tras la lluvia de toda esta mañana. Pietro Locateli. Pedro el Loco, El LOCO, “LE MAT”, el viajero incansable en esta tierra sin rumbo. El Argonauta, uno de los habitantes de esta nave movediza llamada Argos, o quizás planeta Tierra, o quizás vida, o quizás días intentando hilvanar un poco de cordura en medio del caos.

Ha sido un grato día. No he hecho prácticamente gran cosa. He dormido un poco más de lo acostumbrado, he visto televisión y he leído algunos viejos textos en los cuales te declaraba mi humano amor de hombre imperfecto. He visto los rayos del sol traspasar el denso follaje de las nubes. Luego he visto cubrirse el cielo una vez más. El planeta está vivo y respira cadenciosamente tras la lluvia. Su cadencia es tan perfecta que se asemeja al vaivén maravilloso de tu pecho luego de hacer el amor y mirarnos como el primer día. Nada ha cambiado desde entonces. Todo se ha profundizado entre nosotros, como si no fuésemos más que dos sombras del mismo árbol, cuyas raíces buscan en la profundidad de la tierra el sustento dulce del agua bienhechora.

Estar contigo la noche de ayer fue muy agradable. Hablamos durante un largo rato encaramados sobre la Kia aquella. El viento golpeaba el vidrio con vigor. Desde aquella circunstancial atalaya podía ver las finas copas de los árboles de ese pequeño bosque que siempre me mencionas. Tú andabas anoche un poco delicada y yo andaba bastante mal también. Mi garganta estaba imposible y mi nariz se había obstruido por completo. Me hacías recordar los días de mi infancia, mi niñez, los días duros aquellos y toda mi humana, honesta y precoz indignación por las cosas vividas. Me preguntaste si alguna vez había llorado al acostarme o si me había dormido llorando. Muchas veces, te respondí. Sentí el estremecimiento de tu corazón y la pena que aquello te provocaba. Yo también me sentía un poco sensible. La ventisca iba y venía, iba y venía como una niña traviesa. Todos los árboles agitaban sus pliegues en medio del viento enérgico de la noche que cada vez se cerraba más y más sobre nuestro suelo bendito.

De verdad viví momentos duros y muchas privaciones. Mi única forma de resistencia fue la lectura y una pasión por la vida que fui construyendo de una forma muy precaria en medio del barro de los inviernos. Los libros se transformaron en mi tabla de salvación, en mi paisaje lunar. Fueron mi esperanza, mi mundo pasajero, mis planetas, mis galaxias, mi amor más sentido y fiel. De los libros cobraban vida todas mis musas intocables. Todo mi lenguaje, todo mi despliegue escénico, todas mis palabras provienen de los libros. No me di cuenta entonces, pero empecé a construir un lenguaje, un imaginario, un presente cultural basado en los formatos clásicos de las novelas latinoamericanas, con un despliegue poderoso de palabras y una imaginación trabajando de manera ardorosa como si se tratara de una gran fábrica, de una usina inagotable de ideas que armaban y desarmaban el lenguaje aquel que me acercó un poco más al mundo. Los libros fueron los constructores de mis sueños y de mi realidad. Me señalaron el camino que seguía nuestra especie en medio del caos galáctico. Me dieron luz en medio de la oscuridad de un barrio marginal. Leía y leía. Noche y día. Verano e invierno. Bajo la frondosa sombra de un árbol un día luminoso de noviembre por la tarde, o protegido por el nervioso párpado de una vela los días en que se cortaba la luz en mi viejo barrio. A veces, casi siempre los fines de semana, sentía las balaceras no muy lejos de mi habitación, los gritos, las peleas entre las pandillas, los golpes y la violencia gratuita que se sumaba a una violencia mucho más profunda que sufríamos todos por igual en los días tristes de la dictadura en nuestros barrios.
Los perros ladraban al polvo del viento. Yo leía intentando mantener la concentración y el hilo conductor de mis relatos. Luego, al otro día, el mundo me sorprendía con su belleza pese a todo y caminaba como un poseso, intentando ubicarme en el contexto de lo cotidiano. No sabía dónde diablos se encontraba mi sitio. Caminaba como un hombre eléctrico buscando el punto de origen de las señales de radio que bullían en mi corazón. En el aire danzaba un lenguaje mágico que sólo yo observaba. Todas las cosas tenían un sentido pero había que determinar el punto de origen de ese sentido. Me sentía como un inmenso radiotelescopio escrutando la vastedad infinita del espacio, buscando alguna señal de vida, un pequeño foco de subversión en medio de un orden inalterable, una tenue llamarada de esperanza en medio de la oscuridad glaciar de una rutina que cada día me asfixiaba más y más. Sabía, entonces, que había un sentido profundo, que todas las cosas y todas las acciones y todas las vidas tenían un sentido. Bastaba sólo dar un pequeño paso intelectual para encontrar mi propio sentido, mi propia fuente de luz, mi propia señal intergaláctica, el punto de origen de todas las respuestas a mis interminables y humanas dudas de poblador existencial del planeta.

No lo supe entonces y tal vez ahora todavía no lo tengo tan claro, pero habría de caminar mucho y caer muchas veces en medio del fango de los días, y habría de hundirme muchas veces en mis propios devaneos de borracho insoportable para obtener tan sólo una mínima fibra de luz, una minúscula porción de paz en medio de la guerra florida de los años, o como diría Henry Miller con su lenguaje particular, habría de atravesar ríos y ríos de mierda para encontrar un germen de realidad, un puto y bendito germen de realidad. Yo viví y caminé en medio de esa mierda, y dormí en ella, hastiado y consumido por la angustia de tanto tiempo presente.

Todos hemos ido de vez en cuando al sacrificio, los años nos han jugado en contra muchas veces, pero la luz fue siempre aprender de cada día cosas útiles, cosas útiles a nuestro complejo sistema de ideas, cosas gratas a nuestro pusilánime corazón, cosas que nos hacen estremecer por completo, como un animal herido de pronto por una bala loca cuya procedencia es desconocida.

Creo que hay un punto insensible que simplemente nuestra especie tiene imposibilitado atravesar. Creo que todas las cosas están escritas en nuestros sueños pero tendemos irremediablemente al olvido y deformamos el lenguaje y multiplicamos los errores y no cerramos los ojos para ver a través del pulso cardiaco de nuestro corazón. Creo que mi corazón actúa como el gran catalizador de todos mis sueños. Creo que mi corazón emite una pulsación desconocida, como un radar de sensaciones, como el sonido que lanzan los delfines a la infinita consistencia del mar y que señala todas las posibilidades de movimientos posibles. Creo que estoy haciendo lo correcto al amarte como te amo y al dejar que tú me ames con esa misma intensidad. Creo y sé que comienzo a recorrer un camino infinito también, un sendero que estaba escrito más allá de la poesía y del tiempo, un viejo camino en el que sólo caben dos personas abrazadas, dos seres limpios, claros, honestos y con un amor a prueba de fuego y dispuestos a cualquier desafío de los días, creo y sé que tú y yo somos esas dos personas privilegiadas y creo y sé que ese camino maravilloso es la vida que nos aguarda, es un cuaderno en blanco que juntos vamos llenando con nuestra historia, es nuestro humano e imperfecto amor que se abre paso en medio del caos.





domingo, 26 de diciembre de 2010

EL ARTE CHAMÁNICO Y EL KULTRÚN SAGRADO

Definir hasta donde llegan los alcances de lo que es artístico y lo que no entra en este plano es una tarea ardua y no exenta de polémica. Las diversas escuelas de arte en el mundo y a lo largo de la historia han derramado demasiada tinta con respecto a este tema como para seguir ahondando aún más en el intrincado universo de las conceptualizaciones.

Sin embargo, no deja de llamar la atención y generar un cierto escozor el hecho de que ha sido occidente y sus numerosos teóricos de lo artístico los que han definido los parámetros y la esencia de lo que debe ser considerado como un producto o creación artística y han universalizado su mirada señalando que es arte lo físicamente placentero a los sentidos, lo cual hace factible la definición del arte como una creación estética destinada a recrear el ansia de la belleza y placer visual/espiritual de todo ser humano.

La anterior definición tiende, aunque no necesariamente en forma evidente, a excluir todas aquellas manifestaciones que escapan a lo meramente estético y se acercan al arte a través de caminos menos transitados.

SER ARTISTA EN LA ACTUALIDAD
En este sentido es interesante reflexionar con respecto al sentido que, desde la élite cultural, se le otorga al arte hoy en día, en plena era de la globalización de los mercados mundiales y cuando la figura de este particular artista, promovido y valorado por los actuales mecenas, se aproxima cada vez más a la de un agente funcional que replica las tendencias que el mercado le impone en lo que podríamos definir como un nuevo tipo de arte pop o posmoderno, si se me permite esta acepción. El artista Pos es un ser eminentemente solitario, que no forma parte de tendencia alguna, que no obedece a ningún patrón preestablecido ni se agrupa en torno a un sentido profundo de sociedad ni es movido por ideales colectivos, los viejos “metarelatos” que algunos ya dan por muertos o pasados de moda.

Una obra de hoy puede no guardar relación alguna con una obra hecha el día de ayer. El artista Pos realiza su obra sin otra motivación que la de Hacer su obra. El “hacer por hacer” se transforma en una práctica demasiado recurrida, lo observamos en los novelistas que se imponen horas de trabajo forzado para obtener algún producto artístico. El arte está concebido desde la óptica del trabajo. Es una instancia económica más en esta intrincada madeja mercantil. El artista ha perdido su humanidad o al menos un sentido profundo de humanidad en su HACER cotidiano; de esta manera es absorbido, sobreexigido, forzado a entregar un producto a la brevedad obligado a participar en fondos concursables a través de “proyectos artísticos” de acuerdo al esquema que le impone la élite que financia, evidentemente, aquello que se acerca a su perspectiva global de sociedad o a su visión antigua de lo que es la “experiencia artística”. El arte pierde total vinculación con la necesidad de transmitir algo más allá de lo que impone la exigencia de los poderosos.

LA ÓPTICA PRECOLOMBINA
El artista precolombino, tema sobre el que pretendo desarrollar este breve ensayo, también presenta sus complejidades, en primer lugar y de manera dramática porque no existe. Me explico antes de caer en el abismo de la incomprensión. El artista, tal y como lo concibe la lógica de relaciones y definiciones actual, no existe en el mundo amerindio. Las sociedades americanas, basadas en una relación comunitaria y en un profundo estudio y conocimiento de la naturaleza produjeron una variada, compleja y fecunda cantidad de objetos, En este tipo de culturas las artesanías que han capturado recientemente la atención de los críticos y artistas occidentales, influyendo en sus técnicas, motivos y plástica, se encuentran casi siempre dentro del ámbito ritual-religioso, es decir, la principal influencia o motivación para la producción artística amerindia fue la necesidad de representar el mundo de las cosmovisiones, de hacer objetivo ese aspecto inasible concerniente al ámbito religioso, de representar visual y físicamente ese mundo abstracto colmado de deidades y explicaciones sobrenaturales para regir la vida de las personas.

La capacidad de estudiar e interpretar los fenómenos de la naturaleza en el mundo amerindio se hizo parte integrante de la cultura y una de las necesidades fundamentales de toda cultura es la preservación, la transmisión de los saberes a las nuevas generaciones. De esta manera, la necesidad de transmitir la información recolectada o aprendida a lo largo y largo de tantas y tantas observaciones del mundo natural, se transformó también en una necesidad de trascender la rigidez del tiempo, una necesidad vital de perdurar, de ser reconocidos por otros en un futuro inminente.

El artista amerindio, a diferencia del culto al ego que vivimos en la actualidad, carece de nombre y apellido, es un artista anónimo que desarrolla su labor de manera armoniosa junto a otros. En las sociedades chamánicas todos los miembros de la comunidad participan de los rituales propiciatorios y en las rogativas. Cuando las sociedades se complejizan y surgen las estructuras rígidas de los Estados, siguen siendo todos los miembros de la comunidad los que construyen los templos, tallan la madera, decoran la alfarería, todos están capacitados para ejecutar los diseños de la cestería, todos labran la piedra, todos participan de los ritos.

El rito convoca al mundo amerindio. El rito es el acto de comunión entre el mundo de los seres humanos y el complejo mundo de las divinidades, es el momento en que la comunidad se encuentra, se reúne en torno de sus guías: El Chamán de las sociedades preestatales, con una relación basada en la horizontalidad con las divinidades; o el sacerdote y su verticalidad, sumado al poder basado en el temor y su alianza sempiterna con el poder político y militar.

El Chaman conecta nuestro mundo con el mundo de los seres superiores, sugiere, da pautas de organización, señala posibles futuros, aventura posibilidades que debemos colapsar o no según nuestro criterio. El sacerdote, en cambio, se arroga el derecho de representar a la divinidad, ordena, obliga a seguir una forma de ser, establece leyes, decálogos, coarta, impone su cosmovisión a los pueblos derrotados por la maquinaria militar de sus emperadores... Estos dos personajes, cada cual con su universo paradigmático se cruzarán en el camino y muchas veces chocarán violentamente.

El chamán casi desaparecerá de nuestro continente tras la invasión de los conquistadores europeos, pero los sobrevivientes proseguirán su silencioso trabajo de recuperar la cultura y los saberes ancestrales, y en este sentido asumirá el trabajo artístico, la producción de artefactos, utensilios, herramientas, instrumentos. Elaborará tejidos, pintará sobre la piel de animales, sobre los muros de las cavernas, esculpirá las piedras, construirá relojes, tallará la madera y todo, bajo un estricto sentido religioso. El arte amerindio, entonces, es sin lugar a duda alguna, no sólo popular –hecho para todos- sino esencialmente religioso, a saber: un arte cuyas motivaciones son casi siempre sagradas. El arte amerindio reproduce, sin remordimiento alguno, las pautas de acción de la cultura particular que es capaz de generarlo. El producto artístico lleva implícito el resabio de símbolos que son reconocidos por los miembros de la comunidad. El arte indígena de las sociedades americanas se manifiesta principalmente como un medio y nunca como un fin en sí mismo, como un medio para conectar el mundo de nuestro plano de la vida con el mundo de las divinidades. En este contexto el chaman nos impregna con su carga de símbolos y un complejo lenguaje basado en las imágenes. El despertar icónico de América, cargado y sobresaturado de connotaciones visuales, va de la mano de esta preponderancia chamánica que proseguirá, al menos en lo que a producción ritualística se refiere, aún luego de fortalecidos los primeros imperios, en Mesoamérica (cultura olmeca) y en la zona andina (cultura Chavín de Huantar).

En las sociedades preestatales, los antropólogos llaman “chamanes” a los expertos que se enfrentan directamente con lo supernatural. El chaman establece una vinculación con el mundo de los espíritus a través de un particular estado de trance. No lo mueve un intento de establecer criterios estéticos para su actuar. El chamán no estudia para ser quién es. El está investido de poder y debe aprender a ser consecuente con ese poder que le ha sido otorgado por los espíritus superiores.

La machi es la equivalente mapuche del chaman. El rol de “machi” está culturalmente constituido como intermediaria entre los mapuche y lo sobrenatural. La machi vela por el bienestar físico, mental y espiritual de su comunidad y en su cotidiano y complejo trabajo utiliza un elemento sagrado como es el kultrún. El kultrún es considerado el corazón, la vida, y a la vez el instrumento que puede dar o quitar la vida a otra persona. El sonido del kultrún es la voz y el piuke (corazón, sentimientos, pensamientos) de la machi y se habla del “latido” del corazón. El sonido monocorde del kultrún es el que transporta a la machi a ese particular estado de trance desde el cual puede obtener las visiones que le permitirán posteriormente ayudar a la comunidad. El kultrún es, entonces, el instrumento sagrado del mundo mapuche y en su confección se utiliza madera de canelo que es el árbol sagrado también. La machi una vez terminado el instrumento y sólo quedando una pequeña costura que cerrar de él, grita dentro de él con todas fuerzas y luego lo cierra. Se dice que en ese grito va el alma de la machi, razón por la cual si su instrumento cae en las manos inadecuadas peligrará la vida de la machi.

El kultrún, del mismo modo, representa semióticamente toda la cosmovisión mapuche. Es una suerte de pequeña computadora con datos cósmicos que le otorgan a su formación una lógica secuencial y una excelente fuente de información visual. Se dice, del mismo modo, que la machi recibe en sueños la forma en que ha de construir su kultrún, los colores que ha de usar y las formas geométricas que en su diseño deberá incorporar. Todo debe hacerlo en el más estricto de los secretos pues de lo contrario su poder se perdería.
El kultrún, con su base de cuero, y su otro extremo cóncavo es un instrumento que preserva con un rico despliegue de colores y formas las tradiciones ancestrales del pueblo mapuche. La machi probablemente no desarrolla un gusto estético ni busca el placer personal en la elaboración de su instrumento. Probablemente se encuentren en el otro extremo de la balanza las inclinaciones de la machi. Una vez más nos enfrentamos a una variada producción artística cruzada tangencial y directamente por un sentir religioso.

En este sentido podría aventurar una primera y prematura conclusión para ir acercándome al final del presente ensayo y esta conclusión señala que los referentes simbólicos de la vastísima, aunque del todo incompleta, iconografía precolombina en general y sur andina en particular pueden ser entendidos e interconectados a través de una matriz ritual-religiosa, que en esencia, es la razón fundamental de su creación. Es decir, la principal razón para la producción artística en nuestra América preeuropea está determinada por un profundo sentido de continuidad simbólica y religiosa, cuyas principales y reiteradas ideas se refieren al orden cósmico, la fertilidad, las divinidades o principios dominantes, el conocimiento de los elementos de la naturaleza y su orden profundo y sagrado. En este sentido, el kultrún, en el orden que establece la machi, nos remite a un sabio conocimiento que se traspasa de generación en generación

Por último, es interesante concebir la carencia de artistas que tiene nuestra América precolombina, de artistas al estilo occidental en realidad, pues los artistas americanos realizaron sus obras en el marco de una lógica ritualística de conexión con los seres superiores y no buscando una satisfacción personal y mucho menos reconocimiento individual, a juzgar por la falta de nombres de creadores en las grandes construcciones antiguas. El artista americano no hubiese concebido la frivolidad que hoy gira en torno al concepto de artista pues el sentido que le otorgaba a su trabajo hacía que este (el trabajo) trascendiera más allá de la propia vida del artista.

El creador americano quedó en el más completo anonimato y ahora sólo queda el silencio de las piedras para guardar los secretos ancestrales, aquellos secretos por los cuales se construyeron las imponentes pirámides de las grandes culturas estatales precolombinas, las líneas perfectas del desierto peruano en Nazca, los trazados llenos de misterio en las piedras de los Hopis, o los complejos y cargados de simbolismo, trazos de las machis en el sagrado cuero del kultrún. Nuestra misión es develar esos secretos, tocar el kultrún, convocar a los espíritus de los antepasados, ver la primera luz del amanecer, cargarnos de energía por la mañana, levantar los ojos y echar a andar rumbo al este sagrado.

BIBLIOGRAFÍA
• VACAS MORA, VICTOR. El Chamán y el artista, consideraciones sobre el arte amerindio. Universidad Complutense de Madrid..
• MUSEO CHILENO DE ARTE PRECOLOMBINO. El Arte Atacameño, universo de identidad en un pueblo precolombino. 10p.
• SALVAT EDITORES. Historia del Arte. Tomo primero. 1990.. Madrid. España. 6p.
• HARNER, MICHAEL. Alucinógenos y Chamanismo. Editorial Labor. Madrid. España. 7p
• BACIGALUPO, ANA MARÍA. Adaptación de los métodos de curación tradicionales mapuches.. Editorial Paesmi. Santiago de Chile. 1996. 3p.



domingo, 12 de diciembre de 2010

ALAN ÑANCO VIENE VOLANDO

Alan Ñanco viene volando desde muy lejos, desde una tierra antigua que no figura en los mapas y cuyas calles conducen hacia ninguna parte. Su voz se apaga en medio del vuelo. La dureza de sus ojos claros pierde toda consistencia. Ahora sólo es espuma, polvo en suspensión, humo gris, silencio incómodo tras el desgarrador grito ahogado por el fuego.

Eres un hijo de la tierra; eres un Águila sagrada, intocable y poderosa que todo lo observa con sus ojos perfectos; eres un hermano y tu tatarabuelo y mi tatarabuelo cabalgaron juntos en medio de la guerra antigua cuando los hombres morían en nombre de una libertad que no sabían explicar pero que entendían perfectamente. Ahora has olvidado hasta el susurro del viento en tu ventana de duros barrotes y asfalto térmico. Ahora ya no tienes que decir, te has quedado sin palabras, tus ojos inexpresivos han perdido la dureza de su rabia antigua. Ahora, en este estado de placidez antes del eterno retorno te entregas a la espera y te preparas para un nuevo salto hacia el tiempo de nuestro tiempo, aguardando una nueva oportunidad para aprender aquello que no pudiste aprender antes del fuego. Ahora eres sólo recuerdo y tu madre debe llorarte como una madre y tu padre ni debe saber que ya no estás y el espíritu de tus antepasados debe estar guiándote en ese largo viaje hacia la tierra del Huenumapu.
Eres un árbol, una hoja caída en desgracia, una raíz disléxica del tiempo, un trozo de tierra ancestral en medio del fragor urbano de una ciudad que no ama a sus hijos; eres el ruido de los sables en medio de la noche en un pasaje sin nombre de un lugar perdido de la periferia, allá donde se vive de prisa. Eres y eras.
Eras un árbol sin raíces y te secabas lentamente, sin saberlo. Eras un hombre alado, un águila con el poder de la clarividencia y todo cuanto soñabas se convertía en realidad, aún si no lograbas recordar nada al despertar. Eras un hombre de fuego y todo te conducía hacia él, irremediablemente. Eras un hijo de la tierra aunque eso poco significó para ti, pese a mis insistencias. Eras una posibilidad, un elegido, una partícula de carbono con un fiero corazón, una aventura por comenzar, una búsqueda, un aprendizaje, un camino que recorrer, una vida que merecía la pena ser vivida, quizás en otras condiciones, quizás con más dignidad. Eras... tan sólo eras otro muchacho más y ahora sólo eres el espacio vacío que deja la ausencia, la ceniza de tus pasos que el viento sur dispersa por la tierra nuestra.

(Breve homenaje a Alan Ñanco, uno de los 81 muertos en la cárcel de San Miguel, con quien compartí clases y conversaciones en CIP – CRC San Bernardo hace algún tiempo)

sábado, 11 de diciembre de 2010

81 MUERTOS EN NUESTRAS CONCIENCIAS

81 muertos es un golpe duro a nuestras conciencias, a la tuya, a la mía, a la de aquellos que suelen hacerse los sordos y culpar a otros, a la de todos. Todos somos en algo responsables. Todos tenemos algo que ver, todos hemos criminalizado en mayor a menor grado a estas personas y aceptamos las políticas de terror y sus ecuaciones y fórmulas siniestras: a mayor cantidad de delitos mayor cantidad de cárceles y condenas; mientras más jóvenes los delincuentes, más jóvenes los encarcelamos, acción/reacción (como decía el “profesor” de la cinta Los Coristas”; a una “causa” tan nefasta como el delito una consecuencia aún mayor como el presidio… Pero nos equivocamos de causa y consecuencia y por eso mismo esas políticas de represión y encierro están totalmente erradas.

Los medios de comunicación de circulación y escucha masiva, al servicio no de toda la ciudadanía, por supuesto, sino de sus dueños (que forman parte activa de la élite nacional), han terminado de instalar en la mirada de la opinión pública la idea del delito como una CAUSA de gran parte de los males de nuestra sociedad. Se criminaliza abiertamente a quien entra en conflicto con la justicia, se lo transforma en la lacra, en el agujero hediendo, pestilente al cual nadie quiere acercarse pero del que todos reclaman y despotrican y del que todos rehuimos. La sociedad, es decir TODOS NOSOTROS apuntamos con el dedo de inmediato al momento de acusar, de castigar, de ampliar las penas, de disminuir a los 14, a los 12, a los 10 años la responsabilidad penal adolescente, y si fueran muchos los delincuentes menores de 10 años, no trepidaríamos en encerrarlos recién salidos del útero de su madre… “hay que cuidarse de tanta bestia”, hay que castigar, encerrar, ejemplarizar aplicar la ley, privar de libertad.
Las víctimas de los delitos, evidentemente tiene sus justas razones para buscar castigo y reparación a lo vivido. Sólo ellos saben lo que es sentirse aterrados por una pandilla que penetra en el hogar y los torna total y absolutamente vulnerables. Sólo ellos saben lo traumática que resulta ser su experiencia, las palabras oídas, el miedo y la inseguridad, los golpes recibidos, la violencia brutal, los muertos, humillados, violentados en todas sus formas. No es que quiera minimizar ese dato, al contrario. Muchos de los que están privados de libertad saben que están pagando el precio de sus acciones, pero que precio de mierda están pagando algunos. Sólo dos mini reflexiones al respecto:

REFLEXION PRIMERA
En estricto rigor y apegado a toda la jurídica existente, el único castigo que como sociedad aplicamos a la delincuencia es la PRIVACION DE LIBERTAD. En otras palabras, el reo, el preso, debiese tener tan sólo un derecho el que, debido a su condena, no pudiese ejercer: el derecho a la libre circulación. TODOS los otros derechos están garantizados constitucionalmente. Entonces, encerrarlos en condiciones indignas, infra humanas, no es sólo un atentado flagrante a sus derechos humanos, también es una acción anticonstitucional y como tan debiese ser castigada y/ sancionada, como un delito de Estado, un delito de lesa humanidad, terrorismo de Estado para quien, por ejemplo, por vender discos piratas en la calle fue condenado a morir en la hoguera por la justicia actual de nuestra sociedad. La aplicación del estado de Derecho del que tanto se ha alardeado en otras ocasiones debiese también considerar este aspecto.
Una sociedad castigadora como la nuestra debe garantizar, al menos, una mínima condición de dignidad para sus presos, de lo contrario encerrarlos es un deleznable acto de lavarse las manos y entregarle al azar y la desventura el destino de estas personas. Mejor es que se maten entre ellos dicen algunas personas, las mismas que a veces salen de la misa del domingo por la mañana con el pecho henchido de orgullo cristiano. A veces ser consecuente es más doloroso de lo que se cree y ya debiésemos tener más que claro que encarcelar a medio país no es la solución de nada. Los índices a nivel internacional que ostenta nuestro país respecto de las condiciones de vida en nuestras cárceles, respecto de la cantidad de presos por habitante, respecto de las leyes que defienden a los poderosos y castigan implacablemente a quienes carecemos de solvencia económica, respecto de la repartición inequitativa de las riquezas, sólo debe llenarnos de oprobiosa vergüenza.

REFLEXIÓN SEGUNDA
Es en este último aspecto que se asienta esta segunda reflexión. Uno de los padres del concepto de Pedagogía Social, el alemán Adolf Diesterweg ya aventuraba a mediados del siglo XIX que no era tan sólo el joven infractor el que debía pagar por su delito, era la sociedad entera la responsable de generar las causas que impulsaron a ese joven a delinquir. En otras palabras, es la sociedad, encarnada en ese ser inasible y todopoderoso llamado Estado, la que debe garantizar a TODOS sus ciudadanos los derechos mínimos para vivir una vida en dignidad, debe velar por su seguridad, por su salud, su educación, un espacio sano y cómodo para vivir, áreas verdes para recrearse, sueldos decentes, seguridad laboral, trabajo cerca de su entorno familiar de tal forma de darle sentido a las 8 horas de trabajo, 8 horas de recreación, 8 horas de sueño, por la que pelearon y murieron nuestros abuelos y que hoy en día deviene tristemente en 6 horas de sueño, 10 horas de trabajo, 4 horas de movilización, 4 horas para ver los programas enajenantes de la televisión.
Resulta fácil castigar y sentirse cómodos y seguros con las cárceles abarrotadas de compatriotas, que viven en este mismo país pero sin contar con los más mínimos espacios de salud social desde su más temprana infancia, aún desde el útero de sus madres. Fácil es apuntar con el dedo, pero las causas estructurales que provocan que miles de chilenos prefieran o elijan o decidan delinquir, a falta de una mejor perspectiva, están intactas. Mientras no trasformemos radicalmente y desde los cimientos esta enorme brecha social y económica entre los más poderosos y los más desposeídos, es una realidad evidente e indesmentible que continuarán los delitos contra la propiedad privada y seguiremos y seguiremos encarcelando jóvenes y adultos y familias enteras que han sido formadas en esta particular escuela y de tanto en tanto, miraremos con lejanía como decenas de hombres, tan humanos y habitantes de este suelo como el que más, mueren y mueren, atrapados por esta sofocante maquinaria de la pobreza y la marginación de la que todos somos responsables, pero algunos más que otros...

jueves, 25 de noviembre de 2010

COSAS DEL FÚTBOL PARTE 3 DE 3

La verdad es que en el escalafón de los fanáticos del fútbol, en esta época soy tan sólo un tipo de tercer orden, un semi convencido sin mucho brillo, una voz que se pierde en medio del bullicio. La verdad es que no soy un fanático auténtico, nunca lo he sido. He mirado el fútbol desde el otro lado de la calle, desde la otra vereda, desde la otra esquina, sin la pasión que expresan otros y que los lleva a llenarse de abalorios y de objetos sagrados. La emotiva fiesta chovinista no había logrado alterar mi visión respecto del pan y del circo romano, el opio del pueblo, la fiesta barata del olvido, la enagenación perfecta para que los hombres y mujeres cotidianos olviden buscar a los responsables de sus problemas cotidianos.

El futbol era sólo Colo-Colo, pero Colo-Colo se convirtió en Sociedad Anónima y los socios honorarios dejaban mucho que desear. Uno de aquellos días de hace como 10 años atrás tuve la oportunidad de trabajar en la población “El Castillo”, para una fundación que se enriquecía a costa de jóvenes derivados de los viejos COD (Centros de Orientación y Diagnóstico) y tiempo Joven en aquella época lo era, las vueltas de la vida… Estuve un año entero en El Castillo, en la esquina de Batallón Chacabuco con Juanita, en pleno corazón del barrio popular, un barrio bravo, donde veías pasar a los muchachos con las escopetas hechizas a plena luz de día y en donde había líneas demarcadoras claramente establecidas que convertían el barrio en pequeños feudos. Desde calle Ombú hacia el sur era territorio azul, en aquella época eran los PINREB (Pintana Rebelde); de Ombú hacia el norte era territorio albo, ahí estaban los Peñis, los peñitos y otros especímenes más. Albos y azules enemigos implacables. Tuve la desdicha de ver un par de palizas hacia uno y otro lado, con fierros, puntas de fierros a modos de pequeñas lanzas, las mentadas hechizas, platinas, cadenas, cuchillos carniceros, revólveres 22 corto, palos con clavos de 4 en las puntas, una delicia a ojos de un amante de los deportes extremos. Para mí era un dolor de pueblo que no me podía explicar. Hijos de la misma clase matándose entre ellos mismos por el color de una camiseta, hermanos de miseria, de pobreza, de hacinamiento, convertidos en enemigos irremediables en un escenario ficticio e inentendible, en un barrio perdido de toda civilización.

Al igual que la Primera Guerra Mundial acabó de un cañonazo con el sentido de internacionalismo proletario, (es decir, la vieja cantinela de que los obreros no tenemos patria pues donde quiera que estemos, donde quiera que vivamos, somos igual de explotados y que, por lo tanto, la única opción de romper con nuestras cadenas era la unión, por sobre las fronteras impuestas arbitrariamente por el Capital) y la clase trabajadora de Europa se enfrascó en una guerra fratricida sirviendo los intereses de los poderosos en medio de un mar de arengas chovinistas, del mismo modo, estos hijos del rigor más extremo se valían del color de la camiseta de un equipo de fútbol para encontrarle sentido a sus vidas y, de paso, enfocar malamente su rabia en otros desdichados. Era mucho para mí, sobre todo al confirmar que mis precarios discursos y prácticas no hacían mella en convicciones mucho más profundas. “madres” y “zorras” eran enemigos desde tiempos inmemoriales y punto. No había más que discutir en ese aspecto que se instalaba en la memoria colectiva de los más pequeños como un saber fundamental y fundacional.

La anécdota de todo esto, si se puede considerar una anécdota, es que yo trabajaba en la zona que correspondía al lado norte de ese verdadero muro de Berlin popular, es decir en plena zona alba y me movía por todo el sector, visitando las casas de algunos muchachos, haciendo turismo en las clásicas ferias de cachureos, conociendo el barrio, pero tomaba micro en la zona azul, en calle Ombú con Juanita. En esa esquina había un mural, desgastado por el paso de las lluvias y las incursiones de kamikazes albos, con el rostro gigante del Che Guevara y una de sus frases clásicas: ”Dónde quiera que me sorprenda la muerte, bienvenida sea”. En invierno, yo salía del barrio de noche, ya no había luz solar y muchos de los focos habían sido apagados a piedrazos, era un barrio peligroso, violento en extremo, trabajaba con muchachos que eran de la barra de Colo – Colo, tomaba micro en la parada ubicada en el sector de influencia de la barra de Universidad de Chile, entre ellos había un odio a muerte y literalmente algunos ya habían muerto, el Che que me miraba con sus ojos cargados de historia, la noche que se tornaba demasiado fría y asfixiante, donde quiera que me sorprenda la muerte…, un grupo de muchachos de la barra azul que fumaban marihuana prensada en la otra esquina, la micro que no terminaba nunca de pasar en medio de mis frías cavilaciones, balazos en la distancia, la oscuridad que se cernía sobre todas las cosas tornando difusas las imágenes, mis ojos que se abrían desmesurados, realizando el estudio operativo del lugar, buscando posibles vías de escape, trazando mapas de huída en la memoria por si acaso, elaborando el discurso en caso de confrontación, recordando las casas a las que podía saltar sin problema si había problema, buscando algo con que defenderme en caso de que la muerte quisiera sorprenderme, le daría batalla a la desgraciada si no tenía más remedio, mirando a los que pasaban sin temor, a los ojos y con cierta altivez, como si el barrio fuese tuyo y tú fueses habitante antiguo del paisaje, una enredadera más en el jardín manteniendo el estado de extrema alerta hasta el final, hasta el momento en que la micro de color amarillo, que por fin había pasado, se alejaba definitivamente del barrio y emprendía rumbo hacia el este, muy cerca de donde el sol saldría al otro día colmándome de renovados bríos y energías y experiencias. La última imagen del barrio era otro desgastado mural con una leyenda blanca: “albo, mi única razón de vivir” en la pared de un block descascarado, sucio, irremediablemente pequeño para tanta vida que bullía en su interior.

martes, 16 de noviembre de 2010

COSAS DEL FUTBOL PARTE 2 DE 3

"...Y en cosa de caprichos no hay nada escrito como suelen decir por ahí los entendidos. La cosa es que el tiempo no se detenía ante nada y menos frente a mi aventurera búsqueda de tesoros y así la hora definitiva del comienzo del partido se acercaba irremediablemente y con ella la sombra que se proyectaba desde la marquesina, pues el privilegio y la división de clases con las desigualdades que esta arrastra consigo también se podían extrapolar a la repartición del público en los estadios. El “perraje”, es decir nosotros y todos los que nos rodeaban, debíamos aguantar estoicamente horas y horas de cara al sol abrazador del verano aquel de mis recuerdos, la burguesía, en cambio, disfrutaba desde temprano de la confortable sombra proyectada por la marquesina, división social y desigualdad hasta en los estadios. Ellos pagaban por la comodidad podrán decir algunos, el privilegio no era gratuito y el dinero salía de su esfuerzo cotidiano. Del esfuerzo cotidiano por explotar a los demás diré yo con fuerza y convicción.

Yo veía, con el despertar de mis primeras inquietudes de niño explorador, a mi viejo y a otros tantos y tantos anónimos viejos doblarse la espalda, todos los días y a veces incluidos los domingos, de sol a sol, desde muy temprano en la madrugada cuando aún todo el mundo conocido navega en medio del sueño y la tiniebla de un cercano amanecer hasta la tarde cuando el sol cansado ya de tanto baile y fiesta se oculta tan sólo para dejar paso a las parejas furtivas de enamorados en las plazas oscuras de barrios perdidos en medio de la gris ciudad, en trabajos humillantes y agotadores por un salario de hambre. Así veía a mi viejo y eso cuando lo veía pues la mayor parte de las veces los trabajos se encontraban lejos muy lejos de Santiago y mi padre no era nada más que un padre ausente, como tantos otros anónimos padres ausentes. Mi viejo también se sacaba la mierda trabajando pero el dinero nos alcanzaba tan sólo para la sencilla y nunca bien ponderada galería y entonces allí estábamos, semi rostizados de calor, protegiéndonos como podíamos de los insensibles rayos mientras los segundos se acumulaban y se derramaban en minutos que lenta e inexorablemente iban llenando un gran e invisible reloj de arena de una hora el cual a su vez nos acercaba en forma imperecedera al comienzo del partido y yo en medio de
la semi penumbra en las entrañas del estadio llenándolos bolsillos de tapitas, extasiado hasta la médula, ajeno en esos segundos al devenir de la gente que colmaba todos los pasillos y no siendo partícipe de la gente que seguía y seguí llegando en un caudal inagotable. Tan sólo cuando se me hizo de verdad dificultoso el caminar en medio de tanto y tanto público que buscaba salir a las galerías para ubicarse definitivamente, constaté el virtual peligro de extravío en el que me encontraba y cosa graciosa, había olvidado completamente cual era la escalera por la que había descendido hasta los baños y frente a mis ojos ya las personas colmaban las escaleras de acceso a las dos entradas que tenía para elegir.

Yo, en medio de los nervios y la desesperación traté de razonar como siempre lo hacía cuando estaba solo, es decir, en forma notable y perfecta, si tenía tan sólo dos posibles salidas tenía entonces tan sólo dos posibles opciones de salida y el problema de cuál era la salida correcta se remitía a una simple ecuación de despeje entre dos incógnitas. Hasta el momento hasta yo mismo me impresione de lo perfecto de mis razonamientos, el problema entonces, el gran problema entonces con respecto a cual era la salida correcta se reducía considerablemente a dos opciones y si una no era, por una verdad tautológica y a prueba de todo juicio antagónico debía ser entonces la otra, de verdad y sencillamente fabuloso, absolutamente fuera de toda posibilidad, de todo margen de error posible.

La alegría me duró bien poco a decir verdad, no recordaba ningún detalle, a decir verdad no había hecho el menor esfuerzo por grabar algún detalle que no fuera el que nuestra ubicación se condecía con el hecho de tener siempre al frente de nosotros al
banderín del córner y con sólo ese detalle me dirigí hacia una de las escaleras y salí en busca de mi destino, de mi frugal destino.

Guiado tan sólo por mi fiero instinto y cargados mis bolsillos de tapitas llegué hasta donde se encontraba mi viejo y este me miró con su cándido aire de padre regalón - Donde te había metido cholo crestón – fue lo que me dijo mientras me dejaba caer un suave coscorrón en la cabeza. Luego me senté y continué con mis cavilaciones en torno a donde habría de esconder el importante tesoro con el cual me iría del estadio en ese maravilloso día de ordenamiento y fútbol.

Mi viejo no miró ni se percató en ese instante de mis bolsillos y el partido estaba muy cercano en su comienzo y las barras de cada equipo una vez más habían despertado de su ligera modorra y a medida en que la hora fijada se acercaba crecían los ánimos como si de una gran caldera se alimentaran y la caldera cada vez daba más y más fuego y calor hasta que estuvo a punto de estallar en mis pedazos y la gente
preparaba sus abalorios y yo picaba y picaba papel de diario y mi viejo agitaba con verdadero orgullo la bandera alba de nuestros amores yo lo veía con el rabillo del ojo como hinchaba el pecho de alegría y entusiasmo y sus ojos brillaban de contento y ya venía por fin el minuto anhelado durante gran parte de la tarde y era todo un mar de banderas blancas las que se agitaban y al otro lado de la frontera era otro mar de banderas azules y todo el grandísimo estadio era un océano rugiente de banderas blancas y azules que bailaban y desplegaban sus colores y por los parlantes del estadio llamaban al dueño de una patente número ya no me acuerdo y luego continuaba la melodía que acompañaba cada principio y cada final de partido y era esa de los viejos estandartes, del séptimo de línea, marchas militares en medio de cada encuentro deportivo, mal que mal estábamos en medio de una dictadura todavía y en el estadio aún se podía oler el fantasma de los desaparecidos y los asesinados y
torturados en sus oscuros pasillos.

Luego todo fue carnaval, todo el estadio explotó en un movimiento descontrolado y el papel picado voló por el cielo cada vez más benigno de la tarde que se acercaba
hacia la noche veraniega y saltaba la chaya y todo parecía la celebración de un multitudinario cumpleaños y Colo-Colo se asomaba desde los camarines y enseguida
hacía lo mismo la Universidad de Chile y explotaba la otra esquina del estadio y luego los dos gritos de las barras se mezclaban en uno sólo y era todo un gran estadio el que gritaba por los clubes de sus amores y todos saltábamos y reíamos y yo no quería entender nada pues tantas horas de espera valían la pena al presenciar un espectáculo tan bello y embriagador como el recibimiento que el público le otorgaba a su club favorito.

Todo el estadio era durante un gran rato una marea incontenible de gritos, aplausos y movimiento y el pasto había dejado de ser verde y ahora era verde, blanco y azul, como para imaginar los colores de una nueva y misteriosa bandera confederada, algo así como los nuevos amigos de siempre, los adoradores del fútbol, los que estoicamente esperan el paso de las horas a merced del calor espeso de un sol que no daba tregua, al menos durante ese día.

El anunciador comenzaba a dar las alineaciones de cada equipo y cada vez que nombraba a un jugador de Universidad de Chile la mitad del estadio le respondía
riendo con un “conchesumadre” que a mí me daba un poco de vergüenza repetir y que de hecho no repetía, pues a decir verdad no decía ni el más delicado de los
garabatos por aquellos días. Luego le tocaba el turno a Colo-Colo y era el desquite de la barra azul y ahora todos los jugadores de Colo-Colo eran unos “conchasdesumadre” y eso no me gustaba mucho así es que redoblaba los aplausos para cada jugador de mi equipo, pero sobre todo cuando nombraban con la camiseta número 9 a Carlos Caszely (¿así se escribe?) mi ídolo indiscutido, mío y de toda la barra colocolina a decir verdad.

La cosa es que el partido en cuestión transcurrió demasiado rápido para tanta espera, siempre era así, nosotros nos desgastábamos los sesos y la piel en medio de un sol demoledor, esperando y esperando y luego el partido llegaba demasiado aprisa y tampoco se dignaba a esperarnos el villano armador y rector del tiempo pues este pasaba demasiado acelerado mientras todos nos quedábamos con la sensación de haber visto demasiado poco y habernos cansado demasiado mucho.

El partido terminó con una apabullante derrota para Colo-Colo en ese día, 3 a 1 marcaba el tablero electrónico y la tarde invitaba sin preámbulos al llanto. La mitad del estadio salió con la cabeza gacha, completamente mudo y sin más ganas que la de irse rápidamente a la tibieza del hogar para olvidar la amargura que anidaba en sus corazones.

- Equipo crestón, no da ninguna satisfacción por la misma mierda- gruñía mi viejo en medio de su incipiente disfonía producto de tanta instrucción lanzada a los jugadores.

–¡Corre posh guevón, si te están pagando por las rechuchas!.
–¡¡Ponle la pata posh mierda!!.
-¡No le crea, hombre, no le crea!.
-¡¡¡Que estai cobrando viejo chuchetumadre!!!, ¡¡¡Que estai cobrando!!!.
-¡¡Levántate del suelo cagá, si nadie te cree!!
Y otras tantas cosas por el estilo decía mi padre y que harían el deleite de cualquier conversación franca y abierta y por sobre todo docta y con altura de miras, en torno a los matices y bemoles que en el fútbol se reúnen.

Así era la cosa y así nos íbamos, absoluta y completamente amargados y yo con ganas de tirarle alguna piedra a los vidrios de los autos que a toda bocina celebraban. Mi viejo sonreía tristemente y yo me acordaba de mis tapitas y metía mis manos a los
bolsillos y ahí estaban, perfectas en su dura incomodidad que atenazaba mis piernas con sus puntas filosas y yo que tomaba algunas y las acariciaba y les hablaba bajito como diciéndoles que pronto estarían muy bien en un lugar secreto al que yo las
llevaría y que sólo yo conocía y ahí mismo mi viejo que soltaba un poco de su rabia en mí y me obligaba a botar ¡¡toda esa mierda de tapas, pura basura y las recogió del suelo el guevón por la chucha y bota esas guevás luego, cabro crestón!!.

Todas las tapitas que segundos antes hacían mi deleite y me preparaban un espacio futuro de días y días de juegos entretenidos y fascinantes quedaban en el camino de salida del estadio y se perdían para siempre de mis manos y de la posibilidad de haberme sido útiles. Ahí sí que me daban ganas de llorar y no lloraba no más porque igual me daba demasiada vergüenza que la gente me viera y la pena era demasiado grande por cierto y no tenía ninguna forma de remediarla y subíamos a un bus repleto de personas y yo que me iba parado al lado de una ventana y para amenizar un poco el panorama desalentador en el que me encontraba abría la ventanilla y dejaba entrar el aire fresco de la noche de verano y por la rendija abierta dejaba salir mi bandera y mi viejo me advertía que mejor la entrara y yo que alcanzaba a hacerla ondear un par de veces no más y mientras el viejo me daba sus tardíos consejos una mano anónima me arrebató la banderita de mis amores de las propias manos y yo me quedé mirando el trozo de palito que aún apretaba firmemente y que me negué a soltar pese a la sorpresa que me provocó el fulminante y relámpago atentado, pero ya mi bandera no estaba y yo sólo miraba un palito quebrado entre mis dedos y mi viejo que me
miraba con su maldita cara de te lo dije cabro de mierda, te lo dije y yo que no digo nada más pues ahí sí que me vienen todas las ganas de llorar y una vez más no lloro porque la vergüenza no es una cosa que se pase de un segundo a otro o de una trágica experiencia a otra y en tan corto lapso de tiempo, así es que mejor me callé y me sometí en silencio a la burla de la hinchada azul que iba en la micro.

Colo-Colo había perdido por goleada, mis tapitas ya no eran mías y ahora formaban parte de la colección particular de alguna compañía recolectora de basura y por último mi querida banderita de Colo-Colo me había sido arrebatada de las propias manos por unas malditas garras sin compasión. Después de todo ese no había sido un gran día. Ya vendrían días peores, ya vendrían.... Fin parte 2 de 3